VIERNES, 9 DE SEPTIEMBRE DE 2016
Se fue el hombre del MIT

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“En su gestión como arquitecto de la política económica, Videgaray se empeñó en usar gasto público deficitario como instrumento para estimular el crecimiento y fracasó.”


En marzo de 2014 publiqué en un artículo sobre lo dicho “con un dejo de rivalidad” por Luis Videgaray de no creer “que los mercados fueran perfectos” por lo que fue a MIT y no a la Universidad de Chicago donde estudiaron sus antecesores Francisco Gil y Agustín Carstens, según el relato del Economist.

Siendo ambos departamentos de economía excelentes, existen diferencias pues en MIT predomina la enseñanza keynesiana que pone mayor énfasis en el gobierno como motor del desarrollo económico, mientras que en Chicago se cree en la libertad de los mercados como la vía idónea para alcanzarlo.

Me sorprendió que un hombre inteligente como Videgaray creyera la caricatura simplista que en Chicago, mi alma mater, se enseñan sólo dogmas. En su gestión como arquitecto de la política económica de Enrique Peña Nieto se empeñó en usar gasto público deficitario como instrumento para estimular el crecimiento y fracasó.

Cuando se hizo cargo de las finanzas en diciembre de 2012 la deuda pública como proporción del PIB era de 43% mientras que este año llegará a poco menos de 60%, un nivel que Carstens estimó “está en los límites de lo razonable,” al tiempo que las calificadoras de crédito variaron a pesimista su pronóstico sobre nuestra deuda.

A cambio de ello, en los cuatro primeros años del sexenio se logró un crecimiento promedio de apenas 2% debido a que el egreso ejercido se fue casi todo a gasto corriente y no a inversión. Ello se debió en parte al desplome en el precio y volumen de las exportaciones de petróleo y su negativo impacto en los ingresos públicos.

Videgaray tuvo un papel central en el diseño y aprobación de las reformas estructurales alcanzadas por este gobierno, un logro extraordinario, aunque su implementación no haya sido tan fácil como algunos creyeron. En la reforma educativa se empantanaron al defenestrar el liderazgo del SNTE y no atajar al magisterio disidente.

Con la reforma energética, que se ha ido efectuando impecablemente, el problema fue la mala suerte que coincidiera con la pronunciada caída en el precio del petróleo y la implosión de Pémex, a la que Videgaray contribuyó al estrangular sus finanzas hasta lograr la salida de Emilio Lozoya.

Su contra-reforma tributaria fue exactamente la opuesta de la que Peña Nieto había ofrecido en campaña y la diseñaron los peores fiscalistas del país para comprar el apoyo del PRD al Pacto por México. Con ello, consiguió alienar al sector privado y crear serios obstáculos a la inversión.

La soberbia del secretario de Hacienda y su obsesión por dominar el acceso y la agenda presidencial se ilustran con la anécdota de un secretario de estado que fue recibido por el Presidente y que al salir de su audiencia fue regañado por Videgaray por no haber consultado con él primero.

Nada de esto habría descarrilado la posición del poderoso ministro de finanzas. Fue su papel como promotor y ejecutor de la malhadada visita de Donald Trump a Los Pinos, lo que se ha juzgado por la mayoría de los mexicanos y de la comentocracia como una pifia imperdonable.

Surge de nuevo la pregunta, ¿qué llevó a un hombre inteligente a cometer tal error? Pienso que partió de la premisa equivocada: que se podía neutralizar la posición anti-mexicana de Trump invitándolo a México para que los mercados financieros no castiguen el buen crédito del país.

Lo que intentó fue comprar un seguro anti-Trump, como se hace regularmente con las coberturas petroleras. Lo que no entendió Videgaray, seguramente porque no leyó mis artículos sobre el tema, es que con un psicópata como Trump no hay cálculo racional que valga, como quedó demostrado después de su visita.

Ahora toca llevar al maltrecho buque de las finanzas públicas a buen puerto a Pepe Meade, que tiene el talento para ello, y la oportunidad de rehacer el apaleado equipo financiero con técnicos competentes, honestos y con habilidad política, a quienes él conoce bien.


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