MIÉRCOLES, 12 DE ENERO DE 2011
La UNAM no es para pobres

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“Es demagógico el discurso de que gracias a la UNAM los jóvenes pobres de México tienen la oportunidad de estudiar y salir de la pobreza. Más bien, gracias a la UNAM los pobres se hacen más pobres.”


Nuevamente, como todos los años, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se convirtió en la fuente de frustración y desilusión para miles de jóvenes. Casi 115 mil muchachos deseosos de hacer una carrera en “la universidad más importante de México” recibieron una patada en el trasero después de pasar penas, angustias y vergüenzas haciendo trámites y largas filas para aplicar la solicitud y luego el examen de ingreso. De 115 mil solicitantes sólo fueron aceptados 9 mil 360 jóvenes, es decir, menos del diez por ciento, quedaron fuera 105 mil.

Pensemos un poco en esos 115 mil alumnos que pretendían entrar a la UNAM. Ninguno procedía de algún CCH (Colegio de Ciencias y Humanidades) ni de una preparatoria de la UNAM, pues ellos tienen el pase garantizado. Más bien procedían del Colegio de Bachilleres, CENETIS, Preparatoria Abierta y de escuelas privadas. Muchos de ellos venían de provincia, de todos los Estados de la República.

No todos pertenecían a un mismo estrato social, los había algunos con buena posición económica y otros no tan buena. Pero lo notable es que ninguno de ellos pertenecía a la población que se encuentra en extrema pobreza (55 millones), esos están excluidos de antemano. En realidad, la gente en extrema pobreza apenas logra terminar la primaria, si bien les va; ni siquiera piensan en la universidad pues lo que les preocupa es el pan de cada día.

Podemos colocar en diversos estratos sociales a los 115 mil jóvenes solicitantes, según la posición económica de las familias de donde proceden. Los hay hijos de obreros con sueldos bajos (7 salarios mínimos mensuales, 12 mil pesos) pero también de empresarios con ingresos de 100 o más salarios mínimos mensuales. Los nueve mil aceptados son los que consiguieron los mejores resultados en los exámenes. Pero los que obtienen las mejores notas generalmente son los mejor alimentados, los que tienen para comprar libros, computadora e internet en casa. Es decir, a fin de cuentas la UNAM acepta a los que tienen mejor posición económica, pero se disfraza con el “mérito académico”.

Ahora bien, dentro del universo de los aceptados no todos terminan con un título universitario. La mayoría también recibe de la Institución una patada en el trasero. Hay mucha deserción en la UNAM. ¿Quiénes son los que abandonan las aulas? Unos son los que vienen de familias ricas y no quieren “contaminarse con la chusma” y prefieren regresar a las universidades privadas, al fin que tienen con qué pagar (pero ya le quitaron la oportunidad a alguien). Otros porque se desaniman de los planes de estudio atrasados de la UNAM, y muchos otros porque no tienen la manera de hacer frente a los gastos que implica estar estudiando, son los pobres (que no son tan pobres) y que abandonan para dedicarse a trabajar.

Al final, la UNAM sólo otorga título universitario a un 19% de los que lograron entrar. Antes, cuando la titulación requería tesis el porcentaje era mucho menor, pero ahora las autoridades han inventado diez maneras de titularse; algunas basta con que paguen por un seminario y calienten la banca durante seis meses y el título viene en automático.

En resumen, la UNAM termina por otorgar título universitario a los que tienen recursos (quizás no sean millonarios) pero lo cierto es que a los pobres los expulsa de una u otra manera, sea de forma ruda cuando intentan ingresar o de manera sutil indicándoles que no tienen la capacidad de asimilar las grandes cátedras de los profesores izquierdistas.

No es nueva la observación que describo. En realidad Carlos Marx, en la “Crítica al Programa de Ghota (1875)” señalaba que la educación pública (UNAM) era un sistema que consistía en hacer que los pobres pagaran la educación de los ricos. Imagínese una fiesta donde unos, con mucho sacrificio, pagan y no los dejan entrar; otros entran comen y bailan y no pagan. No sólo es un sistema injusto sino perverso. Pero es la forma en que vive la UNAM.

Si se acepta esta observación se concluye que es demagógico el discurso de que gracias a la UNAM los jóvenes pobres de México tienen la oportunidad de estudiar y salir de la pobreza. Más bien el enunciado correcto es “gracias a la UNAM los pobres se hacen más pobres”.

Evidentemente, se requiere corregir o eliminar el sistema perverso de la UNAM para lograr que sea una verdadera opción para los jóvenes pobres, pero ese problema no ha sido digno de interés o estudio ni de sus autoridades ni de sus académicos, porque todos ellos piensan que las cosas están bien y estarán mejor si reciben más subsidios del gobierno, es decir, de los pobres de este país, especialmente de los de extrema pobreza, que, aunque pagan poquito cada uno, pero al ser muchos terminan por ser los mayores financiadores de una universidad que nunca les ha abierto las puertas.

• Educación / Capital humano

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