JUEVES, 29 DE ABRIL DE 2010
6. La ciudad rosada

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“El color rosado es símbolo de bienvenida para los indios. De ese tono está pintada la gran ciudad de Jaipur.”


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Jaipur, Rajasthán – El color rosado es símbolo de bienvenida para los indios. De ese tono está pintada la gran ciudad de Jaipur, que mirando un mapa ocupa el vértice inferior izquierdo de lo que llaman el triángulo de oro, con Delhi arriba y Agra a la derecha.

Esta es la capital de Rajasthán, provincia inmensa como es todo en India; pero tan desértica, que apenas hay unos 6 millones de habitantes en una superficie 13.6% mayor que Italia. La gente se concentra en unas cuantas ciudades y el campo es tan deshabitado como las zonas vecinas a Matehuala y, especialmente en la zona norte de Rajasthán, tan caluroso como Monclova.

La ciudad de México tuvo planeación urbana hace muuuuuchos años, gracias al conquistador Alonso García Bravo. En el siglo pasado y en este se ha gastado muchísimo en planeación y regulación urbanas pero todo con el mismo resultado de la rectoría estatal de la economía: gasto y gasto y gasto y gasto para provecho de alguien (nunca, claro, el ciudadano que habita en las ciudades pero que debe pagar por lo que nunca recibe).

Regresando a esta parte del mundo, Jaipur fue diseñada con lápiz y papel, como también lo fue Nueva Delhi en tiempos coloniales por el gran urbanista Sir Edwin Lutyens. El García Bravo de Jaipur fue en el siglo XVIII Sawai Jay Singh, favorito del último emperador mogol, el temible Aurangzeb.

Tiene calles rectas y grandes aperturas a través de las murallas, siempre de color rosado con bordes blancos, y con arcos en forma de flor de loto que daban acceso a elefantes, camellos y caravanas y hoy siguen dando acceso a elefantes, camellos y caravanas, agregando tuktuks, coches y viajeros despistados que quieren conocer una ciudad repleta de monumentos apabullantes y donde bullen con igual vitalidad el comercio popular y los claxonazos, y la humanidad con todo lo que puede ofrecer, y hasta con lo que no.

Está Jaipur al sur del enorme fuerte y palacio de Amber, así llamado por la princesa de ese nombre, única esposa o concubina que fue capaz de darle un hijo al emperador mogol Akbar el Grande. (El hombre tenía tres esposas: una cristiana que había venido de Constantinopla, una musulmana y una hindú. La que lo hizo padre fue la hindú.)

Es un fuerte-palacio inmenso, circundado de dobles murallas que serpentean los cercanos y escarpados cerros, y que protegían contra los enemigos al emperador y a sus esposas. Se sube a ese palacio a lomo de elefante, entrañable y amigable presencia. Los elefantes indios son pacíficos y mansos, y tan hábiles o inteligentes, que cuando a mi hija se le cayó al suelo su bolso de mano, el conductor del elefante detuvo la caravana, y el noble animal tomó el bolso con la trompa y se lo aventó adonde estaba sentada. Hace falta de todo para hacer un mundo, dicen los franceses. Hasta elefantes recogedores.

Los maharajás de Jaipur, que se quedaron a vivir en aquél fuerte-palacio del gran Akbar, eran tan de plano arteros que (al estilo del célebre burro de la Roqueta) emborrachaban a los elefantes para hacerlos agresivos y ponerlos a pelearse unos con otros. Las peleas de elefantes quedaron prohibidas en 1951, poco después de la independencia.

Lo que sí subsiste son los estacionamientos para elefantes, cercanos (como debe congruentemente de ser) a los estacionamientos para coches. Los hay en los grandes palacios de los maharajás de Udaipur y de Jaipur.

En algún momento, aquél Sawai Jay Singh decidió hacer una ciudad cercana a aquella fortaleza, y planeó con cuidado esa villa a la que llamó Jaipur. El hombre era un sabio. Astrólogo, y también astrónomo. Y como dinero no le faltaba, mandó construir una de las más notables instalaciones de observación celeste que hay en el mundo, para ver las estrellas, determinar con precisión los ciclos astrológicos, y saber la hora con extremada precisión.

Hizo un reloj de sol tan correcto que lo vimos dar la hora con un error de 20 segundos. Pero el hombre era tan puntilloso que no se conformó con tal precisión e hizo lo que para aquellos estándares sería hoy un reloj atómico, de 24 metros de altura, con un error de 2 segundos, siempre y cuando no haya nubes. (Que para los calores que se sienten, parece que en esta tierra de monzones no lloviera nunca.)

Hay una construcción para medir el arco celestial del horizonte al zenit y la altura del sol. Otra determina las posiciones del sol y los planetas a cualquier hora del día o de la noche. Unos círculos de metal se usan para calcular el ángulo de estrellas y planetas sobre el ecuador. Y sobre todo, una construcción única en el mundo: el Rashivalaya Yantra, que apunta a cada una de las constelaciones del zodiaco y usan los astrólogos para dibujar horóscopos.

Hay en Jaipur uno de los más espectaculares hoteles, el Rambagh Palace, propiedad del maharajá de Jaipur. Vaya hotel, vaya patios, vaya jardines, vaya salones de fiestas, vaya lujo literalmente oriental para los visitantes bien embolsillados. Cuando lo visitamos había allí un gran festejo, un aquelarre de los jugadores de cricket, deporte inglés que —a diferencia de casi todos los deportes, casi todos de origen inglés— sólo se juega entre los miembros de la Commonwealth y en India es una pasión nacional.

El maharajá es un gran amigo y socio de los ingleses, siguiendo la costumbre de su dinastía durante muy buen tiempo, lo cual (como ocurrió con casi todos los maharajás) devino en pingües negocios para provecho de ingleses y maharajás.

El maharajá de Jaipur es famoso por su afición al deporte afgano del polo, del que los ingleses hicieron las normas deportivas hará unos 100 años. Ese maharajá —como tantos otros— ha entrado en el negocio de la hotelería, que es una de las respuestas también de los aristócratas franceses propietarios de castillos que habitan en parte y con los ingresos de los visitantes se ponen a mano con los gastos.

 

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