SÁBADO, 27 DE NOVIEMBRE DE 2010
Los reales memos de la real academia

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Ricardo Medina







“Memo es un adjetivo que significa simple, tonto, mentecato. Y sólo a un grupo de memos se le pudo ocurrir, por ejemplo, que omitir el acento en el adverbio sólo y hacerlo igual al adjetivo solo, contribuye a enriquecer la lengua española.”


Memo es un adjetivo que significa simple, tonto, mentecato. Y sólo a un grupo de memos se le pudo ocurrir, por ejemplo, que omitir el acento en el adverbio sólo y hacerlo igual al adjetivo solo, contribuye a enriquecer la lengua española.

Como escribió el enigmático colega Gil Gamés, en el diario La Razón: “En lo personal, y en lo colectivo, Gamés seguirá acentuando como le enseñó su maestra Eustolia en cuarto y quinto de primaria. Agarrarse a bofetadas con las tildes es el trabajo más ocioso e inútil a que se han entregado las academias”.

En realidad, la propuesta de los académicos consiste en un proceso de igualación hacia lo más bajo. La lógica –si a eso puede llamársele lógica- detrás de las ocurrencias de “renovación” ortográfica es la siguiente: “Dado que son numerosos quienes escriben con las patas, al grado que algunos de ellos ocupan, orondos, asientos en varias de las 22 academias de la lengua española dispersas por la geografía del orbe (esta última frase es una memez revestida de falsa solemnidad digna de un académico advenedizo), lo que procede es facilitarles la vida. Como la generalidad de los hispanohablantes no distingue entre un adverbio y un adjetivo y fue instruido –es un decir- por las huestes del SNTE o de la CNTE o sus equivalentes, complazcamos a la chusma ignorante y vociferante”.

Hablar de académicos advenedizos que suelen escribir con el donaire de un guajolote en víspera de Navidad (aunque se vean a sí mismos cual si fuesen pavos reales) no es una exageración. Considérese, por poner un par de ejemplos aleccionadores, que el señor Miguel A. Granados Chapa es miembro de la academia de la lengua en México, o que el también emborronador de papel Juan Luis Cebrían ocupa un sitio similar en la academia española.

Debe aclararse que estas nuevas “normas” ortográficas no son tales, los memos de la academia han advertido –y lo volverán a reiterar, sospecho, en su inminente aquelarre a celebrarse en Guadalajara, durante la Feria Internacional del Libro- que cada cual podrá seguir escribiendo, si eso le complace, la palabra “guión” con tilde y acentuar los pronombres ése y éste cuando considere que ello permite precisar, sin dejar lugar a equívocos, la función sintáctica que cumplen dentro de un texto. Cada cual, si tuvo una maestra Eustolia que le enseñó a escribir con decoro, podrá seguir haciéndolo. ¡Qué alivio! Esto es: los memos de la academia sólo (nótese el acento, que es adverbio) están dando permiso a quienes escriben con las patas para que lo sigan haciendo así sin sentirse abochornados. Son memos, pero también progresistas retro de izquierda.

Ahora bien, los memos de la academia, en especial los que llegaron a su sitio merced no a su conocimiento de la lengua, sino a las ínfulas adquiridas en el emborronamiento de editoriales y columnas, harían mejor en desasnar a otros de sus colegas redactores de periódicos, por ejemplo al que escribió esta barbaridad en el periódico El Economista: “Pacheco discrepa con cambios en nueva Ortografía Española” (así, como lo leen). Ese redactor anónimo usa las preposiciones con el mismo extravío verbal del que hacía gala el nefasto presidente mexicano Luis Echeverría en sus fatigosas peroratas. No, improvisado redactor, jamás se discrepa “con”, se discrepa siempre “de”. El pobre José Emilio Pacheco, si acaso leyó el engrudo que armaron con sus declaraciones, debe haber caído enfermo a causa de la aflicción.

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