JUEVES, 1 DE JULIO DE 2010
El idioma inglés y la libertad

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“Mientras este país no se dedique a leer, y leer lo mejor que ha producido la humanidad; y aprender el idioma universal del siglo XXI, perderemos otra vez lo que en 200 años pasados hemos perdido: el futuro. ”


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El crítico, historiador y escritor inglés Paul Johnson es indispensable; a mi ver, una de las mentes más claras y lúcidas que hay hoy. He plagiado el título de un artículo suyo (The English language and freedom, Forbes, 7.VI.2010). Quise hacerle justicia no titulando lo mío de otra manera.

Johnson habla de lo que he venido escribiendo tras mi deslumbramiento con el continente asiático y el futuro amarillo del mundo. Su punto principal: “Gran Bretaña y Estados Unidos no hacen lo suficiente para promover el inglés, lo cual desacelera o hace retroceder la difusión de las libertades democráticas”.

Tiene razón. La gran creadora de la cultura de la libertad se llama Inglaterra. De ella proviene la tradición liberal y libertaria que dio origen a -según mi juicio- la mayor proeza de la humanidad en un milenio: el diseño y nacimiento de los Estados Unidos. Ese otrora grandioso país, hoy muy mal gobernado por gente soberbiamente inculta, ambiciosa e incompetente que ha prohijado una crisis económica que apenas comienza, no tiene idea de qué parió a su gran nación. Sus Padres Fundadores -las mayúsculas cuadran- se han hecho fetiches de culto. Venerados, pero poco leídos.

Se queja Paul Johnson de que muchos votantes en la reciente elección británica ¡no saben inglés! ¿Cómo podrán concebir qué significan las libertades democráticas, el Estado de Derecho o la división de poderes? Y lo más grave: la tremenda potencia económica llamada China no tiene noción de esa inmensa herencia cultural que formó a Occidente, con sus grandes autores ingleses como John Locke o Edmund Burke. Yo agrego al escocés Adam Smith, padre de la libertad expresada en el trabajo y la economía.

Dice Gerardo de la Concha sobre China: “…por su sistema, no puede identificarse con valores universales, salvo que la Humanidad se vuelva cínica —como lo quieren ciertos tecnócratas—, acepte la abolición de las libertades civiles, la persecución religiosa, el trabajo esclavo o semiesclavo, la corrupción validada desde la cúpula gubernamental, el auspicio oficial a la piratería, la falta de responsabilidad internacional, el abuso neocolonialista en África, la propaganda fascistoide del gobierno chino y un largo etcétera”.

Gerardo hace eco a la preocupación de Paul Johnson: envían a África a más de un millón de chinos que no tienen noción de la libertad ni de cuanto ha formado a Occidente. (Y el infame régimen chino también apoya en África, por ejemplo, el genocidio de Darfur, con tal de obtener materias primas para sus fábricas. ¿La ONU por qué no hace nada? Pero ¿por qué habría de meterse con quien a base de comprar bonos gringos mantiene clavados los alfileres con que se sostienen las finanzas de ese bamboleante país? ¿Y qué decir de la multimillonaria masacre de niñas chinas recién nacidas, o su aborto?)

Johnson da la razón a quienes pensamos que India tiene fundamentos mucho más sólidos que China. La Gran Bretaña envió en 1834 a Thomas Macaulay (1800-1859) quien inició en Bengala una radical revolución educativa con una idea: enseñar inglés a los indios y exponerlos “a la vasta riqueza intelectual que las más sabias naciones de la Tierra han creado y atesorado en el curso de 90 generaciones”. Esa gran potencia civilizadora legó a su hija predilecta lo mejor: su tradición democrática liberal, y su sistema legal. Otro país inteligente y sabio, Singapur, gracias a un hombre excepcional, Lee Kuan Yew, mantuvo el régimen legal inglés e hizo oficial ese idioma. Por algo Singapur es un tigre en Asia. Y allá va el elefante indio.

Leo una cita de un tal Rogers: “Si usted fue listo en 1807, se mudó a Londres. Si fue listo en 1907 se mudó a Nueva York, y si usted fue listo en 2007 se mudó a Asia.” Ese señor ya vive en Singapur.

China decidió ser la fábrica del mundo mientras India aprovechaba su dominio del inglés para brincarse una revolución industrial a la vieja usanza, y convertirse en una economía más moderna, basada en el talento, las comunicaciones y el internet. Termina Johnson su magnífica defensa del inglés como vehículo principal para el progreso humano, económico, social y político, con esta advertencia: “China está en peligro de aterrizar con una economía prematuramente obsoleta, desempleo masivo y enormes problemas causados por la contaminación y los desperdicios industriales”.

¿Y nosotros, qué? No sé si sepan qué con qué se come el inglés quienes mandan en la Secretaría de Educación Pública: la Maestra, su SNTE y su hija desobediente la CNTE. Lo que sí sé es que mientras este país no se dedique a leer, y leer lo mejor que ha producido la humanidad; y aprender el idioma universal del siglo XXI, perderemos otra vez lo que en 200 años pasados hemos perdido: el futuro.

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