MIÉRCOLES, 8 DE NOVIEMBRE DE 2017
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“Mi amigo, el Trompudo, un hombre que enganchó sus pensamientos a un propósito de vida, sin titubeos escogió transitar por el camino difícil, lo pudo recorrer y ha logrado ese propósito.”


Hace unas semanas falleció uno de mis mejores amigos y me doy cuenta que el evento me ha afectado de una forma no prevista. Me ha llevado a reflexionar para iniciar una evaluación de algo que tenemos, y muchas veces no le damos su verdadera importancia, la amistad. Escribí una pequeña historia de su vida como un homenaje al amigo que nos abandonaba y, para mi sorpresa, recibí infinidad de respuestas. Pero algunas que provenían del círculo de amigos que nos conocemos de toda la vida, extrañamente contenían, en diferentes formas, el mismo mensaje que más o menos rezaba: “Hasta que emerge de nuevo el verdadero amigo que conocemos, no el vaquero salvaje que con tanto éxito has actuado durante años. El amigo que conocimos dese que éramos niños”. Pasando luego a enumerar una inmerecida lista de mis virtudes de las que no soy propietario, pero que hoy quiero reafirmar una de ellas; la buena amistad.

Con esta inquietud he decidido llevar a cabo un reconocimiento similar, pero ahora lo hago como una forma de reconectar con esos amigos que, por azares del destino, la distancia nos ha separado pero ahí permanece el compromiso, el sentimiento, aun ante nuestra irresponsabilidad al no regar ese hermoso jardín. Ahora lo hago para los que seguimos vivos y darles las gracias por eso, por ser mis amigos. Esos amigos que te buscan en las buenas y en las malas. Esos amigos que no conocen la traición y siempre hablan de frente y con la verdad. Amigos con los que juntos aprendimos a leer, escribir, las tablas, y nos tomamos la primera cerveza.

En esta ocasión quiero referirme a uno de ellos; José Luis González Iñigo, alias Pepe Casero, el Güero KO, alias El Trompudo. Inicio con él porque pienso la ocasión lo amerita pues acaba de ser distinguido con el prestigiado premio, Eugenio Garza Sada, que se le otorga a quienes el Tecnológico de Monterrey identifica como pilares en sus comunidades, exitosos en sus actividades profesionales, independientes en todos los aspectos de vida, responsables de haber formado familias ejemplares, en fin, hombres que puedan fungir como ejemplos de vida. El solo aparecer el nombre de don Eugenio, fundador de nuestra alma mater, en un premio de esa naturaleza, es para sus recipientes un gran reconocimiento y un gran compromiso.

Igual que al fallecido amigo, lo conocí desde niños, fuimos juntos a la escuela. También en la escuela del padre Javier, en donde se iniciara nuestra larga jornada desde primaria hasta graduarnos de la Preparatoria. Un contingente de ese grupo de amigos, llegamos a Monterrey para iniciar nuestros estudios profesionales. Como si estuviera planeado, en el internado del Tec nos alojaron a todos en el mismo piso y casi puerta con puerta. La amistad iniciada en la primaria, en los siguientes cinco años en el Tecnológico de Monterrey se convertía en una hermandad muy especial. Como la mayoría de jóvenes rebeldes, Pepe y yo debutábamos en la vagancia, pero la nuestra era de alto nivel cuando empezamos a noviar con dos muchachas de la más rancia alcurnia regiomontana.

A nuestros 18 años empezamos a dedicar más tiempo a la diversión que a los estudios, y como Pepe fuera otro de los sayos del Cheroplas en nuestros encuentros pugilísticos amigables, debutaba conmigo en el famoso ring de la Purísima en Monterrey, y lo abandonábamos como pesos completos invictos. Nuestra carrera en la vagancia iba viento en popa hasta que, ¡magia! El Trompudo iniciaba su noviazgo con quien ahora es su esposa, Conchita Covarrubias Valenzuela, mi sobrina y, de repente, nuestro personaje abandonaba ese prestigiado tour de la vagancia, para transformarse en enfadoso nerd que dedicaba todo su tiempo al estudio, y a escribir largas cartas a la Conchita.

