MIÉRCOLES, 13 DE OCTUBRE DE 2010
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“Mario Vargas Llosa no es solo el mejor escritor latinoamericano en muchas décadas, es un tesoro que enriquece la lengua española. ”


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Desde muy joven tuve siempre una fascinación por los premios Nobel y el elegante ceremonial que los configuraban. Tal vez porque desde muy pequeño observaba la entusiasta espera de mi padre cada vez que llegaba la hora de correr el telón, para mostrar a esos seres humanos tan especiales que cada año eran distinguidos con tan prestigiadas preseas.

Al principio no entendía esa conducta de mi padre producto su amor por el conocimiento y, en especial, por la literatura. Pero como siempre lo hacía de niño, al encontrarme con alguna confusión acudía a ese mar de sabiduría ranchera que fuera mi abuelo materno, Manuel P. Torres. En una de esas ocasiones le preguntaba ¿Qué es eso que tanto celebra mi apá cada año? “¿A qué te refieres?” Me responde. A esas cosas que les dicen premios Nobel, le reviro.

“Pues mira”, inicia, “hace muchos años en un país muy lejano murió un hombre muy rico”. ¿Así como tú? Lo interrumpo. En medio de sonora carcajada me responde; “no, ese era rico nosotros somos rancheritos”. Prosigue, “el caso es que al morir dejó mucho dinero para que cada año se repartiera entre gente que hubiera hecho cosas muy importantes para ayudar al mundo”. Pero hay mucha gente que hace eso, le respondo. “Bueno,” me dice ahora, “entre todos esos se escoge a los más chingones”.

A mi escasa edad no me quedaba claro lo que significaba, pero si ligaba los premios Nobel eran para los más chingones del mundo. Al correr de los años, armado con mi terca curiosidad seguí aprendiendo lo que realmente eran y, sobre todo, su enorme significado. Aprendí que se otorgaban a los más chingones del mundo en diferentes áreas como medicina, literatura y que prácticamente era un Olimpo al que solo podían penetrar esos semidioses, como consecuencia de sus impresionantes obras en beneficio de la humanidad.

Junto con los años corría mi fascinación al mismo tiempo que, habiendo heredado de mi padre el amor por la literatura, iniciaba mi largo romance con una relativamente nueva ciencia; la economía. Cuando en la década de los años 60 la economía fue incluida entre las ramas de ese árbol de sabiduría cultivado por un hombre especial; Alfred Nobel, mi fascinación se convertía en casi una obsesión.

Literatura y economía eran las que impacientemente esperaba. Corrían ya los años 70 y el mundo se cubría de comunismo, socialismo, estatismo y las caras menos sucias las mostraban países que eran ya presas del keynesianismo. Ante los ojos de millones de seres humanos, la libertad se esfumaba y con ella la esperanza de un mundo mejor.

Pero recordando a mi abuelo no entendía cómo esos premios, en especial los de economía, se otorgaban a quienes sumían al mundo en un infierno que luego se conocería como Stagflación. Paul Samuelson, Gunnar Myrdal, Kantorovich etc. Pues no me parecían tan chingones.

Sin embargo, en 1974 el premio Nobel de economía se otorgaba a un economista llegado de Austria; Friedrich Hayek. Un hombre que en medio del remolino provocado por el socialismo arropando al mundo, publicaba su magna obra advirtiendo el tortuoso y equivocado camino que la humanidad transitaba: “La Ruta Hacia la Servidumbre.” El liberalismo emergía de nuevo para enfrentar las cadenas que aprisionaban al mundo.

La lucha arreciaba y la academia Nobel se convertía en el termómetro para medir avances y resultados de las dos corrientes. En 1976 el mundo liberal se llenaba de júbilo cuando el laureado fuera un gran abanderado de la libertad: Milton Friedman. Pero los progresistas montaban en cólera pues era el arquitecto que Pinochet utilizaba para construir el nuevo Chile, hoy día el único país desarrollado en América Latina.

La academia supuestamente seguía premiando talento, especialmente en literatura, sin importar ideologías: Saramango, Neruda, Garcia Márquez y, para el orgullo de México, en 1980 el premio se otorgaba a un gran poeta y escritor, Octavio Paz. Un hombre que además de su extraordinario talento, con gran claridad exponía sus ideas y su amor por la libertad definiendo con gran sabiduría el ogro filantrópico.

En las décadas de los años 80 y 90 desfilaron grandes seres humanos por ese recinto casi celestial. La academia continuaba siendo ese imparcial termómetro premiando talento sin mensajes ideológicos. En el área de economía habían transitado socialista y liberales como Arrow, Stigler, Buchanan, Mundel, Becker y mi amigo Vernon Smith. En esos años yo era ya un gran admirador de otro escritor liberal latinoamericano, Mario Vargas Llosa, y pensaba,  luego de la experiencia con Octavio Paz, le toca el turno a Mario. No tenía idea de la larga espera que me aguardaba.

Sin embargo, al inicio del nuevo siglo la academia asumía actitudes preocupantes que denotaban un giro hacia la corrección política, y el sentimiento de haber perdido su imparcialidad. Corría el rumor que a Mario Vargas Llosa se le negaba el pasaporte a ese celestial Olimpo, simplemente por sus ideas liberales y la agresiva defensa que siempre ha hecho de ellas. No importaba la belleza de su prosa, su estilo narrativo que produjera un especial placer al repasarlo, sus hermosos cuentos llenos de gracia y mensajes.

Fue cuando sentí un cuestionamiento interior de la gran admiración que se iniciara desde mi niñez. Pero cuando la academia anunciara los premios para Al Gore, para Paul Krugman y cerrando con broche de oro, el premio Nobel de la Paz para Barak Obama por sus heroicas acciones en los meses de su presidencia, mi romance con la academia terminaba y tristemente pasaba a etiquetarlos como farsantes al servicio del fabianismo de George Soros.

El jueves al encender mi computadora me encuentro con un increíble encabezado: Vargas Llosa gana el premio Nobel de literatura. Me froto los ojos y me doy una suave cachetada para asegurarme estaba ya despierto y, si, el encabezado permanecía ante mi vista. La espera terminaba.

Mario Vargas Llosa no es solo el mejor escritor latinoamericano en muchas décadas, es un tesoro que enriquece la lengua española. Y como afirma mi tocayo Ricardo Medina Macias: “La Academia Sueca ha premiado este año, ¡por fin!, a quien pudiese ser, a mi juicio, el más grande novelista en lengua española del siglo XX; grande entre grandes, por cierto. Vargas Llosa cuida hasta el escrúpulo que ninguna de sus novelas incurra en el género panfletario. Deja que los personajes vivan y sean quienes son. Y hasta en eso Vargas Llosa muestra su talante profundamente liberal.”

Pero además de un gran liberal es un ser humano fuera de serie. Si alguien quiere realmente entender el verdadero liberalismo, el capitalismo democrático, el concepto de orden y libertad, solo tiene que acudir a uno de sus mejores ensayos publicado hace años en le revista Caretas: “La Revancha de los Pobres.” No cabe duda que mi abuelo tenía razón, Vargas Llosa es un chingón y finalmente se le ha reconocido.

 

 

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