LUNES, 16 DE AGOSTO DE 2010
¿Cuál bicentenario? ¿Cuál festejo?

¿A quiénes deben ir dirigidos los apoyos por parte del gobierno en esta crisis provocada por el Covid19?
A las personas
A las empresas
Sólo a las Pymes
A todos
A nadie



El punto sobre la i
“El gobierno es un mal necesario”
Thomas Paine


Más artículos...
Santos Mercado
• Después de la pandemia, a resolver la crisis económica

Manuel Suárez Mier
• Liderazgos fallidos

Arturo Damm
• Domingo, día clave

Fernando Amerlinck
• Hernán Cortés, el padre de la patria

Luis Pazos
• AMLO, ¿suicidio político?

Arturo Damm
• Lo ha dicho Negrete

Ricardo Valenzuela
• ¿Cómo llegó Marx a EU… y a México? (II)


Pulsaciones...
• De la amnistía a la legalización

• Votar, ¿derecho u obligación?

• Extinción de dominio y Estado de chueco

• Ante la 4T, ¿qué hacer?

Fernando Amerlinck







“La historia oficial no conoce lo mejor de nuestro ser, que se ha construido desde hace mu-cho más de un bicentenario. Eso, y no las fabulaciones, es lo que vale la pena rescatar para mejor construir el México que vendrá.”


Untitled Document

El 16 de septiembre de 1810 y el 20 de noviembre de 1910 no son fechas gloriosas. Interrumpieron, en vez de acelerar, la construcción del país. Destruyeron muchas cosas valiosas. Causaron muertes injustificables. Lo que los indios, mestizos y criollos habían venido construyendo después del desastre de la Conquista alcanzó un nivel sorprendente en el siglo XVIII, que se perdió con los desastres de la Independencia y la Revolución.

Gabriel Zaid

 

El 16 de septiembre y el 20 de noviembre recuerdan dos guerras civiles que, tras comenzar tímidamente, pronto tomaron una ferocidad asesina jamás sospechada por sus instigadores. Para mí son fechas de luto nacional. Confirman la conseja: se sabe cómo empieza una guerra, nunca cómo acaba.

En 1810 y 1910 nadie pensaba en guerras civiles. Hidalgo organizó una especie de motín contra el mal gobierno de José Bonaparte y lanzó vivas al legítimo Fernando VII, secuestrado por Napoleón. Por su parte, Madero dio un golpe de estado contra un presidente demasiado reelecto. Ni Hidalgo buscó entonces la independencia, ni Madero la conflagración que sobrevino.

En poco tiempo todo cayó en el frenesí, el delirio de la acción violenta que se sale de madre y se retroalimenta en una espiral viciosa. En ambos siglos el país se llenó de muertos imposibles de contar; destruido en su crédito nacional, riqueza material y capacidad productiva; y su futuro se atoró. Ambas guerras preludiaron decenios de más violencia, pobreza, pérdidas, achaparramiento, atraso y encono. ¿Festejamos eso en el 2010?

No son festivas las guerras civiles ni su terror, destrucción, penuria, división, incertidumbre y odio, peor aún si los ideales acaban en crímenes y traiciones. No hay mucho que encomiar si en 1810 murió nuestro Siglo de Oro, el XVIII. México perdió Centroamérica en 1824, Texas en 1836 y el resto entre 1846 y 1853. Teníamos 4.5 millones de m2 de territorio en 1821; hoy, casi 2. Y en economía, perdimos ¾ del siglo XIX mientras el resto del mundo se enriquecía como nunca antes.

Y nos atosigan con “200 años de independencia”. Mentira: México se independizó de España hace 189, el 27 de septiembre de 1821.

Nos dicen: 200 años de ser mexicanos (lo políticamente correcto es “orgullosamente mexicanos”). Mentira también. México era una ciudad, no un país. Ni Morelos ni Hidalgo hablaban de ese país (decían “América”, “la América mexicana” y “los americanos”). El Acta de Independencia del Imperio Mexicano data de 1821.

Nos dicen: 200 años de ser libres y soberanos. Ya quedó aclarado.

