MARTES, 14 DE SEPTIEMBRE DE 2010
El Centenario original (el de don Porfirio)

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“El régimen panista desperdició ooooooooootra oportunidad: la de pensar en México y en qué puede ser México, sin imitar la costumbre premoderna o de plano cavernaria de adorar a ídolos, divulgar falsedades, ennoblecer la destrucción, festejar guerras civiles y reciclar festejos vacíos en fechas religiosamente profanas.”


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Porfirio Díaz (“the greatest man of the continent”) dijo a James Creelman algo sorprendente en un reportaje de 47 páginas en Pearson’s Magazine, y El Imparcial, marzo de 1908. Se escribió con tinta, pero la frase ha sido elevada al mármol y a las inmensas secciones “si hubiera…” y “¿por qué?” de la historia:

“He esperado pacientemente el día en que el pueblo de la República Mexicana estuviera preparado para escoger y cambiar de gobierno en cada elección, sin peligro de revoluciones armadas y sin daño al crédito nacional o interferencia con el progreso nacional. Creo que ese día ha llegado.”

Quien haya leído eso se ha preguntado qué habría pasado de haber sostenido su palabra, sin ejercer el estilo prepriista de gobernar y de ganar elecciones que él inventó.

Aventuro una teoría. Porfirio Díaz quería presumir ante el mundo, so pretexto de un centenario, su inmensa labor; un correlato de la exposición universal de París, 21 años antes, en el centenario de la revolución francesa, con todo y su Torre Eiffel. El Héroe de la Paz quería exhibir lo que podía lograr un país al dejar tres cuartos de siglo de guerras y golpes de estado, simbolizada su labor en útiles obras civiles y bellísimos monumentos. Quizá en verdad quería dimitir luego de los grandiosos festejos, pero Madero (a quien nunca tomó en serio) se le adelantó.

En 1810 Hidalgo inició una guerra civil; Morelos la continuó; Rayón, Mina, Bravo, Guerrero y otros la mantuvieron latente; Iturbide triunfó. Y Porfirio Díaz  —con sus cuantiosos defectos— finalmente hizo viable el país que aquéllos soñaron. A todos los homenajearon en 1910 pero la cereza del pastel, con méritos de sobra, se llamaba Porfirio Díaz.

Desde esa óptica resulta extralógico, absurdo y cuando menos sorprendente, festejar —imitando no la sustancia sino la cáscara de Porfirio Díaz— el centenario de un golpe que acabó con ¡Porfirio Díaz! Y con mucha de su obra. Hoy resulta peor de insensato, a más de mentiroso, que nos perforen las entendederas con lo de “200 años de libertad” y “orgullosamente (pongámonos de pie) mexicanos”. Puf.

¿Hay algo que festejar hoy, fuera de una copiosa catarata de mentiras? ¿De qué puede presumir hoy México? Jamás en mis seis decenios de existencia había visto tal hartazgo e indignación, o tales niveles de miedo y frustración, en la gente de mi país. Nunca los estados de ánimo habían sido tan deplorables, cuando no francamente destructivos y hasta cínicos. Jamás he visto menos banderitas tricolores en los coches. Y el gasto en fiestas vacías no concita entusiasmo alguno, pero sí grandes dosis de indignación. Ni un solo cordón cortará el presidente para inaugurar una sola obra terminada: todas ellas desconocidas, pospuestas, mal planeadas y peor financiadas.

Si el Bicentenario no puede ser apoteosis de lo que no existe, ¿qué nos queda? La borrachera, el relumbrón, los chispazos de fuegos de artificio por millones de dólares. Lo dijo Octavio Paz 40 años después del Centenario:

“Nuestro calendario está poblado de fiestas. Ciertos días, lo mismo en los lugarejos más apartados que en las grandes ciudades, el país entero reza, grita, come, se emborracha y mata en honor de la Virgen de Guadalupe o del general Zaragoza. Cada año, el 15 de septiembre a las once de la noche, en todas las plazas de México celebramos la fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año. Durante los días que preceden y suceden al 12 de diciembre, el tiempo suspende su carrera, hace un alto y en lugar de empujarnos hacia un mañana siempre inalcanzable y mentiroso, nos ofrece un presente redondo y perfecto, de danza y juerga, de comunión y comilona… Son incalculables las fiestas que celebramos y los recursos y tiempo que gastamos en festejar… Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares… un pobre mexicano, ¿cómo podría vivir sin esas dos o tres fiestas anuales que lo compensan de su estrechez y de su miseria? Las fiestas son nuestro único lujo.”

En países donde la gente vive decentemente no hacen falta héroes. Acá aparentemente los necesitamos —con carne de bronce y voz de mármol— para ocultar su frecuente condición de traidores. Glorificarlos en un endémico tránsito maniqueo del bronce al lodo y de reversa. Hasta el infinito. Hasta la náusea. Hasta la nada.

El régimen panista desperdició ooooooooootra oportunidad: la de pensar en México y en qué puede ser México, sin imitar —como toda repetición de la historia: en tono de farsa— la costumbre premoderna o de plano cavernaria de adorar a ídolos, divulgar falsedades, ennoblecer la destrucción, festejar guerras civiles y reciclar festejos vacíos en fechas religiosamente profanas. Casi no hubo debate, ni pensamiento, ni ánimo constructivo, ni proyecto, ni algo de valor para diseñar un mejor futuro.

Será porque no hay gran cosa que festejar.

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