LUNES, 27 DE SEPTIEMBRE DE 2010
Mercantilismo, ¡vivito y coleando!

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“La democracia y los demócratas, en vez de ser tratados con respeto, deberían ser abiertamente despreciados y ridiculizados, pues son verdaderos fraudes morales.”
Hans-Hermann Hoppe

Arturo Damm







“Pregunta: ¿no se ve más cine mexicano porque no se exhibe más cine mexicano, o no se exhibe más cine mexicano porque no se ve más cine mexicano?”


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El mercantilismo, que por lo general se ubica entre la mitad del siglo XVI y la mitad del siglo XVIII, sigue, al inicio de este siglo XXI, vivito y coleando, sobre todo si por mercantilismo entendemos la presión que determinados grupos, definidos por el interés pecuniario, ejercen sobre el poder político para que éste les otorgue privilegios, mismos que siempre tienen como objetivo la limitación o eliminación de la competencia que dichos grupos enfrentan en el mercado, privilegios mal habidos que siempre se justifican con argumentos nacionalistas: el gobierno debe proteger a los productores nacionales de la competencia que, vía las importaciones, les hacen los productores extranjeros, competencia que es posible, y este punto no hay que pasarlo por alto, si, y solamente si, los consumidores nacionales prefieren los productos importados a los hechos en México, preferencia que tiene su razón de ser en la trilogía de la competitividad: menores precios, mayor calidad y mejor servicio.

Muestra de que el mercantilismo sigue vivito y coleando la tenemos en la petición, hecha por el actor Damián Alcázar, de una nueva legislación que proteja a la industria cinematográfica mexicana ante el avasallamiento de Estados Unidos en los canales de distribución o, dicho de otra manera, de nuevas leyes que limiten la competencia de películas extranjeras, sobre todo estadounidenses, que hoy por hoy son demandadas en mayor cantidad que las mexicanas, realidad ante la cual debemos preguntarnos ¿por qué será?

Lo que llama la atención de la petición de Alcázar es que la protección que demanda la justifica porque lo que se va a proteger es la industria cinematográfica mexicana, por el simple hecho de ser mexicana: dado que es mexicana es que las leyes deben protegerla de la competencia extranjera, lo cual supone, en el mejor de los casos, que la ley obligue a destinar, cierto porcentaje del tiempo total de exhibición en pantalla (¿cuánto: 10, 20, 30…?), a la proyección de cine hecho en México, lo cual, de darse, sería una arbitrariedad en contra de quienes eligen qué película se exhibe, en cuántas salas, y por cuánto tiempo, quienes que al final de cuentas (ojo: ¡al final de cuentas!, lo cual quiere decir por principio de ellas), somos los cinéfilos, quienes ejercemos ese poder de elección comprando, o no, el boleto en taquilla.

¿Por qué pedir poco y no pedirlo todo? ¿Por qué no exigir, 1) que el gobierno prohíba, ¡en beneficio del cine hecho en México!, la exhibición de cualquier película extranjera; 2), que obligue, ¡en beneficio del cine hecho en México!, a la exhibición, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, de películas mexicanas, y 3) que obligue, ¡en beneficio del cine hecho en México!, a todos los mexicanos a asistir, siete veces por semana, al cine a ver películas mexicanas? ¿Por qué pedir poco y no pedirlo todo?

Pregunta: ¿no se ve más cine mexicano porque no se exhibe más cine mexicano, o no se exhibe más cine mexicano porque no se ve más cine mexicano?

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