Nostalgia del porvenir
May 8, 2012
Fernando Amerlinck

¿Cuál “guerra sucia”?

El ciudadano libre no teme a la verdad. Divulgar la verdad obligará a los políticos a andarse con más cuidado; y deseablemente, atemorizarse ante una sociedad informada, que por ello estará más atenta a sus probables fechorías.

La famosa “guerra sucia” electoral rasga vestiduras muy blanqueaditas y lastima los castos oídos de quienes están rechinando de limpios por fuera aunque, por dentro, se llenen de inmundicia.

Suelen acusar de “guerra sucia” los mismos que critican la “guerra de Calderón”. Pero hablar de guerra no es trivial. Si Calderón cometió el error de usar como metáfora una guerra al lanzar una campaña implacable contra los criminales, hablar de guerra en una contienda electoral es aún peor: una desmesurada exageración, un despropósito, un disparate, o todo junto; pero sobre todo, una muestra palmaria de cuánto duele la verdad.

Respetemos las palabras. Lo de “guerra sucia” se acuñó en la Argentina de los dictadores militares, entre 1976 y 1983. Allí sí vale hablar de una guerra, si murieron entre 9,000 y 30,000 opositores a un régimen criminal que mandaba matarlos con fuerzas propias de su ejército y con cuerpos policíacos y armados controlados por los dictadores.

Acá, algunos comparan esos niveles de asesinato estatal con lo que se dicen los candidatos: criticas y reproches, contraargumentaciones y descalificaciones; o comparaciones entre lo hecho y lo prometido. Llaman a eso “¡guerra sucia!”. En serio, hasta ternura me da tal candidez. Yo creía que una contienda democrática era entre adultos.

¡Pobres candidatos exhibidos, cómo sufren sus ropajes desgarrados! Revelar hechos es atacar; evidenciar actos deficientes de gobierno es “guerra sucia”; contrastar hechos y promesas provocará una desunión nacional comparable al odio y encono que concitó un candidato perdedor en 2006.

Vaya amor por la verdad, vaya madurez mental. Vaya responsabilidad política y espíritu democrático. Vaya nivel de adultez y madurez. En esta democracia decir la verdad ocasiona… ¡que me miren feo! Caray.

¿Sería sucio mostrar que una candidata ha recibido a premiados con el Nobel de Economía, pero no se alía con Montiel, Moreira, Yarrington y el Gober Precioso? ¿Ni con Bejarano y Fernández Noroña?

Hasta el ángel exterminador llamado IFE, patriarca de la hipocresía, pretende que se lancen florecitas y guirnaldas los candidatos y no vayan a cometer el pecado de denigrarse, si les receta unas reglas rígidas que impiden o estorban severamente la esencia de la democracia: el debate. ¿Cómo calificarían tan blancas conciencias lo que se dijeron Hollande y Sarkozy, y cuáles fueron sus modales?

Se dice que la verdad incomoda pero no peca. ¿Pero cómo qué no peca? Con esto de la “guerra sucia”, criticar y revelar hechos es pecaminoso. Ocultar la verdad e impedir la palabra libre es la virtud hoy; será virtuoso lanzar proclamas hipócritas, empujar agendas ocultas y meter la basura bajo el tapete.

Quién sabe cuánto sirva como lección de responsabilidad y oferta política. Quién sabe qué tan útil sea para los electores el tener a candidatos cuyas bocas quedan aherrojadas bajo el limpio ropaje de la blancura antidenigratoria y no pueden decirse verdades porque el IFE no les dio tiempo suficiente al debatir, o porque decir la verdad sirve para recibir acusaciones de guerra sucia y quejarse, ¡ay, me atacas!

No, señores. Aunque algunos candidatos se exhiban bañados y bien peinaditos, modositos y amorosos, las luchas y pendencias (las electorales y las otras) no se ganan así. En la democracia del mundo real no se busca la salvación en el reino de los cielos, y en un ánimo de ética política y hasta de prudencia, no vale dar concesión a quien oculte la verdad. No es sucio decirla sobre alguien, adversario o no. Sí será sucia la conciencia manchada del mentiroso, el defraudador, el hipócrita, el gobernante que mira para el otro lado, el cómplice, o de plano el delincuente. Nada tiene de cochino mostrar al que se bate en la mugre.

¿Hay guerras limpias? Pero, ¿acaso alguien ha pedido al enemigo “mátame tú primero”? Ni siquiera don Quijote, al lanzarse contra los molinos de viento o los cabreros. Si toda guerra tiene algo de criminal y sucio, cuidado con hablar de ella en lo electoral. Peor si se hace para ensuciar al enemigo, llámese Felipe Calderón o llámese como se llame; y de pasada, pervertir nuestra incipiente, acotada, controlada, costosísima democracia.

El ciudadano libre no teme a la verdad. Teme a quienes usan la política y el poder para engrandecer la podredumbre y hacerla hábito de conducta y práctica de gobierno. La gente tiene que saber cuál es la historia y de qué son capaces los políticos de cualquier color, si pretenden gobernar. Divulgar la verdad los obligará a andarse con más cuidado; y deseablemente, atemorizarse ante una sociedad informada, que por ello estará más atenta a sus probables fechorías.

La democracia nada tiene de sucio, siempre y cuando no la bañe con su mugre el engaño y el ocultamiento de los hechos; siempre y cuando no se confunda la opinión con la verdad de los hechos; siempre y cuando al político que decide ser auténtico y plantear verdades no le tiemblen las corvas si lo mira feo el denunciado que se desgarra la ropa y lo acusa de “guerra sucia”.



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Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

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