LUNES, 12 DE DICIEMBRE DE 2011
Otra vez lo de la "desigualdad"

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“Desear que un país tenga un mínimo de desigualdad (ó peor aún, desear tener un país con igualdad absoluta) es castigar la creación y la innovación.”


De acuerdo a la OCDE, de 1985 a 2008 la desigualdad en el mundo ha aumentado y ello incluye a México. En primer lugar, desigualdad y pobreza no son lo mismo. El aumento reciente en el número de pobres se debió a la crisis mundial, iniciada en EU con el derrumbe de la burbuja inmobiliaria; la pobreza aumentó en todo el mundo. México ciertamente es un país con amplias desigualdades, no obstante, en la última década, gracias a que la inflación se ha reducido a un dígito, la brecha entre el decil de ingresos más alto y el decil de ingresos más bajo, ha disminuido. Por tanto, la desigualdad ha disminuido. 

Hay dos personas, Juan y Pedro. El primero sólo acabó el bachillerato y gana 100 pesos. El segundo tiene estudios universitarios y gana 1,000 pesos. Después de que ambos han podido acceder a programas computacionales que los hacen más productivos, el primero aumenta su ingreso a 200 y el segundo a 2,500. ¿Qué pasó? Para la OCDE (y toda la burocracia internacional como el Banco Mundial y el FMI) la explicación sería que aumentó la brecha en el ingreso de los que más tienen respecto de los que menos. La prescripción segura de los gobiernos populistas: gravar con 50 pesos el ingreso de Pedro para dárselo a Juan y así no aumente la disparidad de sueldos. Patrañas socialistas perversas.

La realidad es que la tecnología hizo que ambos fueran más productivos y por ende ganaran más. Es cierto, Pedro sacó el mejor provecho, pero eso no fue un acto injusto, sino resultado de que su mejor preparación hizo que utilizara más productivamente la herramienta que le proveyó el programa informático. Juan también ganó, pero es obvio que tendrá que prepararse más en el futuro si quiere progresar como Pedro. El mayor ingreso de Juan y Pedro (ya en conjunto) significará para la economía mayor consumo, y por ende futuras mayores inversiones y nuevos empleos (circulo virtuoso que arranca en la fase inversión-producción-empleo-consumo) y oportunidades para más personas (aún para las que apenas tienen la primaria). La receta de un gobierno "redistribuidor" de la riqueza sólo habría creado impuestos, que por un lado, no serían necesariamente pasados a Juan (lo que si sucediera, incentivaría a que éste ya no se preparará más y esperará su porción del productivo Pedro; este incentivo era el pan de todos los días en los regímenes socialistas, lo que los llevó a la mediocridad y al estancamiento), sino usados por la burocracia recaudadora para fines “productivos” como construir un muro fronterizo, subsidiar a Pancho, el productor de maíz, proteger a Juan y Pedro de la competencia de algún extranjero, ó en el peor de los casos, para librar una “guerra justa”. Al final, la historia podría acabar en fastidiar a Pedro con más y más impuestos, de tal modo que se viera obligado a salir de su país de origen.

Hace un tiempo escribí sobre desigualdad, pero parece que aún hay mucha gente que no le entiende al concepto. Con todo gusto repito mis renglones.

A menudo desigualdad y pobreza son conceptos económicos que se confunden, aún entre algunos economistas.

La pobreza es la restricción de elegir libremente bienes que provean bienestar mínimo (alimentos y vestido) y se debe a la carencia de un empleo productivo (debido a que la oferta de trabajo es mayor a la demanda y/o a la baja escolaridad) que permita generar un ingreso que haga que los individuos puedan alcanzar un consumo que vaya más allá del mínimo necesario para vivir (adquirir bienes como educación, salud y recreación).

La desigualdad, concepto que a menudo se confunde con la pobreza, es la brecha que hay entre el ingreso de los que más ganan respecto de los que menos. Para nada son lo mismo.

Contrario al pensamiento económico convencional, cuando un país es muy pobre, la desigualdad tiende a ser muy menor (casi todos igual de jodidos, ahí está el caso cubano). Dicha tendencia a la igualdad comienza a cambiar (y a crecer con ello la desigualdad), cuando una nación comienza a crecer vía mayor inversión productiva que se traduce en mayor producción, empleos, ingresos y consumo (jamás al revés).

La razón, sencilla: los individuos más capaces (y educados) comienzan a beneficiarse de las nuevas oportunidades y ello les permite generar un ingreso mayor respecto de los menos competitivos. Pero ojo, aquí empieza el mar de confusiones de los pobretólogos (en su mayoría sociólogos aprendices de economista ó economistas con inclinación ideológica marxista).

