Nostalgia del porvenir
Sep 6, 2011
Fernando Amerlinck

Se acabó la fiesta o ¡viva el yin!

Según las leyes naturales (ésas que no operan en la keyneconomía) todo borracho sabe que al deleite etílico sigue la cruda. Toda juerga se acaba. Cualquier comensal, tras comer y beber, pide la cuenta. ¡Ah, pero cómo la aliviana la tarjeta!

Dedicado a Joan Manuel Serrat (él sí, poeta)

La crisis global exige saldar las cuentas del dinero fácil, el crédito inflado, el consumo inútil, la orgía de extracción y daño al planeta. Hay que lavar los platos. Se acabó la fiesta.

“Vamos subiendo la cuesta, que arriba mi calle se vistió de fiesta. Hoy el noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha. Juntos los encuentra el sol a la sombra de un farol, empapados en alcohol, magreando a una muchacha.”

Los científicos saben que no hay efecto sin que algo lo cause. Los físicos citan a Newton: ante toda acción hay una reacción opuesta en sentido contrario e igual intensidad. Los orientales guardan la ley del karma: defectos y virtudes tendrán su recompensa, en esta vida o en una futura reencarnación. La filosofía taoísta habla del ciclo del yin y el yang, opuestos que se suceden y necesitan mutuamente.

Las amas de casa y los verdaderos empresarios conocen una ley científica: there’s no free lunch. Lo creen y atestiguan y comprueban los físicos, los filósofos y los expertos en realidades pero no los economistas —casi todos keynesianos— pues han aprendido cosas muy raras: el progreso puede ser permanente, e infinita la prosperidad; el crecimiento no debe cesar; el dinero puede inventarse y debe ser elástico; lo que sube puede no bajar nunca; conviene tener cuentas deficitarias porque aceleran el progreso y la velocidad de circulación del dinero; y hay que dominar los vaivenes locos del mercado con la mano razonable y justa del Estado. “Seamos realistas: exijamos lo imposible” escribían en París los estudiantes en mayo de 1968. A los economistas corresponde procurar eso y lo que entonces se decretó: el estado de felicidad permanente.

O de borrachera permanente. Pero según las leyes naturales (ésas que no operan en la keyneconomía) todo borracho sabe que al deleite etílico sigue la cruda. Toda juerga se acaba. Cualquier comensal, tras comer y beber, pide la cuenta. ¡Ah, pero cómo la aliviana la tarjeta!

Invento genial el crédito, presente en la canción de Rubén de Pénjamo Méndez: “Doña Mercé, me está fallando la lana… ¡Sírvame otro farolazo! …ái le pagaré mañana”. A Pedro Infante le podrían fiar pero ese crédito era manejable aún: no había tarjetas. En su época apenas estaban inventando el plástico.

La fiesta del crédito tiene mucho que ver con los borrachos de cantina, las crudas o resacas, y las invenciones financieras. Bien la expresa un genuino poeta, cantor además. Mi coetáneo Joan Manuel Serrat evoca en “La Fiesta” lo que ocurre al mundo cuando lo llaman a cuentas:

“Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. Se despertó el bien y el mal; la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal y el avaro a las divisas.”

Vivir de prestado es vivir del cuento. Ya no; en la nueva época mengua el reinado de los bancos, el crédito loco y los negocios financieros. Y la moneda fiduciaria. Por eso suben oro y plata: porque baja el papel. Al dólar y el euro los llama a cuentas una vieja fea, áspera y severa. Algunos la llaman Doña Realidad.

Quien quiere vivir sobre sus posibilidades deberá pagar la cuenta. Si lleno la tina con un chorrito más angosto que el tapón del desagüe y pido prestado para seguir llenándola, el agua acabará yéndose al tubo. Y al drenaje se fuga también ese reino de mentiras. Viene el fin del mundo como lo conocemos. The end of the world as we know it (Teotwawki).

“Se acabó; el sol nos dice que llegó el final. Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual… Vamos bajando la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la fiesta.”

Gustaban a Sir John Maynard Keynes (1883-1946) las recetas económicas de corto plazo, pero hoy se salen de madre y están haciendo agua y pasando aceite por todos lados. Lo dijo: “en el largo plazo todos estaremos muertos”.

No es para tanto; propongo otro enfoque. No es el fin sino un nuevo comienzo. Vivimos un tiempo privilegiado: atestiguamos un cambio de época, una de las grandes divisiones de la historia. Para seguir con los chinos y su célebre maldición, vivimos tiempos interesantes: nace una época yin, luego de la ilimitada aceleración estilo yang.

Un estilo yin evoca un ánimo de paz, cercanía con la tierra y la verdad, serenidad, valores permanentes. Evoca paz y estabilidad, menor velocidad, más sensatez y ahorro, modestia, humildad, espiritualidad. El actual colapso es del ego, la arrogancia, la soberbia, y sus infinitas consecuencias. ¿Qué no más bien habría que celebrarlo?

Bajo auspicios acuarianos, soplan vientos milenarios que a todo reverdecen. Se habla del estilo yin como más acorde con lo femenino. A lo mejor por eso me gusta tanto.



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El punto sobre la i

Una tendencia lamentable en el desarrollo de la ciencia económica en las últimas décadas ha sido el considerar al Estado y no al emprendedor como el actor principal del proceso económico.

Rafael Ramírez de Alba
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