MIÉRCOLES, 19 DE ABRIL DE 2006
El regreso de los conservadores

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“¿Por qué el discurso de cierta izquierda dominante, en México y en el mundo, se ha vuelto tan conservador y retardatario?”


Los marxistas de antaño –que habían leído y entendido a Marx- tenían al menos dos ventajas sobre sus epígonos de la izquierda dominante hoy día: 1. Tenían una visión de futuro, para ellos la historia tenía un sentido progresivo y no regresivo, y 2. Su dialéctica y sus argumentos mostraban una sólida trabazón lógica desde el punto de vista formal, algo –la lógica y la capacidad dialéctica- que prácticamente parece haber desaparecido en el discurso dominante de la izquierda (o de lo que se nos vende cotidianamente como izquierda) que ha adoptado los peores modos y formas de la propaganda: Exclusión del contrario, apelación constante a las pasiones –como la envidia y el resentimiento- y a la emotividad, argumentos de autoridad (“Lo dijo tal figura venerada, luego es verdad”), descalificaciones “ad hominem” y demás.

 

Recuerdo el enojo de Adolfo Gilly, trotskista, cuando Octavio Paz le recordó que Marx escribió que el mejor destino para México –un pueblo atrasado y perezoso a juicio de Marx- era ser absorbido por los progresistas e industriosos Estados Unidos. (A veces, nada enfurece más a los catecúmenos que sus adversarios citen las “sagradas escrituras”). Hoy Marx, suponiendo cierta coherencia intelectual, saludaría jubiloso los avances de la globalización, como etapa previa –la extensión del capitalismo- al estallido de la revolución mundial. (Recuérdese que el Marx original, previo a la reinterpretación de Lenin, postulaba el socialismo universal; nunca, la anomalía del socialismo de un solo país).

 

Lo que más llama la atención, en los discursos que hoy se venden como de izquierda, es la profunda veta retardataria y conservadora: “Defendamos lo natural”, “no a los alimentos transgénicos”, “recuperemos los nacionalismos originarios, así sean aldeanos y supersticiosos”, “rescatemos las tradiciones”, “volvamos a lo autóctono”, “rechacemos el progreso científico”…

 

Nótese que en estos discursos de la nueva izquierda se presupone, contra toda evidencia histórica, que hubo un tiempo pasado en el que las cosas fueron mejores, casi paradisíacas, sin “tuyo” o “mío” como en el célebre discurso de la edad de oro que pronuncia el Quijote ante los cabreros. Es un discurso que debe más a Juan Jacobo Rosseau y su mito del buen salvaje, que a Marx y su mesianismo profético. Es populismo o, siguiendo la terminología de Hannah Arendt: “Populacherismo”.

 

Perdieron en el camino a Marx pero conservaron –nunca mejor empleado el verbo-, lo más abominable y violento de los métodos marxistas de agitación y propaganda. Veneran a Marx pero siguen el manual de Lenin y de Stalin.

 

¿Por qué?

 

¿La caída del Muro de Berlín y del imperio soviético?, ¿el fracaso estruendoso del modelo de Estado de Bienestar, sufragado con un creciente déficit fiscal, propugnado por los social-burócratas?

 

No lo sé. Pero de que volvieron los conservadores –esos que Guillermo Prieto motejaba de “cangrejos” por su vocación regresiva- volvieron vestidos de izquierdistas.


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