Sólo para sus ojos
Mar 20, 2006
Juan Pablo Roiz

Un discurso para perdedores

El discurso para los perdedores es atrozmente simple: Basta con quitar a unos cuantos villanos, basta con poner en el poder a los buenos para que, por ensalmo, recuperemos el paraíso perdido.

Tengo para mí que Andrés M. López ha logrado “conectar” con gran eficacia con la parte más oscura del alma nacional, con ese reducto atávico del mexicano perpetuamente humillado que quiere tomar desquite –así sea simbólico, echando mentadas de madre o alcoholizándose hasta el embrutecimiento total- de lo mal que lo ha tratado la vida.

 

Nunca he leído o escuchado que el señor López, tan locuaz, hable de prosperidad, esfuerzo, trabajo, productividad o civilidad. En cambio sus discursos son prolíficos en gracejadas folclóricas –los camajanes, las chachalacas– dirigidas contra terribles villanos a los que el pueblo victimizado derrotará. El sábado pasado, sin ir más lejos, habló literalmente de “derrocar a la camarilla” que empobreció al país. El verbo “derrocar” no parece ser el más apropiado para describir una justa electoral y democrática, sino más bien para llamar a la insurrección contra el tirano, es el verbo que usó incontables veces Antonio López de Santa Ana para proclamarse salvador de la patria y ser aupado populacheramente al poder, es el verbo de la asonada militar o callejera del siglo XIX latinoamericano, siglo de caudillos y de vueltas y revueltas alrededor del poder.

 

Por supuesto no hay que escandalizarse, se trata –nos explicarán los amanuenses de López- de un recurso retórico apropiado para darle color, calor y sabor a la campaña electoral de este Cid campeador tabasqueño. De acuerdo. Tal vez hemos de resignarnos a que el folclor campirano de Vicente Fox sea reemplazado por una retórica vocinglera y chabacana de tintes incendiarios. La diferencia que más nos debiera preocupar –entre un discurso y el otro- no es la forma (detestable, por cierto), sino el contenido: Mientras que Fox hablaba y habla de triunfadores y de prosperidad, el señor López predica el ajuste de cuentas y el desquite contra los malvados, A poco que uno estudie la historia de la humanidad tal discurso no es el prólogo de épocas de progreso y de paz, sino el préambulo para  nuevos enconos, nuevas desazones y nuevos desencantos.

 

El discurso para los perdedores –a quienes se promete una especie de revancha mágica- es atrozmente simple: Basta con quitar a éstos cuantos villanos, basta con poner en el poder a los buenos para que, por ensalmo, recuperemos el paraíso perdido. Basta con quitarle la pensión a los expresidentes, con reducir a la mitad el salario de los altos funcionarios, con viajar en camioneta y no en helicóptero, para que surjan miles de millones de pesos –cuando menos, cien mil millones de entrada, tan sólo el primer año de gobierno- y entonces sí construir refinerías, hacer carreteras, establecer aeropuertos y darles techo, vestido, sustento y diversión a todos. Hasta la saciedad se ha dicho que las cuentas no cuadran en estos desplantes mágicos (Sólo un dato: La totalidad de los sueldos y prestaciones de todos los funcionarios del gobierno federal de director de área para arriba no llega a los ocho mil millones de pesos en un año). No importa. El señor del gran poder hará cuadrar las cuentas de una u otra forma. No importa. El señor del gran poder ya habló con el hombre más rico de México –el tercero más rico del mundo- y se pusieron de acuerdo en cómo sacar adelante el país. El resto de los mexicanos podemos esperar, pacientes y dichosos, que entre López y Slim nos fabriquen la felicidad y nos reconstruyan el paraíso perdido. Porque ése es el otro dato curioso. Pareciera, en el discurso de López, que hubo una edad de oro, dichosa, en la que México fue inmensamente rico y feliz. Lo que sucedió es que llegaron unos malos y nos hundieron en la pobreza. No hay claroscursos sino puro blanco y puro negro. No hay matices, no hay detalles (el diablo está en los detalles), no hay análisis. Es un acto de fe que tiene que mover montañas, ¿cómo “fregados” no han de moverse si todos queremos que las montañas se muevan?

 

Pasmoso también es el discurso en otras materias, como la educativa. No se trata de prepararnos para la competencia y para la productividad. No. Se trata de aumentar la cobertura –lo  dijo el señor López también el sábado pasado- para que los jóvenes no anden de ociosos. Olvídense, queridos perdedores, de universidades de excelencia o de apuestas por el capital intelectual –como en China o en la India-, habremos de tener todas las guarderías que sean necesarias para adolescentes y jóvenes. El único requisito para entrar a la guardería –bautizada graciosamente como preparatoria o universidad- será la edad, ni hablar de engorrosos y discriminadores de exámenes de conocimientos y aptitudes. Pase automático al paraíso perdido. Del mismo modo las pensiones dejarán de tener relación alguna con una vida previa de trabajo y esfuerzo. Son otros boletos gratis al paraíso por el solo hecho de necesitarlos. Cualquier género de meritocracia –especialmente la intelectual- es abominable para este discurso. No en vano los seguidores más fanatizados del inefable López proclaman como grandes lumbreras intelectuales a Guadalupe Loaeza o a Ricardo Rocha porque “el que no conoce a Dios dondequiera se anda hincando”.

 

No deja de ser una tragedia y una vergüenza que este discurso para perdedores parezca ser la llave para ganar unas elecciones. El país reducido a un gran programa de concurso en la televisión: “Entonces qué, mi cuate, ¿quieres catafixiar tu voto por una preciosa sala de terciopana color amarillo?”.



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