LUNES, 31 DE MAYO DE 2010
13. Un toque de excesiva modernidad

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El punto sobre la i
“El dinero en efectivo es una garantía de libertad individual, por su eficiencia, versatilidad, irrastreabilidad y anonimato.”
Víctor H. Becerra


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“Llegar a Singapur tiene un gusto parecido a cruzar de Nuevo Laredo a Laredo. De repente hasta el aire huele diferente. Es como cambiar de planeta. Salir de la amable cultura mi-lenaria de India, con su caos urbano y gigantesco desorden, humanidad cercana y bon-homía latente para entrar a una entidad modernísima llena de gente con prisa, limpia y casi impecable.”


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Singapur — Al salir de Delhi nos despedimos de uno de mis hijos que nos acompañó desde el principio del viaje, porque tuvo que atender obligaciones de trabajo en Nueva York. No tuvimos su compañía para iniciar la fase de sudeste asiático de este macroviaje que iniciamos juntos. Ni modo.

Llegar a Singapur tiene un gusto parecido a cruzar de Nuevo Laredo a Laredo. De repente hasta el aire huele diferente. Es como cambiar de planeta. Salir de la amable cultura milenaria de India, con su caos urbano y gigantesco desorden, humanidad cercana y bonhomía latente para entrar a una entidad modernísima llena de gente con prisa, limpia y casi impecable. Casi. Y hasta exageradamente fría, pero con una cantidad enorme de vegetación y repleta de flores. Algo así como una Suiza tropical, pero sin nada antiguo y circulando por la izquierda.

Hubo problemas para conseguir hotel por sólo una noche, para salir a Birmania. Todo por culpa del volcán Eyjafjallajökull en Islandia, que había dejado varados hasta por una semana a todo tipo de viajeros de regreso a Europa porque las autoridades aéreas veterocontinentales temieron que la ceniza ahogara las turbinas de los aviones. Hasta Singapur llegó el trastorno.

Vaya exageración aérea europea (nacida del miedo y de la ignorancia, no de la ciencia; algo así como la inicial sobrerreacción mexicana ante la influenza). Y vaya que los volcanes eruptan, pero en este caso ha de haber sido por coraje: no se vale, quién le manda a los islandeses ponerle a sus volcanes nombres mucho menos pronunciables que Popocatépetl. ¡Eyjafjallajökull!

En fin, logramos conseguir un hotel dormitorio en Singapur. Era éste un puerto y un pueblo de pescadores chinos, parte del Imperio Británico, invadido por los japoneses en la II Guerra, y luego de Malasia que hasta 1965 decidió expulsarlo. Era como el hijo desobediente de ese país musulmán. Un prodigio de incultura, mala conducta, suciedad, desorden e irrelevancia. La gente convertía hasta los elevadores en excusado, por no hablar de calles y pasillos.

No tenía remedio ese pueblo montaraz. Malasia de plano lo expulsó de su federación, y el gobernante a la sazón de esa pequeña ciudad, Lee Kwan Yew, se encontró con que no sabía qué podría hacer con la papa caliente que le habían aventado a las manos. Y para acabarla de mejorar, la Gran Bretaña decidió en 196_ abandonar la base militar que tenía allí. El niño malcriado fue abandonado por sus desesperados padres, que lo echaron a la calle sin darle su domingo y a que se entendiera con la vida como pudiera.

Lee Kuan Yew tuvo que tomar muchas decisiones, que relata en sus memorias From third world to first. La esencia, como la veo yo, es que aprovechó la tradición legal que le había legado la Gran Bretaña con los castigos chinos, una buena dosis de inteligencia, y mucho valor. Y empezó a ejercer con brutalidad y tremenda energía su poder.

Se convirtió en un dictador, pero un dictador inteligente. Un déspota ilustrado. Un gobernante talentoso e imaginativo, que en sólo una generación convirtió a Singapur de un pueblo rabón en el puerto más eficiente y veloz del mundo, y a un país que ni huele el petróleo en una potencia refinadora. En un centro financiero de primera categoría, al aprovechar su diferencia horaria cuando dormían Europa y América.

Uno de sus secretos fue que Singapur estableció un régimen fiscal sencillo (aunque no tanto como Hong Kong), con impuestos muy bajos, y con libertad amplísima para emprender, para establecer negocios e industrias, y llevar capital con seguridades cambiarias sin un gobierno que estuviera molestando con cuestiones arbitrarias o pruritos de rectoría que en nada aprovechan pero qué bien asustan a los inversionistas. (Muchísimo menos había alguien cacareando lo de la “soberanía”.) Le dio énfasis al puerto, al alta tecnología, logró construir lo que bien puede ser la mejor aerolínea del mundo, Singapore Airlines; y algunas ramas de negocios.

Lee Kuan Yew será admirable y a mi modo de ver amerita el Nobel de economía mucho más que varios teóricos que no han enriquecido a nadie, como Paul Krugman. Pero Lee Kuan Yew no es ninguna perita en dulce y se cumple en él la norma de que los países que logran en serio hacer un cambio profundo —para bien o para mal, para pérdida o para ganancia— generalmente lo hacen montados sobre cadáveres.

Casos: Porfirio Díaz pacificó el país a base de rurales cuya conducta rimaba con brutales y bajo la consigna de “mátalos en caliente”. China se revolucionó en dos fases: la primera con la demencia imbécil de Mao, para desgracia y muerte de varios millones, con la colectivización de las granjas y el experimento asesino de la revolución cultural; luego se volvió a revolucionar para convertirse en fábrica del mundo pero sin parar en mientes con las condiciones de trabajo y con los más brutales ataques al medio ambiente y a los derechos humanos, por ejemplo los de los pobladores de áreas que al régimen se le ocurre que pueden ser un campo industrial, y simplemente los expulsan.

Singapur también, país parcialmente basado en la tortura con castigos chinos. Por ejemplo, si algún visitante trae cualquier cantidad de droga, no se ponen a averiguar si es para su consumo o por qué la trae: lo agarran a varazos y lo meten larguísimo tiempo a la cárcel sin hacer caso de protestas ni peticiones de extradición. Castigos chinos, pues. Prohibieron el uso del chicle, para evitar tener que limpiar las calles. Para todo hay multas, perfectamente bien anunciadas y mejor aplicadas, hasta por desperdiciar agua en un baño público o por no jalar el excusado después de usarlo.

Sin embargo, en este mi segundo viaje encontré basura tirada en las calles (no sólo colillas de cigarro), y en un lugar de ensueño como Clarke Quay vi un grafito, cosa que hace 4 años era impensable. A lo mejor se les está relajando la disciplina asiática y se están mexicanizando…

• India

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