Pesos y contrapesos
May 20, 2011
Arturo Damm

Competencia: El papel del consumidor (III)

Desde el punto de vista del consumidor egoísta y racional, y si el problema económico es la escasez, ¿cuál es la opción correcta? ¿La más cara o la más barata?

En el último Pesos y Contrapesos afirmé que la competencia la generamos los consumidores, comparando, entre oferentes, precio, calidad y servicio, y eligiendo al que nos ofrece menor precio, mayor calidad y mejor servicio. También apunté, y expliqué por qué, durante muchos años recurrí, para la encuadernación de textos, a un encuadernador que me queda a media cuadra, sin haber solicitado nunca los servicios de otro que me queda, ¡igual!, a media cuadra, hasta que la semana pasada, ante la necesidad de encuadernar veinticinco volúmenes, decidí pedir presupuesto a los dos y comparar precios. ¿Qué pasó?

El encuadernador de toda la vida, ya tomando en cuenta el descuento obligado, por tratarse, como ya lo apunté, de veinticinco volúmenes, y por ser yo cliente viejo, me cobra, por el trabajo, cien pesos por volumen. El otro encuadernador, al que nunca había recurrido, siendo por lo tanto yo cliente nuevo, ya con descuento, me cobra, por volumen, sesenta y ocho pesos, ¡treinta y dos porciento menos que “mi” encuadernador de toda la vida!

Comparemos. Precio normal del encuadernador de toda la vida: $120; precio con descuento: $100; descuento: 16.7 por ciento. Precio normal del encuadernador nuevo: $100; precio con descuento: $68; descuento: 32 por ciento, ¡prácticamente el doble!

Hagamos cuentas. Encuadernador de toda la vida: 25 x $100 = $2,500. Encuadernador nuevo: 25 x $68 = $1,700. Ahorro = $2,500 - $1.700 = $800, equivalente al ya mentado 32 por ciento.

¿Cuál creen ustedes que fue mi elección? ¡Claro: el nuevo encuadernador! ¿Por qué? Porque más allá de la costumbre y la familiaridad, de las que hablé en la anterior entrega, como consumidor soy, ¡al igual que todos ustedes!, egoísta y racional. Egoísta: al mandar encuadernar mis textos pretendo mi beneficio. Racional: pretendo mi beneficio al menor precio posible. Desde el punto de vista del consumidor egoísta y racional, y si el problema económico es la escasez, ¿cuál es la opción correcta? ¿La más cara o la más barata?

Vuelvo a la pregunta que hice, de hecho me hice, en la entrega anterior: ¿por qué, durante tantos años, no pedí presupuesto a los dos encuadernadores, por qué no comparé precios, y por qué no actué en consecuencia? ¿Porque no fui, como consumidor, lo suficientemente egoísta y racional? Y si no lo fui, ¿se debió a que me ganó la costumbre y la familiaridad, descartando la desidia y la ignorancia como explicaciones del por qué no pedí presupuesto a los dos encuadernadores, por qué no comparé precios, y por qué no actué en consecuencia? Al final de cuentas lo hice y salí ganando: ahorraré ochocientos pesos que podré destinar a la compra de algún otro bien o servicio, lo cual beneficiará a su oferente, o al ahorro, lo cual beneficiará a quien le preste ese dinero (entiendo por ahorro una inversión financiera: prestar dinero a cambio del pago de un interés). Todo lo anterior es cierto, quedando pendiente la respuesta a la siguiente pregunta: mi conducta, ¿realmente generó competencia entre los dos encuadernadores?

Continuará.



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