Asuntos Políticos
Mar 27, 2006
Cristina Massa

El precio único de la cultura

¿Para qué estimular la oferta de un mercado en el que la demanda se reduce a unos pocos, y donde los pocos lectores que hay están dispuestos a comprar los libros que desean a pesar de que sean caros?

Con la colaboración de Orlando Otero

 

El pasado jueves 16 de marzo la Cámara de Senadores aprobó por unanimidad la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro y se espera su pronta aprobación por la Cámara de Diputados. Entre los asuntos regulados por esta ley resalta la fijación por parte de las editoriales e importadores de libros, de un precio único al cual deberán atenerse los comercializadores de libros. Supuestamente esto fomentará la aparición de pequeñas librerías a las que los consumidores podrán acudir tranquilamente, con la certidumbre de que el mismo libro tendrá el mismo precio en cualquier otro establecimiento.

 

La prensa especializada, y la que no lo es tanto, no se ha cansado de alabar esta medida, por percibirla como un esfuerzo serio para promover la cultura en México. Sin embargo, las repercusiones de la fijación de precios pueden ser perniciosas, sobre todo para los consumidores finales, punto que parece haberse perdido entre loas por el esfuerzo, sólo por serlo. No sólo eso: la presunción de que aparecerán de pronto librerías por doquier parece carente de fundamento. En este país las grandes librerías son un fenómeno relativamente reciente y exclusivo prácticamente al Distrito Federal, y no se ve a simple vista como explicación a la falta de lectura de los mexicanos la ausencia de librerías (con precios únicos o diferenciados). En cambio, sí tenemos motivos sobrados para sospechar que estos repentinos esfuerzos legislativos –como casi todos los esfuerzos legislativos— responden a los intereses de sólo algunos.

 

Veamos algunas cuestiones. La ley dota a las grandes editoriales de un poder oligopólico, al darles la opción de fijar un precio, de conformar cárteles de “cultura” (las comillas son porque los libros que más se venden, respecto a los cuales existiría el incentivo a fijar un precio atractivo para atraer a los consumidores, no son precisamente el epítome de la cultura). Las librerías entonces, en un segundo mercado, perderán la opción de reaccionar de cualquier manera frente a los movimientos propios de los modelos más básicos de oferta y demanda, pero esto parece ser secundario frente a la argumentación nacida de dogmatismos que emanan de análisis estadísticos que resultan todo menos convincentes. (Que la fijación de precios ha resultado “muy bien” en Europa, como esgrimen los legisladores, parece ignorar que en Europa se leía desde antes, que se pretendía atacar problemas de disparidades regionales, y que en muchos países de alto consumo de libros per cápita existen mercados de competencia, igual que existen países donde hay precios fijos y nadie compra libros.)

 

Blandiendo la bandera de mercados de competencia perfecta, se ponen trabas a un mercado de por sí flagelado por una demanda raquítica. Entonces para qué estimular la oferta de un mercado en el que la demanda se reduce a unos pocos, y cuya elasticidad precio es sumamente inelástica, es decir, los pocos lectores que hay están dispuestos a comprar los libros que desean a pesar de que sean caros.

 

Centrémonos un momento en el argumento de que la fijación de precios incrementará la oferta, al volver más competitivas a las pequeñas librerías que decidan a entrar un mercado dominado en la actualidad por unos pocos competidores. Si este argumento fuera completamente cierto entonces no nos enfrentaríamos a un escenario en que sólo el 6% de los municipios del país cuenta con librerías. ¿Qué pasa con aquellas localidades donde no existe competencia alguna? ¿Por qué se piensa que es un problema de competencia desleal en precios cuando no existen siquiera competidores en la mayoría de los escenarios geográficos de nuestro país? ¿De verdad el empresario que hoy tiene una paletería en una pequeña ciudad, va a quitarla para poner una librería sólo porque ahora no estará sujeto a la sucia guerra de precios de las grandes corporaciones del DF? ¿Qué no decidió poner en primer lugar una paletería porque supuso que sí hay demanda por paletas y no por libros? ¿Hoy no leemos porque los libros cuestan distinto en unas tiendas que en otras? ¿De dónde saldrán esos nuevos lectores ansiosos por comprar libros ahora sí, porque costarán lo mismo en todas partes? ¿Qué nos hace pensar que el precio único será más bajo que el actual?

 

Pensémoslo así: ¿por qué hay vendedores de discos piratas, de películas pornográficas, por todas partes, y de libros sólo unos pocos? Porque hasta los vendedores de piratería saben que en este país casi nadie lee, así se les ofrezcan las grandes (y pequeñas) obras de la literatura a unos pocos pesos y hasta en cualquier puesto de periódicos. Vamos, ni siquiera tenemos un mercado negro que se respete.

 

Por otra parte, la relación entre la capacidad de generar consensos y el tamaño de los grupos es negativa. Esto resulta en que las editoriales tienen mayor capacidad para formar coaliciones y funcionar como grupos de poder ejerciendo presiones para conseguir mayores ventajas. Al aumentar el número de librerías se incrementan los costos de coordinación, así como la dificultad para llegar a acuerdos y poder ejercer presión para obtener cualquier tipo de ventaja. Por el lado de los consumidores finales, se encuentran en un mercado en el que no tienen poder alguno.

 

Insistimos: México no es una nación caracterizada por tener un gran número de ávidos lectores. Para cambiar este comportamiento no basta con estimulaciones artificiales a la oferta de libros, se necesita generar el hambre por la lectura, la necesidad por las letras, el amor a la literatura. Es decir, se necesita de cambios esenciales en la educación que propicien desplazamientos de la demanda, no de la oferta. Si no es así, ¿por qué no dejamos en manos de los productores de cualquier tipo de bien la fijación de precios?

 

La nueva Ley de Fomento para la Lectura y los Libros toma como estandarte la promoción de una causa noble; la lectura es cultura y el mayor regalo que se le puede dar a una nación, pero dudamos que se esté promocionando con las herramientas adecuadas.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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