Pesos y contrapesos
Sep 22, 2011
Arturo Damm

Por último, y para no dejar (II)

El primer error, que puede ser la ocasión de muchos otros, es considerar que algún satisfactor, el que sea, no debe ser tratado como mercancía, sino como algo más, en función, por ejemplo, de su función social, cualquier cosa que ello signifique.

Si el precio único para los libros, y con este argumento lo justifican quienes lo defienden, beneficia a los compradores de libros, ¿por qué no imponer, en beneficio de todos los consumidores, de todos los bienes y servicios, ofrecidos en todos los mercados, de todo el país, el precio único? Espero respuesta de los legisladores que redactaron y promulgaron la Ley de Promoción de la Lectura y el Libro, por cuyo artículo 22, multicitado en los últimos Pesos y Contrapesos, se impone, para el libro, ¡en beneficio de sus compradores!, el precio único.

Una posible respuesta a mi pregunta es: porque al libro no se le puede tratar como a cualquier otra mercancía (“es necesario - dijo en su alegato a favor del precio único la ministra Olga Sánchez Cordero[1] - considerar que el libro no es una mercancía como las otras, el libro es un bien cultural que merece la protección del Estado, debido a su función social más que mercantil”), y ese trato especial que merece el libro supone, de entrada, una ley particular, que ya existe: Ley de Promoción de la Lectura y el Libro y, de salida, un precio único, que ya se ha impuesto.

Vamos por partes. Me queda clara la diferencia entre un jitomate y un libro, en cuanto jitomate el primero y libro el segundo, pero si considero al libro y al jitomate como mercancías, es decir, como satisfactores producidos para ofrecerse a los consumidores, la diferencia desaparece, por más que una acción sea comerse un jitomate y otra leer un libro. Pero, y en este punto hay que insistir, en cuanto satisfactores producidos para ofrecerse a los consumidores, es decir, en cuanto mercancías, no hay, entre el libro y el jitomate, ninguna diferencia y, por ello, no hay ninguna razón que justifique un trato especial, en este caso por medio del precio único, para una de ellas, que en esta ocasión resultó ser el libro.

Además, como autor que soy de trece libros, y de otros dos que ya están en camino, lo que quiero es que los mismos se comporten en el mercado como mercancías, porque solamente así cumplirán lo que la ministra Sánchez Cordero llama función social: si no se leen no cumple su función social; si no se compran no se leen; y si no se les ofrece como mercancía (término que no tiene nada de peyorativo, ¡al contrario!), no se compran.

El primer error, que puede ser la ocasión de muchos otros, es considerar que algún satisfactor, el que sea, no debe ser tratado como mercancía, sino como algo más (preguntado sea de paso: ¿cómo que?), en función, por ejemplo, de su función social, cualquier cosa que ello signifique. Y si a esas vamos, ¿no será que en un país como el nuestro los jitomates desempeñan una función social más relevante que los libros? Si es así, propongo la promulgación de la Ley para la Promoción del Consumo de Jitomate y el Jitomate, incluido, obviamente, el precio único.


[1] A quien recuerdo con afecto, ya que fue mi maestra de Derecho Positivo Mexicano en la preparatoria.


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Una tendencia lamentable en el desarrollo de la ciencia económica en las últimas décadas ha sido el considerar al Estado y no al emprendedor como el actor principal del proceso económico.

Rafael Ramírez de Alba
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