MARTES, 7 DE SEPTIEMBRE DE 2010
Populismo

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“El gran economista chileno Sebastián Edwards, profesor en UCLA, acaba de publicar un libro titulado Left Behind: Latin America and the False Promise of Populism, (que yo traduciría como Rezagada: Latinoamérica y la falsa promesa del populismo) dónde hace un recuento de los fracasos de esta filosofía política en la región.”


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El gran economista chileno Sebastián Edwards, profesor en UCLA, acaba de publicar un libro titulado Left Behind: Latin America and the False Promise of Populism, (que yo traduciría como Rezagada: Latinoamérica y la falsa promesa del populismo) dónde hace un recuento de los fracasos de esta filosofía política en la región.

En tratando de definir populismo, el autor cita a historiadores y estudiosos en la materia aludiendo a “movimientos políticos encabezados por individuos con personalidad fuerte y carismática cuyo atractivo para la masas nace de una retórica encendida centrada en las causas de la desigualdad y sus soluciones.”

Lo que resulta descorazonador es que Edwards regrese ahora al tema del populismo en el área después del texto clásico que él y Rudi Dornbush publicaron hace dos décadas definiendo las políticas económicas típicas de los regímenes populistas, lo que indica que este atavismo político sigue vivo y avanza en América Latina.

De hecho, el autor califica al fenómeno que actualmente se ha apoderado de varios países latinoamericanos como “neopopulismo” pues considera que hay diferencias importantes entre su expresión contemporánea y el populismo clásico que barrió destructivamente a nuestros países en los años setenta y ochenta.

Edwards apunta que los neopopulistas, que incluyen al matrimonio Kirchner en Argentina, a Hugo Chávez en Venezuela, a Evo Morales en Bolivia, a Rafael Correa en Ecuador, a Daniel Ortega en Nicaragua y a Fernando Lugo en Paraguay, no han seguido políticas fiscales, monetarias y salariales seriamente irresponsables.

Ello se puede deber a que los países con los neopopulistas enumerados como líderes han tenido suerte pues los precios de sus principales exportaciones se han mantenido notablemente altos, a pesar de lo cual hay crecientes indicios que en Argentina y Venezuela se están ya aplicando las políticas populistas proverbiales.

La segunda diferencia que señala Edwards entre los neopopulistas y sus antecesores, es que ahora han sido democráticamente electos, aunque una vez en el poder varios de ellos se han dedicado a cambiar las leyes vigentes para eternizarse en él, como lo ha venido haciendo Hugo Chávez desde hace doce años.

La tercera diferencia que apunta el autor entre los nuevos y los viejos populistas es que ambos, siendo ferozmente nacionalistas, tienen actitudes hostiles diferentes: mientras los anteriores denunciaban la apertura comercial y la inversión extranjera los nuevos atacan la globalización, en general, sobre todo en sus aspectos culturales.

Edwards anota que si bien los neopopulistas no han recurrido de lleno al uso irresponsable de las políticas fiscal y monetaria, han aumentado la intervención estatal en la economía, expropiado empresas, contralado precios clave y adoptado controles de cambios, todo lo cual genera distorsiones graves y atrasa el crecimiento.

Enfatiza también que la mala distribución de la riqueza en la región, que los neopopulistas atribuyen a la aplicación de las políticas “neoliberales” del Consenso de Washington, tiene causas ancestrales y que la evidencia estadística muestra que la más grave desigualdad se dio a finales de los años ochenta, antes de la adopción de una agenda liberal que, para colmo, nunca se adoptó íntegra y coherentemente.

La otra falsedad que Edwards aclara es que la globalización no aumentó la pobreza y la desigualdad, como acusan los neopopulistas. Las estadísticas no permiten sustentar tales afirmaciones y el autor registra cuidadosamente los ocho principales efectos positivos que se derivan de la integración de los países al mundo.

Ciertamente los políticos populistas surgen también en otras regiones del orbe, pero en ninguna parte como en Latinoamérica han tenido tanto éxito en apoderarse del poder y en imponer sus políticas, lo que el autor atribuye a la deficiente calidad de sus instituciones políticas, susceptibles de ser sojuzgadas por el líder carismático.

No es de extrañar que Chile aparezca en este análisis como el país con las más sólidas instituciones, al tener un sistema que incorpora la efectiva fragmentación del poder en distintas instancias de gobierno que operan como contrapesos entre sí, y que al mismo tiempo tenga las mejores políticas públicas.

Los países que han tomado la brecha del neopopulismo van exactamente en la dirección opuesta a la de Chile, reescribiendo sus leyes fundamentales para que todo el poder revuelva alrededor del líder iluminado, y recurriendo con largueza al voto directo de las masas para acelerar la adopción de sus agendas sociales y políticas.

Ya habrá ocasión de seguir extrayendo enseñanzas del magnífico texto de Sebastián Edwards, que no tiene desperdicio, y discutir por qué los populistas no florecen con vigor comparable fuera de Latinoamérica.

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