MIÉRCOLES, 25 DE OCTUBRE DE 2017
Enrique Woolfolk RIP

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El punto sobre la i
“Por mucho que nos duela a los liberales, ninguna Constitución es garantía de la libertad.”
Carlos Rodríguez Braun


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“Platicábamos de política y sus afirmaciones eran siempre impregnadas de una inteligencia natural, anti estatistas, anti gobiernistas y en pro de la libertad del hombre.”


Como afirma la canción de José Alfredo; Lo conocí de chamacos, fuimos juntos a la escuela. Fuimos juntos a la escuela del Padre Javier en el viejo Hermosillo. Desde entonces mostraba sus tendencias liberales y su rebeldía ante la autoridad. Con una precocidad impresionante, desde la primaria rechazaba la autoridad de las escuelas, argumentando enseñaban puras pendejadas y lo obligaban a obedecer, porque si no lo hacía, lo amenazaban con el infierno.

Se me perdía unos años cuando él iniciaba una peregrinación por todas las escuelas de Hermosillo, en donde rompería record de expulsiones. Nos encontrábamos de nuevo en la secundaria del Colegio Regis. Mi amigo arribaba a esa institución cargando ya una reputación de peleonero, a quien la mayoría de los estudiantes le tenían pavor. Pasábamos tiempo juntos en los ranchos de mi abuelo en donde se forjara nuestra gran amistad, tal vez por eso le dedicaran el sobrenombre de Cheroplas. (Chero plus).

Pasaron los años y todo el grupo de amigos abandonábamos Hermosillo para iniciar nuestros estudios profesionales. Pero no el Cheroplas, quien continuaba su procesión por las escuelas de la ciudad, sin encontrar alguna que lo domara. Llegaba entonces la época, como dijera Alberto Cortés, de regresos a menudo al Hermosillo querido, y ahí siempre nos recibía el Cheroplas para iniciar la fiesta que duraba semanas. En ese proceso nacería nuestro deporte favorito; recorrer cantinas en busca de contrincantes con quién cambiar golpes. Y cuando no los encontrábamos, nos agarrábamos él y yo, solo por deporte y no caer en el aburrimiento.

Con orgullo recibíamos títulos del TEC de Monterrey  para iniciar una nueva vida. Yo celebraba otra importante fecha; el matrimonio. Casado me presentaba con Bancomer en la ciudad de México, mi lugar de trabajo, me asignaban a una importante oficina y rentaba un departamento amueblado. Aparecía entonces el Cheroplas quien, después de una de las peleas con su padre, se aventuraba a la gran ciudad en busca de su destino. No tenía a donde llegar ni dinero para rentar, pero utilizando su gran ingenio, en el mismo edificio en que yo vivía, nunca supe cómo, pero abrió uno de los departamentos vacantes y ahí se asiló gratis por un par de meses. El tipo que le daba mantenimiento al edificio, en varias ocasiones le preguntaba a mi mujer; Señora ¿Pues cuál de los dos es su marido?

Batalló durante algún tiempo trabajando en lo que podía. Con la ayuda de la Isela Vega, paisana sonorense, buscó, inclusive, dedicarse al canto puesto que portaba una potente voz de tenor, y se asomó al precipicio del ambiente artístico, pero no saltó. Los años pasaban y yo regresaba a Hermosillo para incorporarme al Banco Ganadero, y ya Enrique, finalmente se había colocado en la industria maquiladora de Nogales. Progresaba rápido en esa industria y finalmente, ya entrado en años, contraía matrimonio.

La vida le sonrió por algún tiempo, hasta que se contagiara con el virus de Colosio. Siendo su cuñado uno de los hombres más cercanos al candidato, abandonaba Nogales para ir a residir en Obregón. Había ya iniciado un buen negocio de comercialización de pinturas y, torciéndose el bigote con Colosio presidente, se jugaba un albur de los peligrosos, todo o nada, haciendo planes e inversiones para cubrir el país entero con su pintura. Pero la suerte lo abandonó al momento que el disparo a la cabeza del candidato, provocara una avalancha que también a él lo arrastró. Sus sueños naufragaban y con ellos sus activos y su futuro. Regresaba a Hermosillo herido, pero no derrotado. La suerte lo seguía evadiendo y, al verlo cargando su cruz, le propuse se estableciera en Tucson y le ofrecía asilo en mi casa.

