El Econoclasta
Mar 27, 2012
Isaac Katz

Los Intocables mexicanos

Actualmente los políticos en lo individual valen lo que un cacahuate en época de cosecha, es decir nada, por lo que para sobrevivir tienen que agruparse con otra gente de su propia calaña y entonces crean los “partidos políticos”.

Elliot Ness y su grupo de investigadores del FBI eran conocidos como “Los Intocables” debido a que mantuvieron su honestidad en el sentido de que en su lucha en contra del crimen organizado derivado de la muy estúpida prohibición para producir, comercializar y aun consumir alcohol no fueron corrompidos por las principales bandas de traficantes de bebidas embriagantes, particularmente la de Alphonsine Capone, quienes como cualquier grupo dedicado a la producción y distribución de un artículo ilegal requiere de la protección y complicidad de las autoridades; así, Al Capone tenía comprada a la policía de Chicago, a los jueces y a los políticos por lo que podía operar con impunidad (cualquier similitud con la actual realidad mexicana en relación a las drogas no es más que pura coincidencia). En México tenemos todo una variedad de intocables, adjetivo calificativo en este caso totalmente opuesto al de los intocables de Ness. Veamos algunos ejemplos.

En primer lugar están, por supuesto, los políticos quienes se sienten paridos por los dioses. Que nadie ose criticarlos porque, por tener la piel muy sensible y el cerebro prácticamente atrofiado por no haberlo usado más que para grillar, inmediatamente toman cualquier crítica a su labor como un ataque a su persona, más aun si además son funcionarios públicos, federales, estatales o municipales o, peor aún, legisladores. Ellos, que están por encima de cualquier común mortal, se consideran a sí mismos como los “salvadores de la patria”, siempre dispuestos a sacrificarse “por el bien de la nación”. Quien los critique merece ser descalificado y acallado. La vigente ley electoral prohíbe inclusive que se utilicen los medios electrónicos para criticar a los candidatos a algún puesto electoral y prohíbe las llamadas “campañas sucias”, no vaya a ser que se molesten. Son intocables.

Obviamente los políticos en lo individual valen lo que un cacahuate en época de cosecha, es decir nada, por lo que para sobrevivir tienen que agruparse con otra gente de su propia calaña y entonces crean los “partidos políticos”. Y así, agrupados en esa extraña categoría constitucional de “entidades de interés público” (como si al “respetable público”, como el que asiste a las funciones de lucha libre, realmente les interesasen los políticos y sus partidos), legislan para sí posiciones monopólicas (no a las candidaturas independientes) e inclusive legislan para que nadie los pueda criticar a través de la radio o la televisión (y al rato, ya embalados, también lo harán extensivo a la prensa escrita). ¡Cómo criticarlos si son inmaculados! Y así, los políticos y los partidos viven en el Olimpo, mejor conocido como el H. Congreso de la Unión, en donde pueden hacer y deshacer sin que prácticamente nadie ni nada los detenga, sin tener que rendirle cuentas a nadie. Ellos son intocables.

Otro grupo más de intocables son los líderes sindicales porque, por otra aberración constitucional, los sindicatos también son “entidades de interés público” (¿en qué carajos estaban pensando los legisladores del Constituyente Permanente, es decir los políticos cuando aprobaron tal barrabasada?). Y, por lo mismo, los líderes sindicales no tienen que rendirle cuentas ni a sus agremiados, a pesar de que viven lujosamente de sus cuotas sindicales (remember Napito).

Otros intocables son los monopolios privados. La Comisión Federal de Competencia poco puede hacer ya que prácticamente todas sus decisiones son impugnadas y en muchos casos perdidas ante el Poder Judicial Federal.

Y como los intocables deciden el destino del país pues, en lo inmediato, ya nos jodimos.



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Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

Miguel Ángel Boggiano
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