Y convocan a celebrar 100 años de… ¿de qué? ¿sufragio efectivo, legalidad, prosperidad, democracia y justicia social, nacionalismo revolucionario, liberalismo social, vivir mejor? Evitemos el sarcasmo.

Los buenos propósitos vs. los resultados

En todo el mundo celebran los triunfos. En México se honra a los iniciadores de las luchas y no a quienes las terminan. A los que prenden la mecha, no a los que apagan el fuego. Salvo una batalla un 5 de mayo —previa a perder la guerra contra Francia— en México se festeja lo que empieza, no el resultado exitoso. Los éxitos son tan pocos que hay que inventarlos (la historia de bronce se funde con mentiras y fabulaciones).

Además en México se enaltecen las buenas intenciones (llaman a los apandos, botes, calabozos, mazmorras y escuelas de criminales “centros de readaptación social”) y se exaltan los esfuerzos: la selección perdió pero le echó muchas ganas.

Fue igual en ambos siglos: buenos propósitos iniciales, entusiasmo de algunos, honesto interés de otros, y río revuelto para los más. La dinámica viciosa de los acontecimientos. El frenesí que sacó lo peor de las tendencias de cada quien. Las fiestas de las balas, no sólo de Rodolfo Fierro, pistolero de Pancho Villa. Muertes inútiles, sacrificios estériles, traiciones sin fin, miseria galopante, décadas perdidas, territorio mutilado, invasiones extranjeras. Y celebran eso. Adoran a los panchitos inocentes y mártires laicos que murieron por la patria, asesinados por otros que comparten el panteón de las glorias nacionales, allí donde sólo se sirve sangre.

Se recuerdan 200 años de un grito pero nadie sabe qué se gritó. No hubo un testimonio escrito ni plan ni programa ni propósito encima de protestar contra un usurpador francés y “coger gachupines”. Hidalgo fue derrotado y fusilado, y muchos más, pero se olvida o desdeña al autor de la independencia: Agustín de Iturbide, 11 años y 11 días después del grito y a 6 de muerto Morelos. México se independizó casi sin sangre, con acción política. El incruento triunfo de la causa independentista sería festejable pero nada dicen. Tampoco recuerdan el 25 de mayo de 1911, cuando dimitió Porfirio Díaz y el objetivo de Madero se cumplió. Ignoro el mecanismo psicológico que impide celebrar los triunfos.

La Bola. Las Bolas

En el Plan de San Luis, Madero convocó a una revolución para las 6 de la tarde del 20 de noviembre. Habló irresponsablemente de revolución sin saber qué estaba haciendo. Porfirio Díaz sí lo sabía, y al abordar el Ypiranga dijo: “Madero ha soltado el tigre, ahora veremos si puede controlarlo”. Bien sabía que gobernar a los mexicanos es más difícil que arrear guajolotes a caballo. Peor tantito si los mexicanos están matándose.

El golpe de Madero fue casi incruento y sorprendentemente rápido, gracias a que don Porfirio prefirió dimitir a ensangrentar de nuevo a su país. Eso ocurriría en serio cuando Victoriano Huerta asesinó a Madero en 1913. En la Decena Trágica comenzó “la revolución”, o mejor dicho La Bola, como la llamaban sus contemporáneos. Y no hubo “la” revolución sino muchas revoluciones dispersas, primero contra Huerta y luego todos contra todos. La así llamada guerra de independencia tampoco fue una sola ni fue continua, y se detuvo casi completamente varios años tras la muerte de Morelos.

La Bola revolucionaria y la Bola insurgente fueron guerras de bandas y caudillos, ambiciones personales, traiciones y deslealtades, planes excluyentes y programas contradictorios, proyectos facciosos y crímenes múltiples. Los indispensables ferrocarriles con soldaderas evocan el progreso porfirista detenido, las comunicaciones interrumpidas y la paz cancelada. Mariano Azuela simboliza en Los de abajo la pérdida cultural: una máquina de escribir Oliver nuevecita, reluciente, que un revolucionario compra por una peseta para darse el gusto de sorrajarla contra las piedras. Allí se quedó la palabra escrita. Así se estancaron los ferrocarriles.

