Ideas al vuelo
Mar 10, 2006
Ricardo Medina

Elecciones 2006: Un estudio de casos (III)

Al igual que en los mercados de bienes y servicios, en el mercado electoral habrá oferentes cuyo éxito esté basado en una promesa emocional detrás de su “producto” (propuesta) y que eviten competir en el terreno de la información racional frente a los “productos” de sus adversarios.

Los economistas saben que el mercado perfecto de los modelos teóricos requiere entre otras cosas, para funcionar como tal, que todos los participantes tengan toda la información oportunamente. Lo mismo sucede en el terreno electoral: La hipótesis del elector “racional” en una democracia nos arrojará elecciones óptimas si y sólo si todos los electores tienen toda la información pertinente.

 

Entiéndase por información pertinente no sólo un conocimiento de las opciones (partidos y/o candidatos) y sus programas, sino acerca de los medios propuestos para lograr los resultados ofrecidos, incluidos desde luego los costos previsibles asociados al beneficio prometido, así como la factibilidad tanto de medios como de fines.

 

Es obvio que no existe tal elector absolutamente informado y que el llamado “elector medio” está lejos de poseer lo que aquí hemos llamado información pertinente para una elección de perfecta “racionalidad”.

 

Esto, en el modelo de Downs que he seguido en estos artículos, NO significa que el votante sea irracional, sino que actúa “racionalmente” empatando la información (poca o mucha, buena o mala) de la que dispone con su deseo de mejorar o al menos mantener su flujo de rentas actual en el futuro con un gobierno determinado por el que decide votar.

 

Como muestra Downs con un simpático ejemplo, la “racionalidad” del votante puede ser o parecer “irracional” en términos políticos. Digamos que el señor Pérez prefiere al candidato A por encima de los candidatos B ó C, pero digamos también que a la esposa del señor Pérez le disgustaría profundamente que su esposo votase por A y entonces el señor Pérez vota por B (su segunda preferencia después de A) para evitarse un conflicto conyugal que, en su valoración de costos contra beneficios, sería mucho más costoso que el hecho de que no ganase A. El comportamiento del señor Pérez es perfectamente “racional” –ha maximizado sus beneficios o minimizado sus pérdidas- pero resulta “irracional” para el observador externo.

 

Pero esto sólo ejemplifica las limitaciones del modelo; es preciso volver al asunto de la información como materia prima de la decisión electoral –incluida la opción de abstenerse, que también es “racional” cuando se da- y cómo los candidatos, al igual que los oferentes en cualquier otro mercado, tenderán a manipular la información en su beneficio.

 

Ejemplo: Muchas de las promesas electorales que escuchamos de los aspirantes al Poder Ejecutivo federal –digamos, las referentes a impuestos– requerirían para su realización del concurso del futuro Poder Legislativo, también federal, sin embargo se nos presentan como factibles con el solo hecho de que el candidato Fulano o Mengano (el vendedor) llegue a la Presidencia.



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Una tendencia lamentable en el desarrollo de la ciencia económica en las últimas décadas ha sido el considerar al Estado y no al emprendedor como el actor principal del proceso económico.

Rafael Ramírez de Alba
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