JUEVES, 21 DE MARZO DE 2013
Francisco I ¿Papa reformador?

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Ricardo Valenzuela







“Tenemos señales confusas respecto del nuevo Papa, pero cuando menos yo, estoy dispuesto a darle el beneficio de la duda.”


Habemus Papam, escuchó el mundo cuando Francisco I emergía al balcón para dar su primera bendición al gran rebaño de católicos. Si hay algún sector de ese rebaño que con ansias esperábamos ese momento, éramos los católicos liberales. Yo esperaba un Papa más joven, de mente más abierta, dispuesto a reformar la iglesia milenaria. Un Papa que rompiera con los esquemas que han identificado a la iglesia católica como enemiga de los mercados libres y del capitalismo, el único antídoto contra la pobreza que tanto les preocupa.

Hace 2000 años apareció sobre la faz de la tierra el primer libertario de la historia, Jesús de Nazaret. La tradición nos dice que Jesucristo vino al mundo para la redención del hombre. Lo que omiten decirnos es que su cruzada fue para liberar al hombre de las cadenas impuestas por Reyes, déspotas y tiranos. La Biblia es la referencia más clara de la moralidad de los gobiernos. El libro de Samuel relata cómo el pueblo de Israel acudió a Dios exigiéndole un Rey, y Dios le describe el escenario que tendría ese pueblo con un Monarca:

“Y el Señor le dice a Samuel; tu gente me ha rechazado y ya no reinaré sobre ellos. Les daré un Rey y él reclutará a sus hijos para hacerlos soldados de su caballería, otros montarán sus carruajes de guerra. Los hará Capitanes con autoridad sobre miles, pero para cuidar sus tierras, recoger sus cosechas y los hará instrumentos de guerra.”

“Tomará a tus hijas como sus sirvientas. Les arrebatará sus campos, sus viñedos, sus animales para dárselos a sus amigos y sirvientes. Tomará una tercera parte de sus cosechas para dárselo a sus oficiales. Reclutará a los jóvenes, dispondrá de sus animales, sus herramientas para que trabajen para él. Tomará una tercera parte de sus ovejas. Al final todos serán sus esclavos. Luego llegará el día en que llorarán ante la opresión, pero yo no los escucharé.”

Pero el pueblo de Israel ignoró el menaje y escogieron un Rey para que los juzgara, los representara, los protegiera y peleara sus batallas. Nacía así la autoridad tiránica de los Reyes. La advertencia del Señor se convirtió en dolorosa realidad por lo cual Jesucristo apareció sobre la faz de la tierra en medio de un mundo de opresión y esclavitud. Jesucristo fue el primer insurgente retando la autoridad de los tiranos.

Sin embargo, la iglesia fundada por Jesús, establecía una sociedad con los Monarcas que dominaría el mundo durante 16 siglos. Los conceptos de libertad por los que Jesucristo murió, fueron olvidados para establecer la tiranía de la iglesia, hasta que fuera cimbrada por la rebelión de Martín Lutero. El movimiento de Reforma aceptaba las ideas de libertad económica y política que florecerían en las mentes de hombres como Adam Smith y John Locke, afirmando los derechos naturales del hombre provienen de Dios, no del Rey. Estas ideas daban vida a dos eventos que cambiarían el destino de la humanidad: El nacimiento de los EU y la Revolución Industrial.

Pero España las rechazaría prohibiendo, inclusive, la lectura de “La Riqueza de las Naciones” bajo pena de muerte luego de comparecer ante la sagrada inquisición y, de esa forma, daba vida a un nuevo estilo de gobierno que plantaba en sus colonias; la sociedad cerrada. Una sociedad no en busca de utilidades, sino rentas, subsidios y privilegios de parte del gobierno. Siendo los regalos del gobierno más atractivos que el riesgo de las utilidades, la sociedad se organizó alrededor de los beneficios políticos y no la eficiencia económica. Ese ha sido nuestro esquema durante siglos y el cual trató de modificar Juan Pablo II, provocando el fiero contraataque del establishment.

¿Tenemos esperanza los católicos de América Latina? Tal vez; España, como la borriquita, da dos pasos pa delante y 24 para atrás. Tenemos ya el ejemplo de Chile. Pero durante siglos hemos esperado que la iglesia católica, la gran influencia en nuestro estado mental y cultural, abrazara esas ideas de libertad que tanto han beneficiado a los países desarrollados. Juan Pablo II fue el hombre que iniciara un gran movimiento de reforma pero, cuando los años lo cansaban, su obra fue detenida.

Ahora tenemos un Papa latinoamericano y tal vez podamos pensar en que la iglesia finalmente asuma su papel de moldeadora de las conciencias regionales, tan oxidadas y domesticadas que no reclaman su libertad más que por las vías equivocadas, como el Peje, Venezuela y el resto de mulas guaquilarianas espantadas.

Sin embargo, hace poco más de un año Alberto Benegas Lynch, gran pensador argentino, escribió un artículo en el cual describía la visión económica del entonces Arzobispo de Buenos Aires. Vale la pena destacar este revelador fragmento, donde se detectan en el pensamiento del nuevo Papa algunas populares confusiones en cuanto a conceptos de economía y derecho:

“La crisis económico-social y el consiguiente aumento de la pobreza tiene sus causas en políticas inspiradas en formas de neoliberalismo que consideran las ganancias y las leyes de mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad de las personas y de los pueblos. Reiteramos la convicción de que la pérdida del sentido de la justicia y la falta de respeto hacia los demás se han agudizado y nos han llevado a una situación de inequidad”.

Más adelante subrayó la importancia de la “justicia social”, la “igualdad de oportunidades”, el daño de las “transferencias de capitales al extranjero”, debe exigirse la “distribución de la riqueza”, señaló los perjuicios de las desigualdades patrimoniales y la necesidad de “evitar que el empleo de recursos financieros esté moldeado por la especulación”, todo en el contexto de que la “deuda social” —que a su juicio reviste carácter eminentemente “moral”— consiste en reformar “las estructuras económicas” en el sentido antes expresado.

El resto del artículo de Benegas Lynch despeja varias de estas confusiones. Él reconoce que “No hay duda de las buenas intenciones del Arzobispo y de su genuino interés por resolver el tema de la pobreza, lo cual es compartido por toda persona de bien. Desafortunadamente, lo que propone, lejos de mitigar el problema, lo agravan en grado sumo. En estas materias y en muchas otras, las intenciones más puras resultan irrelevantes, lo que importa son los resultados”.

Si Francisco I llega a entender que, como afirma Lorenzo Meyer, la mejor arma contra la pobreza es un buen sueldo y, sobre todo, que eso sólo lo pueden crear los empresarios libres en una economía desburocratizada, bajo el estado de derecho, tendremos un aliado.

Pero el nuevo Papa es jesuita y me viene a la mente la nefasta influencia jesuita en toda América Latina, en donde se les concede la autoría de gran parte de las guerrillas marxistas. Sin embargo, Francisco I ha sido gran crítico de la Teología de la Liberación, el marxismo religioso. Entonces, tenemos señales confusas pero cuando menos yo, estoy dispuesto a darle el beneficio de la duda.

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