MARTES, 12 DE OCTUBRE DE 2010
Populismo en Estados Unidos V

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Manuel Suárez Mier







“En las próximas elecciones legislativas de noviembre se cierne una amenaza generalizada de que un buen número de populistas de derecha pueda llegar al Congreso y cambiar de cuajo el escenario político en Washington.”


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Con la muerte de Franklin Roosevelt en 1945 las políticas del “Nuevo Trato” que predicaban una masiva intervención del gobierno en la economía como la fórmula para salir de la Gran Depresión, llegaron a su fin. Si bien eran políticas más bien keynesianas, tenían muchos tintes populistas.

El sucesor de Roosevelt, Harry Truman, planteó al Congreso medidas para redistribuir la riqueza, como cobertura médica universal, un ingreso asegurado para familias campesinas y el incremento del salario mínimo –la mayor parte de la cuales fueron rechazadas-, pero no se le puede calificar como populista.

El Estado Benefactor siguió creciendo en forma gradual en los años siguientes, pero retomó nuevos brios al morir asesinado John Kennedy en 1963, y acceder al poder su vicepresidente, Lyndon Johnson, tejano de raíces populistas rurales y experto en todas las tácticas y maniobras legislativas.

Johnson planteó una notable expansión de la carga financiera del Estado Benefactor con la llamada Gran Sociedad, que ideó un programa de cobertura médica subsidiada para muchos ciudadanos y gratuita para los ancianos, y que, sumado a la guerra en Viet Nam, creó un déficit fiscal gigantesco.

Las gestiones de Johnson y de su sucesor del partido opuesto, Richard Nixon, no pueden cabalmente calificarse de populistas, aunque incorporaron políticas y programas que forman parte de esa agenda de pensamiento, como la desvinculación del dólar al oro y los controles de precios adoptados por Nixon.

El populismo de derecha volvería a aparecer con la elección de Ronald Reagan, quien fue acusado por sus detractores de utilizar el “populismo cultural” para imponer una agenda política conservadora, aunque muchos economistas no estarían de acuerdo en esa caracterización respecto a su estrategia económica.

Ciertamente Reagan trató de reducir el desmesurado crecimiento del gobierno, salvo en el ámbito de defensa –a lo que sus admiradores atribuyen el colapso de la Unión Soviética- pero sus logros fueron magros en revertir el Leviatán gubernamental, y sus déficit fiscales, si bien compensados en buena medida por menores tasas de interés y mayor crecimiento, dejaron una deuda elevada.

Bill Clinton hizo su campaña presidencial en 1991 con tonos populistas sureños pero una vez elegido gobernó desde el centro, sobre todo en los seis últimos años de su gestión, en los que estuvo constreñido por un Congreso opositor. Su mayor éxito fue un notable saneamiento de las finanzas públicas.

Lamentablemente, los superávit fiscales fueron borrados por el gobierno de George W. Bush (2001-09), quien siguió irresponsables políticas de gasto vinculadas tanto a gravosas aventuras bélicas con el ostensible fin de combatir al terrorismo como a un gasto doméstico en indiscriminada expansión.

El historiador húngaro John Lukacz, quien sustenta que el mayor peligro para nuestra civilización radica en que la democracia liberal se transforme en populismo nacionalista, acusa a conservadores como Bush de “haber abandonado los principios fundamentales de orden, tradición y estabilidad al favorecer una estrategia política que invoca a enemigos externos e internos.”

La irresponsabilidad fiscal de Bush se vio agravada por una política monetaria expansiva en exceso, que combinadas llevaron a graves desequilibrios en la economía de EU: un enorme y creciente déficit comercial financiado por deuda externa, la ausencia de ahorro doméstico y una colosal burbuja inmobiliaria.

Al desinflarse la especulación en bienes raíces en 2008 la economía de EU cayó en su mayor recesión en ochenta años, que se extendió con celeridad al resto del mundo. Sin embargo, sus remedios, sobre todo el rescate del sistema bancario, han creado una violenta reacción popular.

En este caldo de cultivo se da la elección de Barack Obama a la Presidencia, con intensas presiones de ambos extremos ideológicos de castigar a los autores de la crisis, que la demagogia populista ubica en Wall Street y no en políticas públicas y supervisión laxa que fueron en última instancia las responsables.

Obama, cuyo desempeño como Presidente y personalidad política discutiremos en próximas entregas, ha resistido el apremio del ala más radical de su partido en varios frentes, pero en cualquier caso ha emprendido programas de gasto enormes y ha rescatado empresas en inminente peligro de quiebra.

En las próximas elecciones legislativas de noviembre se cierne una amenaza generalizada de que un buen número de populistas de derecha pueda llegar al Congreso y cambiar de cuajo el escenario político en Washington.

 

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