LUNES, 12 DE AGOSTO DE 2013
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“Muchos ven a México como el país latinoamericano de mayor potencial económico cara al futuro, sobre todo por las reformas que se han realizado, y por las que están por venir, momento de preguntar si ello es suficiente para poder afirmar, con realismo, que México es la nueva promesa latinoamericana.”


Hace algunos años la joya de la corona latinoamericana era Brasil, uno de los cuatro países integrantes del BRIC, grupo de naciones compuesto por Brasil, Rusia, India y China y que, según Jim O’Neill, economista de Goldman Sachs, inventor del término, contaban (¿siguen contando, sobre todo Brasil?) con el potencial necesario para convertirse en las economías dominantes hacia el año 2050, momento de recordar que el único problema, con cualquier potencia, es que debe actualizarse, lo cual, cuando de potencias económicas se trata, no resulta fácil, lo cual no quiere decir que resulte imposible, y allí están todos los países que, pese a todos los obstáculos y lastres que los gobiernos imponen (socialismo, keynesianismo, mercantilismo, etc.), han alcanzado notables grados de progreso económico y mayor bienestar.

Hoy Brasil ya no es, o al menos ya no se le ve como, ¡comenzando por los mismos brasileños!, la joya de la corona latinoamericana, puesto que ha venido a ocupar México, al que muchos ven como el país latinoamericano de mayor potencial económico cara al futuro, sobre todo por las reformas que se han realizado, y por las que están por venir, momento de preguntar si ello es suficiente para poder afirmar, con realismo, que México es la nueva promesa latinoamericana.

En México acumulamos ya varias décadas con resultados económicos decepcionantes, en cuatro renglones básicos: crecimiento en la producción de bienes y servicios, generación de ingreso, creación de empleo productivo, e inflación, resultados decepcionantes que tienen, como una condición necesaria, más no suficiente, para su superación, las reformas estructurales, de las cuales, en el actual sexenio, ya se propusieron dos –laboral y telecomunicaciones–, y se propondrán otras dos –energética y fiscal– reformas laboral, de telecomunicaciones y energética que apuntan en la dirección correcta, reforma fiscal que, de proponer, como seguramente sucederá, más y/o mayores impuestos apuntará en la dirección errada.

Las reformas laboral, de telecomunicaciones y energética, si lo que pretenden es cambiar las reglas del juego para permitir mercados laborales más flexibles, mayor competencia en telecomunicaciones, y la posibilidad de que PEMEX se asocie con capital privado para explotar de mejor manera el petróleo, son condición necesaria para poder actualizar de manera más eficaz las potencialidades de la economía mexicana, pero no lo son suficientes. Cambiar las reglas del juego para que el juego resulte más atractivo y competido ayuda, pero una cosa son las reglas del juego y otra muy distinta la actitud de los jugadores frente a las mismas, sobre todo si estas les exigen más.

Además de distinguir entre las reglas del juego y la actitud de los jugadores, cara a la mejor actualización posible de las potencialidades de nuestra economía, hay que tener presente que si la reforma fiscal supone, como seguramente lo hará, más y/o mayores impuestos, lo positivo de las reformas laboral, de telecomunicaciones y energética, que apuntan en la dirección del laissez faire (dejar hacer), podría verse fuertemente contrarrestado por esa reforma violatoria, más de lo que ya se viola, del laissez avoir (dejar poseer).

• Reformas estructurales • Problemas económicos de México • Reforma laboral • América Latina

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