VIERNES, 7 DE ABRIL DE 2006
La gran tentación populista

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““Sólo usted puede salvarnos” le susurra al oído uno de tantos aduladores, bien o mal intencionado, y si el adulado es suficientemente tonto –lo cual es frecuente- cae y se lo cree. Así se engendran los populistas: Con aduladores tontos, y vanidosos aún más tontos que se creen el cuento.”


En julio de 1784 George Washington recibió una carta de un admirador anónimo que encomiaba los grandes días del “espíritu del 76” en que, decía, florecían las virtudes públicas entre los patriotas que habían renunciado a todo interés privado para emprender la gran Revolución Americana de independencia. Hoy, continuaba el anónimo admirador de Washington, la Revolución ha caído en un precipicio de corrupciones, justo como en el Jardín del Edén después del pecado original. Los cambistas (especuladores, extorsionadores, leguleyos), se han apoderado del templo y se diría que sólo un segundo Mesías puede redimir la Revolución y hacerla recobrar su curso original. Por supuesto, para el admirador anónimo sólo había “en este momento crítico” una sola persona sobre la faz de la tierra capaz de tal hazaña de redención: George Washington.

 

Como señala el historiador Joseph J. Ellis (en His Excellency. George Washington” Vintage Books, New York, 2004) Washington no era, por fortuna, un hombre dado a dejarse cultivar por los halagos y nada más lejano al análisis de Washington, de la situación política de la naciente Confederación de Estados en 1784, que ese tipo de diagnósticos apocalípticos abonados con sermones morales y remedios milagrosos fundados en hombres providenciales. En realidad a Washington le preocupaba, más que los remedios moralistas y milagrosos, el hecho de que los nacientes Estados Unidos no podrían sobrevivir como nación si no empezaban, los estados confederados, a comportarse como miembros de una nación y no como socios remolones en una incierta aventura. En otras palabras: O los estados asumían su responsabilidad fiscal de aportar a la Unión, mediante impuestos federales, o el sueño de la Revolución Americana se hundiría en el fracaso.

 

Lo que me importa destacar aquí es el discurso mesiánico y moralista –con tonos apocalípticos- típico de la génesis de los populismos: “Todo se ha echado a perder, todo está podrido, y sólo un nuevo Mesías puede emprender la purificación de la vida nacional. Las instituciones y las leyes no importan, lo decisivo es encontrar al hombre providencial”.

 

Cuando un político tonto –y abundan- se traga la basura de esos discursos mesiánicos y se refocila en los halagos de otros tontos aduladores tenemos todos los ingredientes para engendrar a un populista.

 

Washington ni era tonto, ni era romántico. Era un personaje ambicioso y realista que no ocultaba sus ambiciones terrenales –nunca mejor dicho, ya que le encantaba poseer tierras- con pretextos altruistas o con discursos de moralina. Por desgracia, no todos los políticos son así.

 

¿Conoce usted algún político que corresponde al retrato del tonto que se cree providencial? Si es así, huya de él como de la peste.


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