MARTES, 21 DE FEBRERO DE 2012
El Ekeko: Héroe del capitalismo precolombino

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Santos Mercado







“Esta es la historia de un hombre fascinante de la etapa prehispánica de América. Un hombre que demostró que se puede conseguir lo que quieras, hasta donde quieras, sin recurrir a la violencia, sin robar a nadie, sin abusar de nadie.”


Esta es la historia de un hombre fascinante de la etapa prehispánica de América. Vivía en el altiplano andino, que abarca parte de Bolivia, Perú, Chile y el norte de Argentina. Algunos dicen que era de la tribu inca, otros que era quechua o aimara. Lo cierto es que sobrevivió a esa época tan violenta donde unas tribus guerreaban con otras para despojarle de las mejores tierras, donde había mejor clima o animales silvestres. Grandes grupos de indígenas sucumbían por las conquistas de las tribus más fuertes y despiadadas.

El Ekeko, nombre de nuestro personaje, hacía lo mismo que todos los demás hombres; acudía al llamado de Tlatoani, quien era una especie de Rey, para masacrar y apoderarse de la riqueza ajena de otras tribus. En tiempos de paz, recogía frutos, cultivaba semillas y cazaba aves silvestres para alimentar a sus hijos.

Pero el Ekeko empezó a acariciar una nueva idea, un pensamiento revolucionario para su tiempo.

¿Por qué tendría que masacrar a sus prójimos para conseguir lo que otros tenían? ¿No habrá otra manera menos violenta?, pensaba el Ekeko.

Así estuvo madurando su idea nueva hasta que un buen día se atrevió a ponerla en práctica:

El Ekeko tenía dos guajolotas que le daban dos blanquillos cada mañana. Sin avisar a su mujer, los puso en una canastilla y se acercó a la choza del vecino que no tenía guajolotes. Convenció a su vecino para que alimentara a sus hijos con huevos de guajolote y a cambio le pidió algo de yuca que el vecino tenía en demasía. El Ekeko guardó la mitad de yuca y el sobrante le sirvió para visitar a otro vecino que tenía frijol. Nuevamente acordaron intercambiar yuca por frijol. El Ekeko tomó la mitad de frijol y el sobrante le sirvió para visitar a otro vecino que el Ekeko sabía que no tenía frijol, pero tenía haba. Así se pasaba todo el día el ekeko, visitando a sus vecinos para hacer intercambios libres y voluntarios pues a nadie forzaba. Quien no estaba interesado, lo dejaba para otra ocasión y seguían como buenos vecinos. Había descubierto el trueque.

Cuando el Ekeko regresaba a su casa iba lleno de costalitos llenos de diversos productos. A veces, su última operación era llegar con la familia que tenía guajolotes para ofrecerle algo a cambio de dos huevos.

Su mujer e hijos lo recibían con la mayor alegría, pero con la duda pues el Ekeko había salido con dos huevos de guajolota y regresaba con dos huevos de guajolota. ¿Cómo le hacía? ¿Qué hacía? ¿Acaso andará robando mi marido? Se preguntaba la esposa.

Viendo que esta práctica era bien aceptada ya que nadie se quejaba, nadie reprobaba lo que hacía el Ekeko, lo convirtió en su modo de vida.

El Ekeko llevaba más bienes mientras más gente visitaba. Llegó el momento en que su familia se saturó de productos pues no alcanzaban a consumir todo lo que llegaba. Pronto la gente se dio cuenta que en la casa del Ekeko podía conseguir bienes distintos a cambio de lo que les sobraba. La casa del Ekeko se convirtió en una tienda a base de trueque. La prosperidad era notoria, sus hijos bien alimentados, padres y abuelos satisfechos y hasta empezó a contratar el trabajo de sus vecinos a quienes les pagaba con bienes. Y todos contentos.

Naturalmente, se empezaron a notar las desigualdades. El ekeko tenía la mejor casa del pueblo, muy diferente a las chozas de sus vecinos. Surgieron las envidias. “No es justo que el Ekeko tenga tanto y nosotros tan poquito” decían algunos. Surgieron los líderes para azuzar a la gente. Dos veces la muchedumbre quemó la casa del Ekeko y varias veces le saquearon las bodegas. Pero el Ekeko, que ya había descubierto una forma efectiva de generar riqueza, no se desalentaba y pronto recuperaba todo y más.

La lección que el Ekeko estaba dando es que se puede conseguir lo que quieras, hasta donde quieras, sin recurrir a la violencia, sin robar a nadie, sin abusar de nadie. El método era el intercambio libre y voluntario, es decir, el comercio. Así nacía un nuevo sistema económico.

Sin estar del todo consciente, el Ekeko estaba descubriendo una de las instituciones más importantes de la humanidad y de la civilización: la propiedad privada. Significa reconocer que lo que tiene el vecino no es mío, y que si lo quiero, tengo que negociar con el poseedor, quien presumo es el propietario. Dicha negociación implica una relación de respeto y en caso de hacerse el intercambio, los dos agentes salen ganando.

Así, el Ekeko estaba dando nacimiento a una época civilizada donde la relación entre los hombres se daba mediante el respeto al otro, respeto a la propiedad privada y al intercambio libre y voluntario y, por supuesto, al esfuerzo de levantarse muy temprano y caminar muchos kilómetros antes de regresar a casa.

Por desgracia, la idea indígena del intercambio no maduró suficiente pues fue interrumpida por la llegada de los españoles. De haber seguido, los habitantes de América habrían descubierto que el mercado era la mejor solución a sus problemas, necesidades, gustos y caprichos.

Nadie puede prever el futuro y los indígenas de aquel entonces nunca se imaginaron que llegarían hombres de otras tierras y destruirían este gran avance cultural.

La vida del Ekeko se transformó en leyenda muy conocida en América del Sur y hoy se le ha colmado con mitos y santificaciones. Algunos quisieran llamarle “San Ekeko”, pero no es santo ni hay misterio. Su prosperidad se reduce a aprender a comerciar pues allí es donde se genera la riqueza. En muchos negocios de Perú se ve este personaje cargando sus costalitos y hasta rollos de dólares. La gente lo tiene como un buen amuleto para tener suerte en los negocios y muchos le llaman “El Señor de la Prosperidad”.

Hoy le rindo este pequeño tributo a EL EKEKO precolombino quien empezaba a descubrir la etapa más civilizada y próspera de la historia y que Carlos Marx la denominó CAPITALISMO para denostarla, pero no era otra cosa que respeto a la propiedad privada e intercambio libre y voluntario, es decir, mercado.

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