JUEVES, 27 DE SEPTIEMBRE DE 2012
“Estoy harto de la asesoría de México”

¿Usted considera un triunfo para México el acuerdo al que llegó con Estados Unidos para evitar la imposición de aranceles?
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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Manuel Suárez Mier







“¿No hubiera sido mejor para los arrogantes europeos aceptar el consejo de expertos mexicanos que el de Mefistófeles, en un nuevo Pacto Faustiano con consecuencias potenciales terribles?”


El Presidente del Consejo Europeo Herman Van Rumpoy declaró recientemente su hartazgo de la asesoría que le habían ofrecido las autoridades financieras mexicanas sobre cómo lidiar mejor con el problema de la deuda excesiva que aflige a muchos países que comparten el euro como su moneda común.

Lo dicho por Van Rumpoy, quien fue descrito por el Daily Telegraph de Inglaterra “como un inocuo, solícito don nadie,” representa el perfecto ejemplo de la arrogancia y torpeza de muchos dirigentes políticos europeos que sistemáticamente han venido reaccionando tarde y mal ante la grave crisis que amenaza a su moneda común.

El efímero ex-primer ministro de Bélgica, pequeño país en vías de liquidación donde se asienta la enorme burocracia de la Unión Europea, agregó a su poco diplomática declaración que le molestaban las “prédicas de México, que enfrenta una guerra civil (en su territorio),” afirmación que revela que la lógica no es su fuerte.

Desde el inicio de la crisis del euro cuando se reveló que Grecia había recurrido a lo que se conoce en finanzas como “contabilidad creativa” en sus cifras presupuestales y en sus niveles de deuda, y se dispararon las tasas de interés para dar servicio a sus pasivos, era obvio que los europeos requerían de buenos consejos.

Nuestros expertos tenían la experiencia de haber resuelto la crisis que enfrentó México en los años ochenta del siglo pasado: parálisis económica, deuda externa excesiva, suspensión de pagos y cuatro renegociaciones con nuestros acreedores hasta lograr superar el problema. Hoy nuestra situación financiera es envidiable.

La asesoría que desprecia el belga era precisamente lo que pudo haber evitado que la crisis de confianza, que no se resolvió para Grecia pero que ya se extendió a Irlanda, Portugal, España e Italia, se saliera de control y requiriera, entre otras cosas, que el Banco Central europeo (BCE) decidiera imprimir dinero sin límite alguno.

Lo que pudo haber sido un ejercicio relativamente sencillo de atender la situación de Grecia con celeridad y recursos suficientes desde el principio, y que hubiera impedido el contagio, se ha convertido en un problema mayúsculo que amenaza no sólo con acabar con la unión monetaria europea sino con su integración económica.

Si bien la laxa política monetaria anunciada por el ECB y respaldada por Alemania, que junto con un puñado de economías nórdicas serán quienes irremisiblemente paguen los platos rotos de esta debacle, ha comprado tiempo al revertir la tendencia alcista en las tasas de interés de los países en problemas, no es la solución definitiva.

Ello se debe a que la política anunciada de comprar deuda sin límite de los países integrantes de la zona del euro, está sujeta a una serie de condiciones que no toca definir al BCE sino a las autoridades políticas europeas y al Fondo Monetario Internacional (FMI).

Las condiciones que tradicionalmente impone el FMI en sus programas de ajuste estructural, forzarán a los países que pidan el apoyo del BCE a apretarse el cinturón y cortar el gasto público, a pesar de que sus economías están en caída libre y que el empobrecimiento de sus habitantes le resta legitimidad a sus gobiernos.

Cuando los países en problemas previsiblemente no cumplan a cabalidad con las condiciones que están aún por definirse –como todo en esta crisis, a los europeos no parece correrles prisa-, el BCE dejaría de comprar sus bonos soberanos, con lo que su mercado sufriría una implosión y los países se verían forzados a suspender pagos.

El otro peligro latente en la política monetaria expansiva del BCE –y también del Sistema de la Reserva Federal de EU que acaba de anunciar su tercera ronda de expansión monetaria- es el de la inflación, como lo señaló Jens Weidmann, gobernador del banco central alemán y miembros del consejo del BCE.

Weidmann citó al gran poeta y dramaturgo Goethe en una escena de su tragedia genial Fausto, “cuando el diablo Mefistófeles… convence al Emperador de imprimir grandes cantidades de papel moneda,” lo que inicialmente lo ayuda a salir de sus deudas y produce entre sus súbditos bienestar, que resulta efímero al pronto ser remplazado por inflación acelerada y depreciación de la moneda.

¿No hubiera sido mejor para los arrogantes europeos aceptar el consejo de expertos mexicanos que el de Mefistófeles, en un nuevo Pacto Faustiano con consecuencias potenciales terribles?

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