MARTES, 28 DE JUNIO DE 2011
México, Brasil y el camello

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“La democracia y los demócratas, en vez de ser tratados con respeto, deberían ser abiertamente despreciados y ridiculizados, pues son verdaderos fraudes morales.”
Hans-Hermann Hoppe

Manuel Suárez Mier







“¿A qué se debe el aparente éxito de Brasil? Si comparamos sus números en materia de pobreza, distribución de la riqueza, interferencia burocrática en la economía y violencia mortal, todos son bastante peores a los de México.”


El sagaz periodista John Authers, editor de la afamada Columna Lex en el Financial Times de Londres, escribió la semana pasada en un reportaje especial que preparó su diario sobre nuestro país, un interesante análisis comparativo de México y Brasil que llegó a una conclusión insólita.

El lugar común que cuestionó Authers enuncia que en la pugna por el liderazgo político y económico de América Latina, Brasil ya ganó de calle al consolidar un proceso de crecimiento económico mucho más acelerado junto con una envidiable expansión de sus empresas públicas y privadas.

Ello ha llevado a un triunfalismo carioca que el autor citado compara con el que se sentía en México hace una década, cuando al fin se había superado la grave recesión de 1995, se había retomado una tasa acelerada de crecimiento económico y se había dado la alternancia democrática sin conflicto alguno.

El periodista inglés concluye que la sólida situación financiera de México, resultado de años de paciente y reiterada ortodoxia en la conducción de la economía, ha construido sólidos cimientos para reiniciar un proceso acelerado de crecimiento sostenido y estable.

Agrega que lo único que se requiere para que México lo consiga, es que sus líderes superen la parálisis que ha bloqueado el avance en las reformas económicas y políticas pendientes, y que le vaya bien a la economía de Estados Unidos, estrecha e irremisiblemente entrelazada con la mexicana.

Si bien las condiciones para que se de el resurgimiento mexicano no son precisamente fáciles de alcanzar –la recuperación económica de EU se ve frágil y llena de peligros y la probabilidad de que nuestros políticos superen el letargo no es muy alta-, creo que ese corolario es el correcto.

Cuando se analiza con detenimiento el “milagro brasileño” se concluye que al lado de sólidos avances en materia de desarrollo industrial en los sectores petrolero y de aviación, el liderazgo de Brasil alcanzado en los últimos años se sustenta en su buena suerte y en una brillante campaña de relaciones públicas a nivel mundial que enfatiza los logros y soslaya las lacras.

La buena suerte brasileña compartida con los productores de materias primas con una gran demanda por parte de países con estelar crecimiento, como China e India, son sus elevados precios que han inyectado gran dinamismo a su economía y un aumento notable en sus ingresos por exportaciones.

Esa buena estrella se vio complementada por el brillante liderazgo de los presidentes Fernando Henrique Cardoso (1995-2003) y Luiz Inacio Lula da Silva (2003-10) que consolidaron reformas que México no ha conseguido, pero también tejieron una narrativa muy positiva alrededor de su país.

Para empezar, la tasa de crecimiento económico de la última década ha sido de 3.3% anual, que no siendo nada despreciable, dista mucho de ser espectacular. Si bien el año pasado su expansión fue de un envidiable 7.5%, el banco central de Brasil está ya metiendo el freno, temeroso de la aguda presión inflacionaria.

Las condiciones macroeconómicas de Brasil están lejos de ser estables pues el gobierno tiene un abultado déficit que se verá forzado a corregir, y la inflación de 6% el año pasado es preocupante, pues se dio a pesar de la fortaleza del tipo de cambio del real, efectivo remedio antiinflacionario.

La narrativa del éxito de Brasil pasa por la genial invención del economista Jim O’Neill de Goldman Sachs que en una tarde de poco quehacer y viendo un colorido mapa mundi frente a sí, concibió inventar una nueva agrupación de países, los BRIC –acrónimo deformación del término ladrillo en inglés- con la simple agrupación de los más grandes y poblados: Brasil, Rusia, India y China.

A pesar que esas naciones no tienen nada más en común que ser grandotas, Brasil pasó a las filas de país emergente exitoso por contagio con los otros tres que han tenido un acelerado crecimiento, aunque en el caso de Rusia éste sólo se sustente en el alto precio del petróleo, su única exportación importante.

Su afortunado acceso a los BRICs se vio complementado por un persistente discurso reiterativo de los éxitos brasileños, pues si comparamos sus números en materia de pobreza, distribución de la riqueza, interferencia burocrática en la economía y violencia mortal, todos son bastante peores a los de México.

La narrativa triunfante me recuerda la vieja anécdota del beduino, que después de deshacerse en elogios sobre las virtudes de su camello, logra vendérselo muy caro a otro beduino, que al encontrárselo días después le reclama que ninguna de las dotes del camello resultaron ciertas, a lo que el primer beduino le responde “baisano, no hable mal de su camello porque así no lo venderá.”

¿Por qué el cuento positivo funcionó para Brasil y no para México? Ya veremos.

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