Para el padre del “socialismo científico,” Carlos Marx, el capitalismo es el sistema económico más poderoso para generar riqueza, pero que de acuerdo al propio Marx, en este proceso de creación de riqueza, el defecto del sistema capitalista es la desigualdad que trae aparejada, producto de la lucha de clases (los ricos -dueños de los medios de producción- se apropian de una parte de la riqueza generada por los trabajadores –plusvalía-) y en donde supuestamente la tendencia es que haya más trabajadores paupérrimos y ricos “gandallas” más ricos.

La evidencia de las profecías económicas marxistas se topó con la realidad. Marx y sus seguidores hicieron caso omiso (o al menos despreciaron) al papel que la tecnología jugaría para hacer más eficiente tanto al factor trabajo como al factor capital. Al final de cuentas, luego de un siglo de la teoría marxista, los países capitalistas registraban tasas de ingreso mucho mayor que la de los países socialistas en donde supuestamente, al eliminar la propiedad privada de los medios de producción, se acabaría la explotación capitalista y los trabajadores (“el hombre nuevo y libre”) gozarían de un bienestar sin precedente en la humanidad.

Al día de hoy, la mayoría de los pobretólogos, si bien no marxistas puros, comulgan con la idea de que si bien es incorrecto desparecer la propiedad privada sobre los medios de producción, es necesario establecer un agresivo control sobre la redistribución del ingreso, y ello parte de despojar de riqueza a los que más ganan para supuestamente beneficiar a los que menos tienen.

Este tipo de políticas que supuestamente reducen la desigualdad, llevaron a la creación durante varias décadas del llamado “estado de bienestar”, un estado enfermizo, en donde el crecimiento económico era mínimo (ó hasta negativo), los impuestos muy altos y prevalecía un estancamiento agudo en el crecimiento del ingreso per cápita. Los afectados en su mayoría, países desarrollados occidentales. Hoy con la crisis del euro, se está nuevamente reventando el estado de bienestar socialista (de la cuna a la tumba) y la pobreza aumentará.

Si los ricos son más ricos, y los pobres son menos pobres también, ¿qué tiene de malo esto? Acabar con los ricos -o joderlos con más altos impuestos- sólo termina perjudicando a los más, más pobres, que con menores tasas de inversión tendrán menos posibilidades de encontrar un empleo que les permita allegarse del bienestar necesario para reducir la pobreza.

Si los gobiernos quieren contribuir a la reducción de la pobreza, la salida no es la redistribución del ingreso -despojar a los ricos para dizque darle a los pobres- sino crear una atmósfera de protección sólida de los derechos de propiedad acompañada de bajos impuestos que atraiga cuantiosas inversiones productivas que generen oportunidades y empleos para los más pobres. No debe olvidarse, la manera de acabar con la pobreza es el crecimiento económico -no la redistribución del ingreso-, y ello sólo se da en el marco de respeto de los derechos privados de propiedad. 

Desear que un país tenga un mínimo de desigualdad (ó peor aún, desear tener un país con igualdad absoluta) es castigar la creación y la innovación. En el margen, los gobiernos pueden proveer (no producir u operar) educación básica competitiva y permitir la existencia de universidades (sin las mediocridades de la gratuidad y el pase automático) que compitan agresivamente por atraer a los mejores estudiantes, un esquema sin lugar a dudas en donde prevalece el mercado y no el estatismo universitario, como en México. Los tigres asiáticos son ejemplo de ello, al contar con un muy buen sistema educativo básico y un sistema universitario exigente, no gratuito -sólo se otorgan créditos a los que probadamente son pobres- en donde acceder a la universidad no es fácil y sólo está reservado para los mejores.

Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua -y los que se acumulen- son países que con su socialismo del siglo XXI, avanzarán hacia una mayor igualdad, pero, y esa es la trampa socialista, una igualdad en donde el bienestar de todos será peor (excepto por supuesto el de los altos y corruptos burócratas socialistas), una igualdad forzada en donde los mejores emigrarán, una igualdad en donde la libertad es suprimida, una igualdad en donde la innovación tecnológica prácticamente desaparece, una igualdad que, como dije al inicio, será la de los jodidos. Qué tristeza pero hacia allá va el socialismo bolivariano.

La salida es más desigualdad aparejada de mayores oportunidades para todos y menos igualdad forzada que mata la innovación y reduce el bienestar de todos por igual. Lo indeseable es mayor desigualdad causada por el privilegio que el gobierno otorga a unos cuantos como sucede en México. Ojalá lo entiendan los gobiernos y burócratas de todos los países.

• Pobreza y desigualdad

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