VIERNES, 3 DE ENERO DE 2014
Negociación de la deuda 1982-1989

¿Usted considera un triunfo para México el acuerdo al que llegó con Estados Unidos para evitar la imposición de aranceles?
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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Manuel Suárez Mier







“En toda esta historia, que está aún por escribirse del lado mexicano, hubo varios héroes y algunos villanos. Uno de los héroes fue mi amigo Norman Bailey encargado de temas económicos en el Consejo de Seguridad Nacional de EU en la presidencia de Ronald Reagan, quien aportó ideas que contribuyeron en forma importante en el diseño de los Bonos Brady.”


El Aquelarre Económico de hace ocho días generó numerosas reacciones y críticas de mis estimables lectores que me inducen a entrar en un poco más de detalle en mis recuerdos de la parte de la renegociación de la deuda externa de México en la que me tocó participar de una u otra forma.

 

Uno de mis comentaristas me señala con razón que no le puse el suficiente énfasis al papel central que jugó el secretario de Hacienda entre 1988 y 1994 Pedro Aspe en el proceso. Nada más ajeno a mi intención, pues Aspe fue el cerebro que concibió la propuesta que se presentó a los acreedores y la estrategia de la última negociación.

 

Como varios de mis lectores me recuerdan, la renegociación emprendida en 1989 era la cuarta desde que México se había declarado incapaz de continuar dando servicio a su deuda externa en 1982. De hecho, las pláticas con nuestros acreedores foráneos se volvieron un proceso casi continuo por más de seis años.

 

Si bien las negociaciones las realizaban nuestros funcionarios financieros con el Comité Asesor de Bancos Acreedores, presidido por el legendario Bill Rhodes –quien, por cierto, acaba de publicar un fascinante relato de sus experiencias como negociador-, quedó claro que era necesario mantener al tanto de esas pláticas a las autoridades financieras de EU así como a los organismos financieros multilaterales.

 

Ello era indispensable pues sabíamos que aun cuando se llegara a acuerdos con los banqueros, requeriríamos del apoyo de Estados Unidos y otros países desarrollados, del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial para conseguir los recursos que permitieran hacer el canje de la vieja deuda por los nuevos instrumentos que estábamos en proceso de diseñar.

 

Por el lado mexicano, le tocó dirigir las negociaciones a tres secretarios de Hacienda, empezando por Jesús Silva Herzog (1982-86), Gustavo Petricioli (1986-88) y culminando con el propio Aspe. Sus contrapartes en el Tesoro de EU fueron Donald Regan, Jim Baker y Nicholas Brady, que le dio su nombre a los bonos que resultaron ser la solución final del problema de la deuda en muchos países.

 

Como ha ocurrido también en el caso de la deuda de naciones con problemas en la zona del euro, nuestras negociaciones, que se iniciaron sólo concentrándose en el monto de reducción de los pasivos y el nivel futuro de la tasa de interés, fueron incorporando nuevos conceptos para dotar al eventual arreglo de mayor flexibilidad mediante distintas opciones de las principales variables, con el mismo valor presente.

 

En los más de seis años que duró el proceso hubo también múltiples amagos de rompimiento en las conversaciones y un espionaje continuo por parte del gobierno de EU, que ilustro con dos anécdotas.

 

En la tercera renegociación en 1986 estaban en Washington los secretarios de Hacienda, Petricioli y el subsecretario Programación y Presupuesto, Aspe. Se había llegado a un impasse y Petricioli, viejo zorro de gran colmillo, llama a Aspe camino al aeropuerto –empezaban ya los celulares- al hotel Watergate que no había habido arreglo, por lo que regresaba a México para que el Presidente Miguel de la Madrid ordenara la suspensión de pagos y la readopción de un control de cambios integral.

 

Minutos después de terminar esa llamada, recibió otra del Tesoro pidiéndole que regresara, que habían reconsiderado los términos, y que se fuera a las instalaciones del Fed, a la sazón dirigido por Paul Volcker. Al llegar a la sala de juntas del Fed, Petricioli, con expresión sombría y viendo de un lado al otro, dice “aquí no puede haber negociación, ¡no se puede fumar!” Volcker, que esperaba algo mucho peor, procedió a quitar los anuncios de no fumar, encendió un puro y ordenó ceniceros.

 

En otra ocasión, ya Aspe siendo secretario, lo fui a recoger al Watergate y al verme me dijo que traía un libro para mí, que lo acompañara a su cuarto para recogerlo. Al abrir su habitación vimos a dos individuos con overoles de operarios que estaban revisando sus papeles. Cuando Aspe les reclama, dicen con toda parsimonia que estaban allí para arreglar el televisor…, ¡ubicado en el otro extremo del cuarto!

 

En toda esta historia, que está aún por escribirse del lado mexicano, hubo varios héroes y algunos villanos. Uno de los héroes fue mi amigo Norman Bailey encargado de temas económicos en el Consejo de Seguridad Nacional de EU en la presidencia de Ronald Reagan, quien aportó ideas que contribuyeron en forma importante en el diseño de los Bonos Brady.

 

• México - Estados Unidos

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