En esa época su padre tuvo que enfrentar problemas en sus negocios que amenazaban hasta truncar sus estudios. Pero Pepe, lejos de asumir el papel de víctima, se dedicó en cuerpo y alma a la búsqueda de soluciones para continuar su carrera. Trabajó, consiguió becas y se encerró a piedra y lodo dedicado al estudio. Enfrentando situaciones muy difíciles, finalmente se graduaba como Ingeniero Químico Administrador y, casi desesperado, salía a enfrentar el mundo pues se quería casar. Era cuando los que permanecíamos en el tour, no entendíamos cómo el Trompudo actuara ungido de ese producto tan escaso a nuestra edad, madurez y, sobre todo, la claridad que tenía para decidir qué era lo que quería hacer, y cómo lo iba a lograr. Se casaba en Guadalajara y lo pude acompañar. De ser un estudiante responsable y, para los vagos, enfadoso, se convertía en un señor que abrazaba el trabajo como si se fuera acabar, dedicado a su familia y alguien a quien, a la vuelta de la esquina, lo esperaba el éxito.

Yo cambiaba mi residencia a Guadalajara como Director General de Banpacífico. En esa ciudad volvimos a convivir y la amistad se fertilizaba, pues él había sido invitado a formar parte del Consejo del banco. Pepe desde su graduación se había convertido en un verdadero “emprendedor” (Entrepreneur). Había ya hecho una fortuna importante en sus negocios de exportaciones e importaciones de textiles, y se diversificaba en otros campos. Después yo abandonaba Guadalajara para ir a radicar a Tucson, Arizona. Pepe continuaba trabajando y llevando de la mano a su familia. Con el tiempo se había convertido en un exitoso empresario industrial y un importador—exportador de productos agrícolas a la cabeza de una empresa de las más importantes en su ramo, con operaciones internacionales de gran calado. Un hombre que, sin saberlo, con su individualidad, su amor por la libertad y, sobre todo, su amor por la competencia a nivel mundial, seguía la ruta de uno de esos raros especímenes, el empresario liberal.

Cuando me enteré que había recibido el premio, yo no le hablé para felicitarlo, porque entre amigos como nosotros esas reglas de etiqueta salen sobrando. Me dio mucho gusto y me puse a recordar inolvidables pasajes de nuestras vidas, nuestras aventuras estudiantiles. Pensaba en aquel muchacho a quien la adversidad lo arropara a tan temprana edad para amenazar su futuro, pero con la fortaleza de aquel SEAL de las fuerzas especiales de la marina que afirmara; “no hay tiempo para sangrar”, sigamos atacando. Así lo hizo y salió victorioso.

Recordaba entonces la película “Aroma de Mujer”, cuando el Coronel defiende al muchacho becado que se negó a traicionar a sus compañeros, y por ello lo están expulsando cancelándole la beca. El Coronel arremete contra los directivos de la escuela: “¿Qué clase de líderes están formando aquí? El único que se ha portado como tal, está sentado a mi lado. Él llegó a donde se apartan dos caminos, uno es la ruta fácil, el otro es muy penoso, pero es el correcto. Pero él ha escogido el camino doloroso y eso se llama integridad. El camino difícil es lo que construye principios, carácter, valor ante la adversidad, y de eso están hechos los líderes”.

Así veo a mi amigo, el Trompudo, un hombre que enganchó sus pensamientos a un propósito de vida, sin titubeos escogió transitar por el camino difícil, lo pudo recorrer y ha logrado ese propósito. 

A. Landgrave, M. Rodríguez, JL González Iñigo, JF González Iñigo, H. Dávila, Ricardo Valenzuela (Monterrey, NL)

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