VIERNES, 4 DE JUNIO DE 2010
15. Una pagoda indescriptible

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“Al llegar a Birmania se ven más hombres con falda que en cualquier lugar de Escocia. Les llega al suelo, y se la atan al centro con un nudo cuyo tamaño y forma tiene como parangón las normas de etiqueta del nudo de la corbata.”


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Yangón, Birmania — Al llegar a Birmania se ven más hombres con falda que en cualquier lugar de Escocia. Les llega al suelo, y se la atan al centro con un nudo cuyo tamaño y forma tiene como parangón las normas de etiqueta del nudo de la corbata.

Yangón se llamaba Rangoon en tiempos de Inglaterra (no lo sabían pronunciar) y se ven edificios coloniales que me recordaron por su estilo victoriano tropical a los de Bombay, aunque sin la grandeza, tamaño y porte de aquellos.

En Yangón domina todo una estupa de oro que se eleva al cielo. Y no digo dorada. Es de oro. Cubierta con placas de oro (no pintura; no chapa: placas de oro).

Esa vista es tan espectacular que a algún rey se le ocurrió hace unos 500 años hacer un lago artificial que hiciera a esa pagoda reflejarse en el agua para mirarla desde un promontorio. Es una presa centenaria, como la que vimos en Udaipur y como una que hay en Jaipur. El agua llega desde esa fuente inmensa de acuíferos que son los Himalayas, y que alimenta al país a través de sus ríos. (China, con una presa que está haciendo para generar electricidad, podría dejar sin agua este país y matarlo de sed. ¿Pero quién quiere discutir con el principal comprador de bonos del Tesoro gringos?)

El llegar a esa pagoda, la de Schwedagon, es una experiencia inédita. Es una construcción grandísima, un complejo de edificios de varias hectáreas, con una columna cónica cubierta de lo que ya dije, placas de oro, que se eleva al cielo en círculos concéntricos que representan las etapas budistas en el proceso que tiene por objeto conseguir la iluminación o liberación. Y la punta está coronada de piedras preciosas de generoso tamaño (hay un telescopio, para mirarlas). Por ejemplo, un diamante de 76K y 4,500 diamantes más.

Se entra a la pagoda (evidentemente sin zapatos durante todo el trayecto, como descalzo hay que entrar a todo lugar de culto en Oriente) y lo primero que se debe hacer es tocar tres veces una campana, pensando en que las buenas obras —el buen karma, el cumplimiento del dharma— se disperse con las ondas sonoras de la campana si ésta se toca con reverencia.

Circundan a la base cuadrada de la inmensa estupa templos abundantísimos, grandes, la mayor pare de ellos con aplicaciones ya no de placa sino de hoja de oro que cada dos o tres años se sigue agregando en obras de mantenimiento que por todo lado se ve que son exhaustivas.

En la base de la pagoda, bajo la amplísima circunferencia, aparece una profusión innumerable de figuras de Boda, casi todas doradas, con templos especiales para el día del propio nacimiento, en que se dan a cada figura tres abluciones: tres en la cabeza de un Buda, tres en otra figura más pequeño, y otras tres en el animal que represente el día de nacimiento de quien haga esa ceremonia. Yo lo hice en la figura de una rata, porque nací en jueves.

Son muestras de reverencia a la vida y de amplitud de miras y de criterio, abiertas para quien profese la fe que desee, pero que sin embargo manifieste ante la fe de otros el mismo respeto que se necesita para descalzarse al visitar un templo al que la gente le tiene un especialísimo afecto y genuina devoción. Lo vimos en India con los templos hinduistas, con los jainistas, con los budistas, con los sikhs.

La fe de los birmanos (y de los indios, hindúes, nepaleses y de donde sea) es genuina y visible en la conducta de cada quien, ya platiqué de eso. Pero en la pagoda de Schwedagon hay algo especial: una plataforma orientada quién sabe de que manera, sospecho que con la influencia china del Feng Shui, con mucho más devotos, quemando incienso y haciendo genuflexiones desde la posición más usual en esta zona del mundo (donde la gente parece tener una conformación ósea diferente): sentados en posición de loto.

En esa zona al aire libre, con el humo del incienso y de las flores, las ofrendas y el silencio, ante la luz del crepúsculo, sentí algo especialísimo que me recordó a muy pocos lugares: el templo del Buda Esmeralda de Bangkok, con la devoción sensible de los fieles. La catedral de Chartres, con su laberinto y su silencio centenario y sus vitrales. La iglesia de Santa Maria in Trastevere en Roma, con sus coros de ángeles. La capilla de Santa Teresa, en Ávila. Muy pocos recintos más. Una sensación de meditación profunda, casi automática, acaso contagiada, cuya motivación avasallante es no me quiero ir, podría quedarme a vivir aquí para siempre, no quiero moverme.

Tuve que moverme, claro. Ya iluminaba la pagoda inmensa una luz dorada que había sustituido a la del sol, en una tarde perfecta. Y ocurrió un hecho muy poco usual: algún fiel donó varios miles de lámparas de aceite, e invitó a los concurrentes a encenderlas para una petición cuyo contenido no recuerdo, que anunció por el micrófono en lengua birmana y el guía nos tradujo. El perímetro de toda la pagoda se llenó de luces portadas por quienes nos quemábamos las manos para tratar de encender una de esas lamparitas, combatiendo al viento de la tarde.

Salí de esa pagoda con una sensación: después de ver esto, ¿qué más se puede ver? Semejante cosa pensé cuando vi en Turín la Sábana Santa, expuesta con motivo del Jubileo del 2000. En el Taj Mahal pensé que era ése uno de los pocos monumentos que toda persona en este mundo debería esforzarse por visitar alguna vez en su vida. Pienso lo mismo de la pagoda de Yangón. Creo que con más razón aún.

• India

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