JUEVES, 21 DE FEBRERO DE 2013
Pedro ¿Romano?, papable keynesiano

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El punto sobre la i
“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
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“Temo que si este cardenal tercermundista llegase a Papa, de veras sobrevendrá el fin del mundo.”


"En extrema persecución de la Santa Iglesia de Roma reinará Pedro Romano, quien apacentará a su rebaño entre muchas tribulaciones; tras lo cual, la ciudad de las siete colinas será destruida y el Tremendo Juez juzgará a su pueblo.”

Conocí esa “profecía” de san Malaquías (1094-1148) cuando era Papa el Pastor Angélico Pío XII (1876-1958). Me la creí; supuse que el mundo se acabaría apenas con 6 papas más, y dudé —mejor dicho, deseé— evitarme tal tribulación. Inimaginable para el niño que fui, estar hoy a punto de conocer a ese papa.

Hay un papable llamado Pedro: Peter Turkson (1948), de Ghana. Encontré un largo documento de 2011 en que, basándose en documentos papales desde Juan XXIII hasta el dimitente Benedicto XVI, propone un remedio a la actual, grave, crecientemente inminente debacle financiera:
http://www.zenit.org/en/articles/pontifical-council-for-justice-and-peace-on-the-global-economy

Refiere que a partir de los tempranos años 70 perdió el FMI un elemento sustancial para estabilizar las finanzas mundiales y la oferta de dinero. (Sin decirlo por nombre habla del abandono del patrón de cambio de oro en agosto de 1971, que dio vía libre a las impresoras de billetes verdes y al mayor fraude monetario de la historia.) “En las recientes décadas, fueron los bancos los que extendieron el crédito, que generó dinero, y que provocó una expansión adicional del crédito… el dinero y la inversión… con excesiva liquidez y burbujas especulativas”. Elemental diagnóstico. ¿Y quién es el culpable?

Avezado lector, adivinaste: ¡¡el neoliberalismo!! “…debemos de evitar el error —producto de un pensamiento neoliberal— de considerar que todos los problemas deben de atenderse exclusivamente de manera técnica… evadiendo una evaluación ética”. Las decisiones económicas que toma libremente una persona, aduce, pueden ser solamente económicas. Y pueden provenir de “egoísmo, codicia colectiva (?) y la acumulación de bienes en gran escala”. “Sólo un espíritu de concordia que surja sobre las divisiones y conflictos permitirá a la humanidad ser auténticamente una familia y concebir un mundo nuevo con la creación de una autoridad pública mundial al servicio del bien común.” Instintivamente revisé mi cartera al leer eso.

Y viene una crítica digna de la Cepal y de la ideología tercermundista latinoamericana: “Nadie puede en conciencia aceptar el desarrollo de unos países en detrimento de otros”. Suma cero: tú ganas, por tanto yo pierdo. Y los caballitos de batalla de las buenas conciencias enemigas de la libertad y su cultura económica standard: Hay que poner “la ética por encima de la economía” (yo no sabía que estuvieran peleadas, o que jugaran en distintos equipos), “abandonando toda forma de pequeño egoísmo y abrazando la lógica del bien común… (con) un claro sentido de pertenencia a la familia humana” etcétera etcétera etcétera.

Y nuevamente el riesgo de “la idolatría del mercado”. (¿Hay alguien que idolatre las conversaciones libres de intercambio? Cuando alguien deturpa así al “mercado” no sabe de qué habla; usa la metáfora de la idolatría para desprestigiar lo que no conoce.) Mas independientemente de insensateces indignas de una persona culta, repite lo esperable de un jerarca de una institución religiosa: buscar “una creciente interdependencia entre estados” (la cual por cierto ocurre con la acción libre en ese “idolatrado” mercado) con “la necesidad de respuestas que no sólo sean aisladas y sectoriales sistemáticas e integradas, ricas en solidaridad y subsidiariedad y enderezadas hacia el bien común”.

Suena bonito. Pero si eso no se logra bajo el cobijo de la ley con el intercambio libre de bienes que algunos idolatran, ¿con qué? ¿Con autoridades bien intencionadas, rectoras de la actividad ajena, garantes del bien común, libres de los prejuicios economicistas neoliberales, antiadoradoras del mercado?

Ah, pues sí: con una gran burocracia mundial. Su propuesta está “inspirada por los valores de la caridad y la verdad”, con “acuerdos libres y compartidos” (yo a eso  —que no idolatro— lo llamo mercado libre) “con un proceso de progresiva maduración de consciencias y libertades así como de crecientes responsabilidades”. Luego habla de “políticas financieras y monetarias que no dañen a los países débiles” y consigan “mercados libres y estables y una distribución justa de la riqueza mundial, que derive en formas inéditas de solidaridad fiscal global”. Hermosos objetivos. Con “estructuras que puedan garantizar, además de un sistema de gobernanza, un sistema de gobierno para la economía y la finanza internacional.” Seré curioso: ¿cómo?

No dice que regresando a una moneda dura —recuperar la liga con el oro, que luego de 1971 precipitó la expansión loca de dólares y crédito— sino con otra solución: fundar paulatinamente una gran autoridad mundial que promueva el bien común, la solidaridad financiera, la distribución mundial de la riqueza, la recapitalización de los bancos, etcétera etcétera etcétera. ¿Y cómo darle fuerza?

¡Adivina de nuevo, adivinador! ¡Con impuestos! Sobre las transacciones financieras internacionales; los redistribuirá esa magnánima, magnífica y munífica autoridad mundial. Como todo impuesto, servirán para la justicia social y el desarrollo global y la solidaridad internacional y la recapitalización de los bancos tronados y las necesidades de la humanidad. “Una autoridad al servicio del bien común.”

Ante tan bellos ideales e intenciones, al terminar el mamotreto me quedo temiendo que si este cardenal tercermundista llegase a Papa, de veras sobrevendrá el fin del mundo y no sólo mi entrañable Roma será destruida; el Tremendo Juez juzgará a su pueblo pero no por las bellísimas intenciones platónico-agustiniano-utópicas de la Iglesia sino por sus fríos, implacables, ineludibles resultados. Por la canijísima realidad.

Dicho lo cual, esperemos que el Espíritu Santo bata sus alas durante el próximo cónclave. Que en Pascua nos dé la bendición Urbi et Orbi un Papa —Pedro o no Pedro, romano o no— responsable y valiente, sensato e inteligente.


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