Pesos y contrapesos
Abr 11, 2011
Arturo Damm

Libre comercio, ¿la Iglesia en manos de Lutero?

Los gobiernos de Perú y México firmaron, tras tres años y medio de negociaciones, un acuerdo comercial cuya única ventaja que obtendremos los consumidores mexicanos será la de una mayor oferta de algunos alimentos pero no la de un menor precio a cambio de los mismos.

El pasado 6 de abril los gobiernos de Perú y México firmaron, tras tres años y medio de negociaciones, un acuerdo comercial que dará como resultado un comercio más libre (¿o debo decir menos limitado?) entre mexicanos y peruanos, quienes contarán con más y mejores opciones de consumo y, por lo tanto, mayor bienestar.

¿Por qué tomó tanto tiempo llegar al mentado acuerdo? Porque, según lo informó un periódico, “los empresarios mexicanos veían como sensible la negociación del aguacate, uva, cebolla, limón, toronja, naranja, plátano, ajo, papa, chile, leche y mango”, visión sensible que supone, ¡obviamente!, que los productores peruanos de dichas mercancías iban a competir, por la vía de la exportación de las mismas, con los productores mexicanos, quienes se iban a ver sujetos a la competencia que las importaciones de dichos alimentos traerían consigo, algo que atentaría contra sus intereses pecuniarios. A ese argumento en contra del libre comercio (porque al final de cuentas eso es: de un argumento en contra del libre comercio) los peruanos respondieron que las exportaciones peruanas del aguacate, la uva, la cebolla, el limón, la toronja, la naranja, el plátano, el ajo, el papa, el chile, la leche y el mango no competirían con los productos mexicanos “pues la producción se realiza en fechas distintas”, de tal manera que las importaciones peruanas no vendrían a competir con la producción nacional, sino solamente a complementar la oferta de dichas mercancías en los mercados mexicanos, por lo cual la única ventaja que obtendremos los consumidores mexicanos será la de una mayor oferta de todos esos alimentos pero no la de un menor precio a cambio de los mismos.

Lo que llama la atención es la postura de los empresarios mexicanos, productores de aguacate, uva, cebolla, limón, toronja, naranja, plátano, ajo, papa, chile, leche y mango, quienes, de entrada, se opusieron a la exportación peruana, y por lo tanto importación mexicana, de tales mercancías, ¡contra las cuales tendrían que competir!, olvidando que el fin del libre comercio es el beneficio del consumidor, mismo que se presenta en la forma de menores precios, mayor calidad y mejor servicio, lo cual se logra, únicamente, por medio de la competencia, misma que el buen gobierno, ese que, según Adam Smith, es indispensable para el buen desempeño de la economía, siempre a favor de los consumidores, debe mantener sobre viento y marea, para lo cual debe reconocer, y actuar en consecuencia, que su tarea es la de garantizar el derecho de los consumidores a consumir los bienes y servicios que quieran, independientemente de dónde se hayan producido, no la de defender los intereses pecuniarios de los productores nacionales, para lo cual se requiere que eliminen la competencia que las importaciones traen consigo, para lo cual deben prohibir dichas importaciones.

Si el gobierno defiende los intereses pecuniarios de los productores nacionales viola el derecho a la libertad para consumir de las personas, tal y como se sigue haciendo, menos que en el pasado, pero se sigue haciendo. ¡Qué barbaridad! ¡Qué vergüenza!



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Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

Miguel Ángel Boggiano
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