JUEVES, 24 DE ENERO DE 2013
De la lectura, la palabra a la mexicana y otras bagatelas

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“¿Leer? No me gusta. ¿Libros? Los de texto, muy si acaso. ¿Leer? ¡Qué flojera! ¿Y maestros que lean? ¡Por favor! ¿Y que enseñen a sus a alumnos a hacer lo que ellos no hacen? ¡No hay que ser!”


En todos los idiomas investigados por un experto que estudió eso (al menos 19 lenguas), se dice literalmente esta frase:

TE DOY MI PALABRA

No importa si quien lo dice sabe leer o escribir: tal frase se dice de viva voz, con toda la fuerza de un “yo” que empeña a un “tú” su más profunda voz, su esencia, y su dignidad. Afirma con la fuerza de su palabra que un hecho es verdadero, o sella con su palabra una promesa que cumplirá en un futuro.

La universal frase tiene variantes en que se califica a la palabra con algo de valor: palabra de honor. O en voz de Jorge Negrete palabra de macho que no hay otra tierra más linda y más brava, etcétera. Pero en la misma canción aparece la mexicanísima torcedura del porcino rabo: “yo soy mexicano, de naiden me fío”. ¿Por fin? ¿Pa qué la palabra de macho, si ese macho a naiden le cree?

Es que como México no hay dos. Aquí, tierra de la desconfianza, no suele significar mucho empeñar la propia palabra para dar valor a una afirmación o una promesa porque la palabra —como la vida— no vale nada.

Enrique Peña ganó la presidencia a base de promesas, pero las llamó “compromisos”. Ningún político puede librarse del oprobio si dice “prometo”. Aun a precio de vulnerar la lengua española, Peña Nieto y hasta el mismísimo rector de la UNAM dicen “estoy comprometiendo equis cosa” porque se oiría fatal que dijeran “estoy prometiendo equis cosa”. Qué barbaridad, degradación, ultraje a la palabra: el acto lingüístico más humano, más digno y constructor del futuro —la promesa— se ha pervertido tanto que no se puede decir; hacen falta subterfugios para prometer sin que alguien diga “no me vengas con promesas”.

Eso no es gratuito. Las raíces mexicanas se hunden en un pasado tan profundo que hay fundamento al de naiden me fío y a la virtud viciosa de la desconfianza. Nuestra historia es de traiciones y mentiras, explotación y latrocinio desde los grandes, desmesurados poderes: estatales, paraestatales, superestatales y/o delincuenciales. No es raro que el mexicano hable y viva a la defensiva.

Tampoco es raro que, si la palabra no vale nada, la gente no la lea. La Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura A.C. presentó hace unos días en el magnífico recinto cultural que es el Club de Industriales, un estudio que muestra cifras lastimosas. Vamos de la penumbra a la oscuridad (así se llamó la ponencia) con una educación devastada.

En cotejos internacionales estamos como para llorar sin consuelo. En una lista de 63, México está en el 48º; Shangai, Corea del Sur, Finlandia, Hong Kong y Singapur ocupan los primeros cinco. Entre los 34 países de la OCDE México es el peor en toda comparación entre índices de lectura y desarrollo humano, PIB, escolaridad, desigualdad sexual, homicidios, libertad de prensa, empleos vulnerables y hasta en la tasa de mortalidad materna. En todo índice ganan Surcorea y Finlandia.

México gasta un porcentaje mucho mayor de su producto que naciones con notoriamente mejores resultados educativos. En 2012 la educación pública tuvo un presupuesto del 27% del gasto programable y 6.8% del gasto neto total. ¿Pero de qué sirve gastar, si en 2011 al Programa Nacional de Lectura le dedicaron $26 millones, pero le dieron $1,700 millones a 22,353 comisionados sindicales que no educan a nadie? 65 veces más dinero a sindicalizados que no dan clases. Ha de faltarle dinero al sindicato. Pobrecillos.

Los resultados están a la vista. ¿Leer? No me gusta. ¿Libros? Los de texto, muy si acaso. ¿Leer? ¡Qué flojera! ¿Y maestros que lean? ¡Por favor! ¿Y que enseñen a sus a alumnos a hacer lo que ellos no hacen? ¡No hay que ser!

Peor aún: en lectura México avanza al estilo cangrejero o se estaciona cual estatua de sal o electrocardiograma de difunto. Los cambios entre 2000 y 2009 entre integrar e interpretar lo leído, reflexionar y evaluarlo, acceder y recuperarlo, son tan deleznables que las diferencias pueden ser errores estadísticos (y la investigación incluye la lectura digital). Difícil que haya resultados diferentes si según un estudio de Conaculta en 2006, cada mexicano lee en promedio 2.9 libros por año (me parece equivocado), pero 1/3 no lee ninguno; el 40% lee menos que hace años; 40% nunca ha entrado a una librería, no digamos a una biblioteca. ¿Y leer por gusto? Difícil, si 90% de los adultos dice leer menos que cuando tenía la edad escolar de 22 años, en que leía a fuerzas. En 2/3 de las bibliotecas caseras hay 30 libros o menos, casi siempre de texto; y hay casas donde ni siquiera una revista entra.

Sobre ese estudio dijo Gabriel Zaid (Letras Libres, nov. 2006): “Un aspecto interesante de la encuesta es que muestra claramente que el interés (o desinterés) de los padres en la lectura se reproduce en los hijos… Una encuesta centrada en el mundo escolar, seguramente mostraría que los maestros no leen, y que su falta de interés se reproduce en los alumnos, por lo cual multiplicar el gasto en escuelas y universidades sirvió para multiplicar a los graduados que no leen.”

Lo dicho: la educación está devastada, y no sólo la pública. Yo siempre estudié en escuelas privadas y aún sufro su pésima calidad; por algo me volví autodidacta, respeto profundamente la palabra escrita y leo de todo (pero sólo soy representativo de mí mismo).

En fin: el lenguaje tiene un valor supremo para la formación y la relevancia del ser humano; la lectura, literalmente, nos construye y constituye. El ser humano es palabra encarnada, palabra en un cuerpo, hecha historia y vida. Va mi palabra de por medio.

• Educación / Capital humano

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