JUEVES, 27 DE SEPTIEMBRE DE 2012
Demanda educativa distorsionada

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Santos Mercado







“¿Por qué tantos jóvenes desean ingresar a la UNAM? De alguna forma funciona la lógica de mercado, pero hay perversidades ocultas.”


Las filas eran enormes, miles de jóvenes solicitando ingresar a la UNAM. Podría pensarse que hay un gran entusiasmo por formarse como científicos, ingenieros, matemáticos, biólogos o empresarios. Si este fuera el caso, se estaría cometiendo un gran error al rechazar a más del 90%, estaríamos desperdiciando lo mejor del talento mexicano. Pero no, lo que sucede es que se ha creado una demanda artificial, hay un mercado distorsionado por políticas populistas.

Si la UNAM funcionara en la lógica del mercado, la enorme demanda sería la señal para elevar los precios de sus colegiaturas, hasta que la demanda se igualara con la oferta, es decir, con los lugares disponibles. Pero no responde a criterios de mercado sino a mandatos políticos y burocráticos; por eso se da el gusto de rechazar gente y de frustrar el futuro de los jóvenes. Producto de esa distorsión es que muchos que ingresan, abandonan al poco tiempo y muchos que realmente podrían hacer buenas carreras quedan con sus esperanzas truncadas.

¿Por qué tantos jóvenes desean ingresar a la UNAM? De alguna forma funciona la lógica de mercado, pero hay perversidades ocultas.

La UNAM ofrece educación a razón de veinte centavos por semestre. El precio es muy bajo y naturalmente la demanda es muy alta. El Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) ofrece educación por $15,000 mensuales y no llena sus salones. La UNAM debería subir su precio y el TEC bajarlo, así es el sistema de precios.

Si este fuera un fenómeno natural del mercado no hay nada de que preocuparse, los alumnos elijen la opción que más les conviene y todo sigue bien. Pero hay asuntos perversos en este tema.

¿Por qué la UNAM ofrece educación a razón de 20 centavos? Nada tendría de criticable si los profesores, funcionarios y trabajadores estuvieran trabajando como verdaderos apóstoles de la educación, sin cobrar sueldos ni salarios. Se comprendería que los 20 centavos se aplicarían para pintar los salones una vez al año, o algo así. Sería una universidad verdaderamente gratuita donde prácticamente los alumnos no pagan por estudiar ni los profesores por enseñar.

Sin embargo, hay funcionarios en la UNAM que ganan sueldos inconfesables, profesores de cien mil pesos mensuales y muchos trabajadores mal pagados pero todos cobran. ¿Es posible sostener eso con los veinte centavos que aporta cada alumno? Naturalmente no. ¿De dónde salen los 32 mil millones de pesos que gasta la UNAM cada año? Obviamente tampoco es por la venta de patentes, pues casi no producen investigación industrial; ni por la venta de servicios a las empresas, pues es una universidad antiempresarial que no está dispuesta a “engordar a los burgueses”. Resolvamos el misterio.

Resulta que los dirigentes, rectores, profesores y sindicalistas de la UNAM han logrado la perversa política de pegarse a la ubre del gobierno. Encontraron el cofre del erario para nunca más preocuparse por los dineros. Establecieron que, por ley, el gobierno les debe dar, a fondo perdido, todos los recursos “para educar, investigar y formar a los profesionistas que demanda el país”. De esta manera, ya no necesitan preocuparse por el mercado, por satisfacer al cliente, pues el dinero lo tienen asegurado. Se han blindado contra las demandas por mal servicio. ¿Quién se atrevería a demandarlos si los alumnos solo pagan 20 centavos?

Así es, simplemente los rectores se pasean por los pasillos del congreso para pedir más dinero y el gobierno les da, pues ya es Ley. De esta manera la UNAM no vive del mercado sino de los impuestos, no tiene clientes sino limosneros de educación que se deben conformar con lo que les da la UNAM “pues es mucho a cambio de 20 centavos”. Aquí está la distorsión.

No sería preocupante esta situación si ese dinero cayera del cielo, pero afecta a terceros, a los contribuyentes y especialmente a la gran masa de pobres de este país. Esos pobres, que nunca van a pisar las aulas de la universidad pública, son los más afectados y los menos favorecidos.

Hay quien piensa que los pobres no aportan. Pero se olvidan que también consumen, trabajan y son muchos (55% de la población). Y esos pobres también son afectados por los impuestos que el empresario paga. Éste ya no abrirá nuevos puestos de trabajo que podrían haber beneficiado a más trabajadores. Son fenómenos que no se ven, pero son.

Si la UNAM en lugar de recibir subsidios del gobierno cobrara y viviera del precio real que implica un estudiante, que es algo así como $11,400 se podría ver la demanda real de esta institución. Y si esa demanda real fuera de 121,400 alumnos estaríamos ante un fenómeno extraordinario que daría cuenta de que la UNAM es verdaderamente de excelencia.

Pero recibir $11,400 del gobierno para venderlo en 20 centavos es una política completamente inmoral, injusta y depravada. No es nuevo, recuerde los años de Luis Echeverría donde ordenaba a CONASUPO, una empresa del Estado, comprar leche en Holanda a 8 pesos el litro y venderla en dos pesos. Por supuesto, se podían ver largas filas (demanda) en las lecherías del gobierno, una demanda artificial donde llegaban las señoras en carros flamantes para comprar leche a precio subsidiado. Los daños colaterales de esa política populista fue mayor empobrecimiento para los pobres y la destrucción de la industria lechera. ¿Quién podía competir con precios tan bajos del gobierno?

Igual que los subsidios a la leche, al huevo y a la educación los efectos son perversos y destructivos para la economía. No se generan las señales correctas para que el mercado responda adecuadamente y satisfaga la demanda. Y ante esa incapacidad de satisfacer la demanda se establecen criterios burocráticos, de racionamiento o discriminación.

Si no se aplicaran subsidios a la educación y se dejara funcionar al mercado, no habría ningún rechazado. Ante una alta demanda los oferentes crearían nuevas universidades, tantas como se necesitaran. Y todos contentos.

Por lo tanto, para evitar las distorsiones en la demanda educativa se requiere:

1. Todos los recursos que el Estado destina a la educación media y superior se deben enviar a un banco para dar crédito al alumno que lo necesite. Crédito para pagar la colegiatura en la escuela o universidad que elija, y para cubrir todos los gastos que requiera hacer. El alumno gozaría de un plazo de 20 años para regresar el crédito. Con recursos en la mano, ningún alumno sería rechazado.

2. Las escuelas y universidades se deben vender, de preferencia a los profesores que allí laboran. Es para cambiar la mentalidad de los maestros y se conviertan en propietarios que arriesgan su patrimonio si no hacen funcionar bien a su escuela. Pueden comprar y pagar con las indemnizaciones que reciban por haber sido empleados del Estado.

3. El Estado debe separarse completamente de la educación. Quiere decir que no debe intervenir en los planes y programas de estudio, no debe influir para que haya más escuelas de ciencias o de cocina, pues eso lo debe decidir la oferta y demanda, es decir, el mercado.

Esperemos que México se decida a reconocer y corregir sus viejos errores a fin de construir un país mejor.

• Educación / Capital humano

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