La Adelita no evoca el dolor que provoca la muerte al mayoreo. Es fácil cantar con la Valentina “si me han de matar mañana, que me maten de una vez” pero mejor preguntemos a los fusilados, degollados, desplazados, robados y mutilados si les gustó caer bajo Villa o Fierro, Orozco o Huerta, Zapata u Obregón. O un siglo antes, Riaño y los demás muertos en Granaditas, Puente de Calderón, Acatita de Baján, Ecatepec o Tampico.

Y todo eso, ¿para provecho de quién? Luego del crimen contra Iturbide y las interminables luchas facciosas por el poder, el ganancioso mayor fue un país del norte; en eso devino la independencia de México. Y al siglo siguiente, “la” revolución terminó para provecho de quien decía “En México el que mata más es el que gana”: Álvaro Obregón, uno de los más siniestros gobernantes de este país que elogia a los apóstoles que predican la salvación mediante la muerte ajena, desde Hidalgo hasta el mismísimo Madero.

¿Y ahora qué?

No todo fue pérdida; la historia es claroscura. Los sacudimientos producen buenas consecuencias pero sólo cuando se concretan en paz. Habría habido derecho de huelga, seguro social y protección laboral sin necesidad de un movimiento armado. Las “logros de la revolución” habrían llegado décadas antes si no los hubiese retrasado una violencia tan feroz. Si México hubiese sido evolucionario, no revolucionario.

La Nueva España no estaba preparada para ser independiente en 1810 ni en 1821; México caminó a la independencia con el pie izquierdo, pero cojo. Y el país tampoco estaba preparado para gobernarse a sí mismo en 1911. La mejor demostración: el registro histórico de adónde se fueron aquellas esperanzas y en qué acabaron esos movimientos.

Lo más triste es que en 2010 tampoco parece México estar listo para revisar su historia, si los festejos sólo sirven para el relumbrón y la autocomplacencia al vestir de mentiras a 1810 y 1910 para hacerlos gloriosos y grandiosos. Menos excelso es lo que han discurrido los gobernantes de hoy (de todos los partidos) para festejar y añorar las catástrofes de hace uno y dos siglos.

Hace 100 años Porfirio Díaz construyó monumentos y parques, comenzando con el manicomio de La Castañeda y culminando con la más bella columna del país, coronada por la Victoria. Hoy hacen discursos, propaganda chabacana y espectáculos efímeros, exhuman huesos o cambian de nombre a cosas que ya había. Perdieron la oportunidad de preparar el México que vendrá; el que quisiéramos para hijos y tataranietos, que no es el México de la discordia asesina bajo caudillos políticos que hacen retemblar en sus antros la tierra al sonoro rugir de los cañones.

Esta fecha aún podría servir como punto de arranque para un mejor porvenir, al recordar los esfuerzos de paz y construcción que han abundado en 200 años. Para que los mexicanos aprendamos a debatir sin insultarnos ni acusarnos ni tratar de destruirnos o mandarnos mutuamente al basurero de la historia. Para identificar —dice de nuevo Zaid— a los asesinos que nos dieron patria. Conocer sin mentiras ni mitos el claroscuro pasado para coquetear menos con la violencia verbal o física, y la demagogia. Aprender a reconocer el esfuerzo de los mexicanos que con talento e imaginación, en paz y en libertad y con algo de amor, han construido lo mucho de bueno que tiene este país. Perdonar a la historia podrá redimir nuestro futuro.

Inglaterra tuvo su último cambio violento de gobierno en 1688. Quiero también que en mi país no se haga política con violencia asesina nunca más.

La construcción del México auténtico, de su carne y de su espíritu, no la narra la historia de bronce con su tufo sangriento, sus patrañas y sus falsedades. Hay que conocer lo sufrido para evitar repetirlo, y para aprender a reconocer los auténticos valores que han hecho y pueden seguir haciendo de esta tierra un lugar en que vale la pena vivir. La historia oficial no conoce lo mejor de nuestro ser, que se ha construido desde hace mucho más de un bicentenario. Eso, y no las fabulaciones, es lo que vale la pena rescatar para mejor construir el México que vendrá.

 

• Historia no oficial

 Comentarios al artículo...
Comments powered by Disqus