VIERNES, 24 DE JULIO DE 2015
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“La culminación de mi viaje por Europa de las últimas tres semanas me llevó a visitar el Castillo de Miramar, sitio histórico de enorme importancia para la historia de México.”


La culminación de mi viaje por Europa de las últimas tres semanas me llevó a visitar el Castillo de Miramar, sitio histórico de enorme importancia para la historia de México porque en siendo la residencia de Maximiliano de Habsburgo, fue donde la delegación de distinguidos conservadores mexicanos le ofrecieron el trono imperial de nuestro país, lo que habría de terminar en desastre.

Mi visita se inspiró, en parte, en los espléndidos escritos de mi amiga C.M. Mayo de su propia visita a Miramar, y de la historia por la que Maximiliano y Carlota deciden adoptar al nieto de Agustín de Iturbide, el consumador de nuestra independencia, como su sucesor imperial a un trono que pareció, desde el principio, un proyecto político, económico y militar sumamente frágil.

Mis lecturas sobre Maximiliano incluyen la excelente tesis doctoral de mi amigo Clark Crook-Castan sobre el movimiento conservador en México donde relata cómo un grupo conservador logró persuadir a Napoleón III de Francia, mediante la intercesión de su esposa, la española Eugenia de Montijo, que apoyara militarmente la reconquista de México en el siglo XIX.

El pretexto ostensible para la intervención francesa eran las deudas que sucesivos gobiernos mexicanos, crónicamente endrogados e incapaces de dar servicio a sus pasivos, debían a Francia, España y el Reino Unido, que hicieron conjuntamente lo que se solía hacer entonces para cobrar adeudos insolutos: mandar las flotas armadas para exigir los pagos correspondientes.

Cuando quedó claro que Francia tenía intenciones más allá de cobrar sus deudas, España y el Reino Unido se retiraron, y Napoleón III inició su aventura militar de tomar México con objeto de instalar a Maximiliano de Habsburgo, pero más importante aún, explotar sus legendarias riquezas y confrontar a los Estados Unidos como la potencia preponderante en América.

El razonamiento era que Maximiliano tenía la legitimidad que le otorgaba ser descendiente directo de la Casa de Habsburgo, que conquistó lo que hoy es México y lo gobernó por siglo y medio, y el apoyo militar y económico de los conservadores del país, aliados a la Iglesia Católica, que habían sido derrotados por los liberales después de décadas de conflictos irresolutos.

Las persuasivas gestiones de José Hidalgo y José María Gutiérrez de Estrada, a la cabeza de los conservadores en Europa, convencieron, primero a Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia, y eventualmente a su marido, Napoleón III, de apoyar militarmente el proyecto de instaurar a Maximiliano en la corona imperial de México, en condiciones que le permitirían a Francia no sólo cobrarse lo que se les debía sino también obtener pingües utilidades.

El proyecto imperial en México tenía fallas conceptuales básicas, pero la principal de ellas era Maximiliano, un diletante que no tenía idea ni interés en los asuntos de Estado, que nunca tuvo la menor curiosidad por cómo se gobierna una país, y en cuya magnífica biblioteca encontré más textos sobre aves y plantas exóticas que los tractos de Hobbes, Maquiavelo, Locke y Adam Smith.

A Max lo trajo a Mexico la facción conservadora, aliada a una iglesia Católica, despojada de sus propiedades y privilegios por las huestes liberales, con Benito Juárez a la cabeza. Pero en llegando a su nuevo Imperio, Maximiliano mostró el talante liberal que lo había puesto en conflicto con su hermano, el Emperador, y se negó a revertir la expropiación de los bienes del clero.

No contento con ello, el Emperador ofreció a Benito Juárez, el itinerante Presidente de México, que fuera el Primer Ministro de su nuevo gobierno imperial, con lo que alienó el apoyo que le quedaba entre los conservadores. Ello implicaba que cuando el ejército francés abandonara el territorio, como lo hizo, su apoyo doméstico se esfumaría y su destino fatal estaba decidido.

Mi visita al bello castillo de Miramar en Trieste en el espléndido mar Adriático, confirmó mi impresión que Maximiliano, siendo un hombre de buenos sentimientos, estaba más interesado en la carísima, magnífica e intrincada decoración de Miramar, que en gobernar a su nuevo Imperio, y que realmente creía que su nobleza de sangre y no sus aptitudes administrativas o políticas, eran el único requisito necesario y suficiente para establecer orden y civilizar al país.

En su descargo, en los escasos tres años que estuvo en México, a Maximiliano le debemos crear el gran Paseo de la Emperatriz –hoy, paradójicamente llamado Reforma-, una importante restauración del Palacio Nacional y el Castillo de Chapultepec. ¿Cómo se comparan esas obras con las de los gobernantes de los últimos casi 150 años en la Ciudad de México?


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