Nostalgia del porvenir
Feb 18, 2011
Fernando Amerlinck

Pobrecita, desgarrada soberanía

El problema no son los comentaristas ingleses que se ponen a rebuznar, ni los gritos contra funcionarios gringos que dicen verdades incómodas, o los políticos franchutes en desgracia. Los auténticos ataques a nuestra soberanía ultrajan a personas de bien que habitamos en este país. Es eso lo serio. Allí está el verdadero agravio. ¿Qué hacer?

Pobre soberanía nacional. La vapulean comentadores ingleses, o políticos gringos y franceses. Por un lado, un trío de talentosos críticos de coches desconecta momentáneamente su cerebro y lo deja guardado en algún cajón de Top Gear para decir chistes bobos, ñoños, pacatos, torpes, toscos, majaderos y sin su usual wit. Mexicanos ofendidos pierden sus vestiduras porque un trío de temporales imbéciles suelta breves despropósitos y algún insulto. Claro, da coraje que hablen mal de todo un pueblo y de nuestra comida —incomparablemente mejor que la inglesa— pero ¿se arruina la patria si un buen programa tiene un clamoroso tropiezo? Lo decía mi sabio tío Chencho: el mundo está lleno de imbéciles. Hasta el mejor comentarista de coches puede tener un mal día.

Antes, doña Soberanía había sufrido un soponcio cuando la señora Clinton dijo que en México los narcocárteles incubaban una insurgencia al estilo colombiano. Y que quizá tendría su país que intervenir. ¡Pácatelas!

Luego vino un torpedo nuclear a la línea de flotación de nuestra precaria —aunque algunos creen que aún existe— soberanía nacional. Lo lanzó nada menos que Joseph Westphal, segundo en la cadena de mando del ejército imperial, y por eso con buenas credenciales para lanzar torpedos. Le preocupa Latinoamérica, especialmente México. Y a mayor abundamiento, comparte esas opiniones nada menos que con ¡la Casa Blanca…!

“Como todos ustedes saben, hay en México una forma de insurgencia con los cárteles de la droga, justo en nuestras fronteras. Esto no sólo es sobre drogas e inmigrantes ilegales… Se trata, acaso, de que asalten el gobierno individuos muy corruptos”.

Añadió Westphal que no querría ver a soldados de su país combatiendo una insurgencia “en nuestra frontera, violando nuestra Constitución, o teniendo que mandarlo al otro lado de la frontera.” ¡Vóitelas!

Pero siguen bastos. La mandamás de Homeland Security, Janet Napolitano, dice que los Zetas podrían estar enredándose nada menos que con ¡Al Qaeda! Eso pone a México en el mapa de su obsesión nacional, el terrorismo. Y peor tantito si en una carretera cazan en una camioneta a dos agentes de migración y aduanas, y la Napolitano anuncia una fuerza conjunta de su agencia, más el departamento de Justicia y el FBI, todos de allá para encontrar asesinos acá. La soberanía nacional sufre. Las vestiduras también.

Para acabarla de mejorar, aparece un insolente presidente francés de arrogantes modales imperiales (pero sólo imperial por nostalgia, a diferencia de los muy vigentemente imperiales Napolitano, Clinton, Westphal & Co.). Pretende dedicar a una delincuente todo un año de festejos mexicanos en Francia, planteado para seguir con un año de Francia en México en 2012. Es inadmisible (a menos que Monsieur Sarkozy acuerde extraditar a Carla Bruni en intercambio por la Cassez).

Los tambores de esta nueva guerra de los pasteles aderezan esta pregunta: ¿será casualidad que tantas voces en Estados Unidos —y no de Sarah Palin, opinadores desbocados de Fox News o delirantes del Tea Party— hablan de intervención en México? ¿Será por algo que hablen de insurgencia armada mientras velan a un agente suyo asesinado en tierra mexicana?

En Homeland Security y el Pentágono—diga lo que diga nuestra cancillería— sí están informados. Tienen previsiones, manuales, protocolos y estrategias ante todo tipo de escenarios, por improbables que sean. Por algo son imperio: no sólo por sus vapuleadas finanzas sino por sus armas. Increpar a EEUU diciendo que su ejército no sabe qué dice es paladeable para los catequistas de la soberanía nacional y para el sacrosanto derecho al pataleo; los mal informados son los que creen que México es soberano. Envolverse en el pendón tricolor es atractivo para inflamar páginas editoriales, soltar fuego en las bocinas del radio e incendiarse las fuerzas vivas, el círculo rojo y las progresías apostólicas de la corrección política. Los soberanistas necesitan atizarse para sentir que prestan un servicio a la patria.

¿Será útil a la patria ese servicio? Quién sabe. Más provechoso será saber que no puede ser soberano un país cuando los criminales toman las carreteras hasta el punto de no poder usarlas; si las policías locales y municipales dejan a “grupos sociales” librar batallas campales cada vez más violentas, y hacer plantones callejeros y marchas en sacrosanta defensa a la libre manifestación del odio; y donde los más aforadamente soberanos —soberanamente impunes— son los diputados payasos.

El problema no son los comentaristas ingleses que se ponen a rebuznar, ni los gritos contra funcionarios gringos que dicen verdades incómodas, o los políticos franchutes en desgracia. Los auténticos ataques a nuestra soberanía ultrajan a personas de bien que habitamos en este país. Es eso lo serio. Allí está el verdadero agravio. ¿Qué hacer?

En mi próxima entrega propondré algo práctico y rotundo para afianzar nuestra soberanía en donde al imperio más le duele. México lo puede hacer con una decisión sencillísima de profundo alcance, que ante todo y por todo, serviría a los mexicanos. Pero a los de carne y hueso, no a los próceres de las mantas legislativas y a los taumaturgos de vestiduras desgarradas. Hasta la próxima.



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