MARTES, 24 DE AGOSTO DE 2010
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“A la luz de las más recientes necedades autografiadas por el apolillado Fidel, quiero suponer que el Presidente Calderón y su Canciller Patricia Espinosa estarán satisfechos del rendimiento que obtuvieron al regalarle casi 500 millones de dólares del pueblo de México a la gerontocracia cubana.”


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Publiqué en estas páginas hace apenas tres semanas un artículo alusivo a la notable inutilidad y elevado costo de la diplomacia mexicana actual, que ni siquiera sabe a qué organismos internacionales pertenece cuando vuelve a inventarlos, sin sospechar que los hechos darían un nuevo y profundo sentido a mis argumentos.

Resulta que revivió el fantasma del gerontócrata Fidel Castro para decir, entre otras sandeces, que el ganador de la elección presidencial de México en 2006 había sido López Obrador pero que su victoria se la arrebató el imperio, mientras ensalzaba la publicación de los más recientes disparates del demagogo tabasqueño.

Esta bofetada se la da el provecto dictador cubano a un Felipe Calderón que invirtió gran capital político y dinero público en un fallido intento por mejorar las relaciones diplomáticas con Cuba, por razones que parecen indescifrables en las actuales circunstancias.

El vínculo de México con Cuba llegó a ser realmente excepcional si se considera que fuimos el único país de América Latina que no rompió relaciones después de que lo hizo Estados Unidos, formalmente en 1961, y que procedió acto seguido a presionar al resto de las naciones del continente a seguir su ejemplo.

Para lograrlo, amenazó con retirar la ayuda que apenas había empezado a fluir al amparo de las recién creadas Alianza para el Progreso y Agencia para el Desarrollo Internacional de EU (US AID), a los países de Latinoamérica que mantuvieran su vínculo diplomático con Cuba. México fue el único que rechazó este chantaje.

El Presidente Adolfo López Mateos (1958-1964) decidió, a mi juicio con buenas razones, preservar sus vínculos diplomáticos con Cuba y al mismo tiempo pedir el retiro de la Alianza para el Progreso. Desde entonces, nuestro país no aceptó ninguna ayuda externa hasta finales del siglo pasado.

El rechazo del mandato de EU jugaba bien con la retórica de la “atinada izquierda,” lema que adoptó el régimen en el gobierno de esa época, lo que le permitió presumir de credenciales ideológicas de avanzada, al tiempo que en lo interno se seguían políticas bastante ortodoxas en asuntos económicos y de seguridad nacional.

Más importante aún para el régimen en turno, mantener relaciones con Cuba representó una efectiva póliza de seguro contra la exportación de su apoyo logístico y económico a movimientos guerrilleros en nuestro territorio, a diferencia de lo que ocurrió en buena parte del resto del subcontinente.

La relación bilateral adquirió otro tono cuando el Presidente José López Portillo (1976-82) decidió “administrar la abundancia” que nos había caído en suerte con el descubrimiento de ricos yacimientos petroleros, al tiempo que los precios del crudo subían en forma portentosa.

En 1980 México empezó a venderles petróleo a los países de Centroamérica y las Antillas a crédito y a precios subsidiados, y así se empezaron a acumular deudas que eventualmente alcanzaron casi 500 millones de dólares que el régimen de los hermanos Castro reconocía pero no hacía el menor esfuerzo por pagar.

Ya en la presente década funcionarios del Banco Nacional de Comercio Exterior lograron que los pasivos cubanos dejaran de ser “deuda soberana,” que como tal era incobrable, y se garantizaran con los ingresos en moneda fuerte de llamadas telefónicas del extranjero a la isla, que eran incautables fuera de Cuba.

Esta circunstancia permitió congelar cuentas cubanas por 40 millones de dólares en Europa e iniciar los juicios que conducirían a la amortización de los débitos cubanos con nuestro país. Una vez encontrado este sinuoso pero efectivo camino para cobrar esas facturas, era solo cosa de tiempo y abogados poder recuperar toda la deuda.

Como se podrá suponer, las autoridades cubanas no gustaron de este arreglo por lo que cuando funcionarios diplomáticos mexicanos expresaron su interés por mejorar la relación bilateral, la condición que pusieron fue que terminaran los juicios y se volvieran a documentar sus pasivos como “deuda soberana” sin garantía alguna.

Es decir, el gobierno de México no sólo renunció a millones de dólares cuya recuperación parecía estar ya al alcance de la mano, al tiempo que aceptó términos que harán virtualmente irrecuperable la suma total adeudada por Cuba.

A la luz de las más recientes necedades autografiadas por el apolillado Fidel, quiero suponer que el Presidente Calderón y su Canciller Patricia Espinosa estarán satisfechos del rendimiento que obtuvieron al regalarle casi 500 millones de dólares del pueblo de México a la gerontocracia cubana.

• Cuba

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