Pesos y contrapesos
Ago 16, 2010
Arturo Damm

Desregular, ¿Hasta dónde? (I)

Pedirle al burócrata que desburocratice, sobre todo más allá de cierto punto, a partir del cual peligra su trabajo, ¿no es pedirle peras al olmo?

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El presidente Calderón anunció una tala regulatoria, que tiene como fin que, para diciembre, quede el 45 por ciento de los trámites que había en abril pasado, todo ello con el objetivo de elevar la competitividad del país, definida como la capacidad de la economía mexicana para atraer, retener y multiplicar inversiones, para lo cual hay que respetar, lo más posible, la libertad de los capitalistas, libertad que se limita con cada trámite que deben realizar, restándole competitividad al país.

Sin duda alguna que la tala regulatoria anunciada por Calderón apunta en la dirección correcta, pero la pregunta es si la misma llegará hasta sus últimas consecuencias, de tal manera que recorra los tres pasos de cualquier proceso de desregulación o, para decirlo con otro término, de desburocratización. El primer paso es el de la simplificación de trámites, ámbito en el cual, hay que reconocerlo, se ha avanzado, gracias al uso de las computadoras y de Internet. El segundo paso es de la eliminación de trámites, frente de la desburocratización en el cual ha habido avances, pero todavía insuficientes, tal y como lo demuestra la tala regulatoria ordenada por el presidente. El tercer paso, sin el cual ningún proceso de desburocratización está completo, es el de la eliminación de burócratas, es decir, el de la desaparición de puestos de trabajo improductivos (en el mejor caso) y antiproductivos (en el peor) en el gobierno.

Sin la eliminación de burócratas ninguna desburocratización está completa, por una razón muy sencilla: si se eliminan trámites, y si la realización de los que restan se facilita, al tiempo que la cantidad de burócratas sigue siendo la misma, el resultado es que cada uno de ellos es más improductivo, como sucede siempre que la carga de trabajo disminuye (ya sea porque hay menos trabajo que realizar, ya porque su realización resulta más fácil) y el número de trabajadores permanece constante. En pocas palabras: menos trabajo dividido entre el mismo número de trabajadores es igual a menor productividad por trabajador.

El que la desburocratización tenga que llegar hasta sus últimas consecuencias – la eliminación de burócratas -, quiere decir que su beneficio, para los ciudadanos, no debe limitarse a eliminar y facilitar trámites, sino a la reducción de impuestos, consecuencia de la reducción de la plantilla laboral del gobierno y, por ello, del adelgazamiento de la nómina gubernamental, estando consciente de que impuesto aprobado ni Dios lo quita, ¡razón por la cual insisto en ello!

El principal obstáculo para llevar la desburocratización hasta sus últimas consecuencias es el hecho de que, al final de cuentas, quienes deben desburocratizar son los burócratas, quienes, de mala gana, pueden aceptar la eliminación de trámites, sobre todo aquellos de los cuales depende su trabajo y su sueldo, pero quienes difícilmente aceptarán que, consecuencia de los dos primeros pasos de la desburocratización, se lleva a cabo el tercero. Pedirle al burócrata que desburocratice, sobre todo más allá de cierto punto, a partir del cual peligra su trabajo, ¿no es pedirle peras al olmo?

Continuará.



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El punto sobre la i

El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

Othmar K. Amagi
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