VIERNES, 28 DE MARZO DE 2014
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“Estoy seguro que Videgaray y sus antecesores coinciden en que la prioridad nacional es transformar a la economía de compadrazgo que hoy sufrimos, superando la incapacidad institucional y legal que impiden una auténtica economía de mercado.”


El secretario de Hacienda Luis Videgaray concedió una entrevista a The Economist, que lleva el mismo título de esta columna, y que nos permite observar algunos aspectos del pensamiento del principal motor intelectual en la administración de Enrique Peña Nieto.

Mostrándole al reportero la abultada galería de retratos de los secretarios de Hacienda, señal indudable de la inestabilidad financiera que padeció nuestra economía por largos períodos, Videgaray hizo una revisión de dónde habían estudiado el postgrado sus antecesores recientes.

Según relata The Economist, el secretario “con una insinuación de rivalidad,” señaló que dos de sus más influyentes antecesores (Francisco Gil Díaz y Agustín Carstens, 2000-2009 entre ambos) habían obtenido sus doctorados en la Universidad de Chicago, a la que él no solicitó ingreso.

Acto seguido explicó que había ido a MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts por sus siglas en inglés) a estudiar su doctorado en economía “porque no creía que los mercados fueran perfectos…” Agregó que México tenía una economía de mercado que debiera trabajar mejor, función que le corresponde desempeñar al gobierno.

La escuela de pensamiento económico de Chicago postula, en efecto, que los mercados operan mejor que la economía centralmente planificada, lo que de ninguna manera implica minimizar el crucial papel que debe jugar el gobierno en asegurar que la ley se aplique por igual a todos, se respeten los derechos de propiedad, se garantice el acceso a los mercados, y se combata a los monopolios.

El gobierno es responsable de sentar las condiciones para que la economía de mercado marche bien, que es precisamente lo que Videgaray ha estado haciendo desde la elección de Peña Nieto, como su principal arquitecto para las reformas estructurales que se espera garantizarán el buen funcionamiento de los mercados.

Todavía no tenemos idea si estas reformas, una vez que hayan sido completadas y aplicadas, consigan transformar a nuestro país de la economía de compadrazgo que sigue siendo, en dónde la ley se aplica de manera selectiva, los derechos de propiedad fluctúan entre frágiles e inexistentes y los monopolios públicos y privados explotan a la sufrida ciudadanía de forma inmisericorde. ¡Ojalá funcionen!, pero hasta no ver…

Lo que Videgaray debería reconocer y agradecer a sus predecesores, empezando por Pedro Aspe (1988-94), su mentor y quién le recomendó ir a MIT dónde él realizó sus estudios, es la estabilidad macroeconómica que le legaron, producto de denodados esfuerzos por controlar el gasto público y limitar el endeudamiento.

Estamos muy lejos de los aciagos días del populismo de la Docena Trágica (1970-82) que dejaron una nación herida y vulnerada, en dónde el gasto público deficitario y el endeudamiento externo fueron ingredientes letales de la quiebra del gobierno, pero jamás debemos olvidar las lecciones tan costosas que aprendimos entonces.

Es por ello preocupante que Hacienda, que no gastó lo que tenía presupuestado el año pasado lo que ayudó al estancamiento de la economía, ahora proponga un gasto deficitario que bien medido es superior al 4% del PIB, y que está por verse si se gastará en rubros que efectivamente estimulen el crecimiento de la economía.

También alarma una reforma tributaria diseñada por los peores fiscalistas del país, los “expertos” del PRD, que Videgaray adoptó como propia, y que es la antítesis de la reforma tributaria que él mismo había ofrecido: equidad en la carga fiscal, eficacia al recaudar, ampliación de la base, reducción de las tasas, y simplicidad administrativa.

Peor aún es que se impulse un “estado benefactor” mediante la pensión universal y el seguro de desempleo cuando carecemos de los recursos necesarios, sobre todo considerando nuestro futuro demográfico con muchos viejos y pocos jóvenes, y de las instituciones que administren bien tales programas.

Ilustro la ineptitud institucional que sufrimos con mi experiencia reciente con el IMSS: Desde que empecé a cotizar al Seguro Social en el ya lejanísimo 1964, lo hice con mi nombre oficial, con interminables 51 caracteres, lo que nunca impidió que aceptaran mis cuotas.

Ahora que tengo la edad para empezar a recibir lo que deposité en el IMSS, resulta que el sistema es incapaz de procesar mi nombre para que me devuelvan mi dinero, lo que de paso impide que el INFONAVIT y mi Afore regresen mis contribuciones.

Estoy seguro que Videgaray y sus antecesores coinciden en que la prioridad nacional es transformar a la economía de compadrazgo que hoy sufrimos, superando la incapacidad institucional y legal que impiden una auténtica economía de mercado, al tiempo que se mantiene la estabilidad macroeconómica como condición fundamental.

• Reforma fiscal • Reformas estructurales • Problemas económicos de México

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