LUNES, 28 DE JUNIO DE 2010
Una reflexión de política cambiaria

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“Todo gobierno, por supuesto, va contra la Libertad.”
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“La libertad cambiaria es fundamental para que las transacciones que se realizan en cualquier economía se den de manera eficiente. En una economía abierta, la libertad de cambiar divisas es fundamental para que el crecimiento económico no se estanque.”


La libertad cambiaria es fundamental para que las transacciones que se realizan en cualquier economía se den de manera eficiente. En una economía abierta, la libertad de cambiar divisas es fundamental para que el crecimiento económico no se estanque.

 

La semana pasada escribí sobre una hipótesis (que aún sostengo) sobre el comportamiento de los bancos en materia de regulación cambiaria. Sí, esos bancos comerciales que le han pedido (exigido) al gobierno que regule la compra venta de dólares al menudeo para dizque combatir el lavado de dinero. Están jugando con fuego.

 

Más allá de si los banqueros actúan en función de los incentivos provocados por el mecanismo de acumulación de reservas, ó de si están actuando por las presiones de las burocracias gringas encargadas de (otra vez dizque) combatir el lavado de dinero (ver el artículo de Clotilde Hinojosa), lo cierto es que los banqueros sólo quieren defender su pellejo financiero. A otros con el cuento de que están preocupados por evitar el “dinero maldito” proveniente del narco. Dinero es don dinero y más si se trata de dólares.

 

Bueno, no estoy descubriendo el hilo negro. Ya la teoría económica en su hipótesis central de la elección racional (en el caso de la escuela austriaca esto se manifestaría en el análisis de la utilidad marginal, aunque los austriacos se apartan de la conclusión neoclásica de la maximización matemática) ha puesto de manifiesto el instinto de los individuos de querer más a menos, de que lo importante es en el margen, de que cada uno de nosotros intenta maximizar en lo individual (a veces con buenos resultados, a veces no) y sacar mejor provecho de la situaciones que nos impone la vida.

 

Lo más importante de todo es entender qué es la libertad de cambios y por qué atacarla es jugar con fuego.

 

Para que una moneda se vuelva fuerte es clave que las variables fundamentales de la economía sean también sólidas. Y nos referimos a la productividad de los factores productivos como el trabajo de las personas en combinación con el uso de maquinaria y equipo y en un contexto de libertad de elegir (libertad económica plena sin -o muy pocos- obstáculos para ahorrar, invertir y consumir) y de constante innovación tecnológica.

 

Los países con fuerte productividad se vuelven tan competitivos en la producción de sus mercancías, que “todo mundo” quiere comprarlas, por lo que su moneda se ve fortalecida. Asimismo, estos países son un fuerte imán de atracción de capitales para invertir, lo que refuerza aún más su moneda.

 

Viceversa, un país con poca libertad económica verá cómo la productividad de sus factores productivos es muy baja, la acumulación de capital es magra y la innovación tecnológica brilla por su ausencia. Sus mercancías por tanto dejan mucho que desear, por lo que pocos las demandan. Atraen pocas inversiones del resto del mundo ó incluso los capitales huyen de estos mercados. Su moneda por tanto es débil. Si en estos países hay dictadura de gobierno, entonces se imponen diversos controles cambiarios. Véase el caso de Cuba y de Corea del Norte.

 

Lo peor se da cuando los gobiernos intervencionistas se imponen en el lado monetario. Sí, cuando quieren “fortalecer” ó “debilitar” una moneda con el fin de beneficiar a determinado grupo económico. Eso se llama mercantilismo y es una maldita enfermedad que enriquece a unos cuantos a expensa de la pobreza de muchos. Sí, cuando se habla de un tipo de cambio “competitivo” (¿competitivo para quién?), lo que se deja ver es una conducta proteccionista que desea que una moneda esté débil para abaratar artificialmente a las mercancías producidas internamente; en una palabra, favorecer a los exportadores, olvidando que con ello se daña gravemente a los importadores (y, señores mercantilistas, de una vez entiendan que importar no es malo, salvo cuando se tiene ventaja comparativa como le sucede a México con energéticos como la gasolina y el gas) y lo peor, a los consumidores -todos- cuyo poder de compra se daña al devaluar la moneda en cuestión pues nuestros ingresos y salarios están indexados a la misma.

 

El valor de las monedas está íntimamente relacionado con la competitividad de las naciones, no se debe a las intervenciones cambiarias de los gobiernos para defender una determinada paridad (el caso chino es ejemplificativo; su atracción de inversiones es tan fuerte, que recientemente el gobierno -dictadura comunista- decidió revaluar un poquito a su moneda; en un escenario de plena libertad cambiaria, la moneda china sería una de las más fuertes del mundo).

 

Por ello, aunque los banqueros no están pidiendo se defienda una paridad, el sólo hecho de presionar para burocratizar aún más el intercambio de divisas puede tener un efecto adverso en el crecimiento económico que podría luego terminar dañando a los mismísimos señores del negocio bancario.

 

No olvidar algo fundamental; devaluar artificialmente -vía el gobierno- una moneda es perjudicar el patrimonio (derechos de propiedad) de los importadores y consumidores. Revaluar artificialmente una moneda -otra vez vía el gobierno- es perjudicar a los exportadores y personas cuyo patrimonio ó transacciones se efectúa con dólares.

 

El tipo de cambio correcto es aquel que determine el mercado y el elemento fundamental es la productividad de los factores en un entorno de libertad económica. Ojalá no olviden esto los señores del gobierno y de la banca.

• Política cambiaria

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