MARTES, 1 DE FEBRERO DE 2011
¿Contra quién es la huelga?

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El punto sobre la i
“Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino, para decidir su propio camino.”
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“El derecho de huelga es un derecho perverso que actúa contra quienes lo ejercen y contra la sociedad misma. Todos salimos perdiendo.”


El derecho de huelga es el derecho de violencia y agresión de unos pobres contra otros más pobres. Consiste en que un grupo organizado, reconocido y legalmente constituido puede imponer su voluntad, por medios coactivos y legales, a quienes no comparten sus ideas.

Si nos referimos a una empresa privada, la huelga es el instrumento de fuerza sindical para obligar a que el propietario satisfaga las demandas de los agremiados. Pueden ser demandas de mejores salarios, horas de descanso, uniformes u otras. Es un instrumento de violencia pues obliga a la minoría a acatar la decisión de la mayoría. Es un instrumento de agresión pues los huelguistas se dan el derecho de clausurar la empresa sin importar las pérdidas que sufra por la materia prima echada a perder, las máquinas que se dañan, la pérdida de ventas y de clientes entre otras. Si la huelga “triunfa”, de cualquier forma los huelguistas pierden por los días no laborados pues no se los pagan o, si acaso, les dan la mitad de sueldo. Haciendo cuentas salen con números rojos, es decir su triunfo resulta en fracaso. Pero los consumidores también pierden pues ahora tendrán que pagar más para financiar los nuevos sueldos de los huelguistas. El patrón, por cierto, no dejará de comer por efectos de la huelga y quizás piense en llevar su fábrica a lugares menos conflictivos. En concreto, los grandes perdedores por las huelgas en las empresas privadas son los propios trabajadores y los consumidores.

Si nos referimos a las universidades públicas, las que viven del erario, ¿contra quién es la huelga? Tendría que ser contra el propietario de la universidad pública. Pero el rector no es el propietario, éste es otro empleado más que temporalmente ocupa ese puesto administrativo y luego regresa a tallar el pizarrón. Luego, él no es el afectado. Tampoco es el gobierno, pues aunque el presidente en turno decidió construir la universidad,  no lo hizo con su dinero sino con los recursos del erario. Luego, el gobierno tampoco es el afectado. En realidad, el propietario de la universidad pública es el que aportó los dineros, es decir, el pueblo, los contribuyentes. En otras palabras, el derecho de huelga en las universidades públicas es un derecho de coacción contra el pueblo. El sindicato legalmente constituido se da el derecho de usar medios violentos contra los contribuyentes que, por cierto, no tienen mecanismos de defensa. Si la huelga “triunfa” los contribuyentes tendrán que pagar más impuestos para mantener los sueldos y privilegios de los sindicalistas. Pero igual que en la empresa privada, esos triunfos son cuestionables pues la “ganancia” no compensa las pérdidas por los días que no reciben sueldos. Si fracasan, es decir, no logran lo que quieren, la pérdida también es del pueblo pues pagará medios sueldos a quienes no trabajaron durante el tiempo de huelga.

En resumen, el derecho de huelga es un derecho perverso que actúa contra quienes lo ejercen y contra la sociedad misma. Todos salimos perdiendo. En la historia, difícilmente se pueden encontrar casos exitosos de huelgas que terminen beneficiando a las masas. Si el derecho de huelga es perjudicial para toda la sociedad, ¿por qué está reconocido, consagrado y legalizado en la Carta Magna?

Por otra parte, es legítimo y benéfico para toda la sociedad que los trabajadores busquen mejores ingresos. Pero los medios deben ser los adecuados. Tan condenable es la huelga (que realmente es delincuencia organizada) como que el trabajador se diera el derecho de extraer los bienes de la empresa o institución y venderlos en el mercado negro o secuestrar al patrón y amenazarlo de muerte si no otorga aumentos de sueldo.

Los trabajadores necesitamos pensar, reflexionar e inventar nuevos esquemas para lograr el bienestar anhelado, con el único requisito de no dañar ni a los alumnos, ni a los trabajadores, ni a los contribuyentes. ¿Es posible? Por supuesto que sí, solo necesitamos abandonar nuestros viejos mitos.

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