Ahí se iniciaba una experiencia de vida en el cual realmente llegué a conocer al verdadero Enrique Woolfolk, mi amigo. No era el Cheroplas de nuestra juventud. Desde sus primeros días como mi huésped, emergía un hombre bestialmente enamorado de la libertad, inteligente, prudente, profundo, no el cheroplas escandaloso de otras épocas. Un hombre que siempre pensaba lo que iba a decir, y si consideraba no tenía algo inteligente que expresar, mostraba la virtud del silencio. Era tal mi sorpresa que una noche, después de una larga conversación, lo interrumpo para fusilarlo con un par de preguntas ¿Quién chingados eres? Y ¿Qué hiciste con mi amigo el cheroplas?

Desde su arribo a mi casa, ya no necesité el contratar alguien para que fuera a meter orden en mi desorden. El feroz cheroplas se levantaba de madrugada, y armado con la escoba y el plumero, dejaba la casa brillando de orden y de limpieza. Después emergía como un excelente Chef de alta cocina, y era tal mi asombro que, en plan de broma, un día le pregunto. Pinche gordoplas ¿Desde cuándo te volviste puto? El tranquilamente sonreía sin responder. Salía luego a la terraza, en donde permanecía durante horas sumido en sus pensamientos. Platicábamos de política y sus afirmaciones eran siempre impregnadas de una inteligencia natural, anti estatistas, anti gobiernistas y en pro de la libertad del hombre. Durante la revolución su abuelo había perdido un rancho ganadero, tal vez por ello odiaba al gobierno mexicano y a todos los partidos políticos.

Él siempre me afirmaba; “México nunca va a cambiar porque están podridas las raíces. A la gente le vale madre la libertad, lo que quieren es perderse en la manada y que “el amo” les siga tirando con el toji, o sumarse a la caponera del gobierno. Acuérdate antes, cuando los políticos aparecían en Arivechi o Sahuaripa, la gente salía más armada que cuando pegaban los apaches, pero esa gente se acabó”.

En su estancia en mi casa pude conocer su integridad nunca negociable, su honestidad a prueba de todo. Era compulsivamente organizado en sus cosas personales, llegando a la exageración de llevar una impecable contabilidad de sus gastos, compras, cuentas, que envidiarían los auditores. Pero más que otra cosa, era un leal e incondicional gran amigo, generoso con lo poco que tenía. A pesar que en sus últimos años había recibido malos tratos y desprecios de gentes que para él eran importantes, no guardaba resentimientos. Mucho fue lo que sufrió todos esos años, pero nunca se doblegó. Había ahora cambiado su residencia a su querido Nogales.

Hace un par de meses recibí una llamada para informarme había sufrido un derrame cerebral. Lo fui a ver, y no me pareció fuera tan grave, pensando se podría recuperar. Abandonaba el hospital para ir a una casa de recuperación, pero cuando lo visitaba, lo veía un triste, callado, perdido en sus pensamientos. Hace unos 10 días me avisaron que había caído en un profundo sueño, y solo despertaba a ratos. Regresaba al hospital y ahí se sumergía en un profundo coma. El sábado pasado me avisaron se agravaba, me fui al hospital. Ya estaba acompañando por Humberto Tapia y su esposa Lyla. Estaba ya agonizando. Lo tomó Humberto de una de sus manos y yo de la otra. Lyla le hablaba al oído pidiéndole no resistir su jornada final. Abrió los ojos por un par de segundos, el vernos lo tranquilizó, exhaló un fuerte suspiro y falleció.

El hombre bueno se había marchado.


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