MIÉRCOLES, 12 DE DICIEMBRE DE 2018
Ahora sí llegaron los gorrones (II)

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“A la América Latina se le identifica por sus constantes enfrentamientos políticos y sus graves penurias económicas, mientras sus vecinos del norte se han convertido en los países más ricos y poderosos del mundo. ¿Cómo se pude explicar la divergencia en las sendas que estas dos regiones adyacentes tomaron?”


Durante los siglos 16 y 17 las indias españolas era la región más próspera del mundo. Borbotones de oro y plata fluían de las entrañas de la tierra hacia los cofres de la madre patria. Hermosas catedrales e impresionantes edificaciones gubernamentales se levantaban en Quito, México, Lima, Potosí, cuando la América Británica consistía en solo unos cuantos asentamientos. Sin embargo, hoy día a la América Latina se le identifica por sus constantes enfrentamientos políticos y sus graves penurias económicas, mientras sus vecinos del norte se han convertido en los países más ricos y poderosos del mundo. ¿Cómo se pude explicar la divergencia en las sendas que estas dos regiones adyacentes tomaron?

Claudio Véliz en su libro El Nuevo Mundo del Zorro Gótico, nos presenta un análisis profundo de las raíces del desarrollo económico de los países americanos angloparlantes, y el vergonzoso estancamiento de la América Latina, utilizando una metáfora que, de forma genial, describe la historia económica de las dos regiones para arribar a lo que ahora nos divide, y se manifiesta de tantas formas. Una de ellas, los miles de aspirantes para emigrar que en estos momentos abarrotan la frontera México—EU tratando de cruzarla.

La metáfora compara América Anglo con Caliban, el personaje de las obras de Shakespeare, describiendo la unión del demonio con la bruja Sycorax para llevar a cabo todas las maldades por el mundo. Y la América Latina como un lugar de hombres con sentimientos bondadosos y espirituales. A partir de entonces, a los americanos les cuelgan todas las etiquetas del malvado Caliban y a nosotros las bondades del sentimental Ariel. Sin embargo, al final de su vida, Rodó, autor de la obra “Ariel”, afirmaba; “a futuro habrá grandes logros de los americanos que beneficiarían la causa de Ariel, porque lo que esa nación de cíclopes habrá logrado para multiplicar su bienestar material con su sentido de utilidad y su aptitud para la invención mecánica, otras gentes lo transformarán en avances espirituales”.  

Dos generaciones después, la muerte del Che Guevara en Bolivia revivía el semidormido contraste entre los acusados gringos corrientes, ricos, poderosos e intrusos, y los románticos, espirituales, inmortales, generosos héroes del sur. Se consumaba el martirio del argentino a manos de los barbajanes de la América angloparlante, impulsados por su diabólica estructura pincelada a imagen y semejanza de Caliban. Pero el Arielismo no solo fue apropiación de activistas y revolucionarios. Sus propuestas probaron ser penetrantes, resilientes y se pueden encontrar en los escritos de autores tan eminentes y diferentes como Gabriela Mistral y Octavio Paz, con una profunda crítica antiamericana.

La metáfora de Ariel y Caliban empezó a sufrir emergiendo la necesidad de encontrar otra con más bases. Se acudió a la sabiduría de Isaiah Berlín. En 1951, el filósofo de Oxford publicaba un ensayo sobre una obra de Tolstoi, y en ella hacía uso metafórico del fragmento de un texto del poeta griego Archilochus que se leía; “El zorro sabe muchas cosas y el erizo solamente sabe una”. Berlín fue el primer pensador que descifró el significado de la frase que señalaba profundas diferencias entre pensadores, escritores y seres humanos, quienes relacionan todo con una singular visión central, un sistema muy articulado en términos que ellos entienden, piensan y sienten —sólo uno, un principio universal organizando en términos de lo que ellos son, saben y dicen tiene su significado, para luego actuar. Son los zorros góticos de la América angloparlante.

Por otro lado están aquellos que persiguen múltiples fines, muchas veces no relacionados y hasta contradictorios, conectados solo por un camino de facto, por alguna causa psicológica o fisiológica que no está relacionada con principios morales o estética general; vidas perdidas que llevan a cabo actos, entretienen ideas centrífugas en lugar de centrípetas, sus pensamientos son dispersos y difusos, se mueven en muchos niveles, tomando la esencia de una vasta variedad de experiencias y objetos a su manera. Sin conciencia o inconciencia, buscan acomodarse, o excluirse de ellos, todo sin cambios, todos abrazando, algunas veces con fanatismo, otras veces autocontradictoria e incompleta, una unitaria vieja visión interna. Estos son los erizos de América Latina.       

En las colonias españolas se leían libros como El Arte de Servir a Dios, mientras que en las colonias británicas se leía a John Locke, Adam Smith, Bastiat y “Common Sense” de Thomas Paine.

Los británicos llegaron al nuevo mundo con una terca habilidad para navegar en medio de la adversidad y darle la bienvenida al cambio. Ellos habían forjado la Revolución Industrial y todo ello lo reflejaron en su estilo gótico vernáculo. Sus descendientes se convirtieron en los zorros de la metáfora de Berlín, ferozmente independientes, pluralistas, adaptables y amantes de la libertad. En contraste, los españoles traerían una tradición cultural representada por el vasto domo barroco, un monumento a su exitoso intento para detener los cambios que en su momento amenazaban su estado imperial. Sus herederos continuaron manejándose con las ideas dictadas por la autocracia de la monarquía y la ceguera de la iglesia católica.    

El persistente declive de España y su imperio durante los últimos tres siglos, ha sido atribuido al abandono de sus virtudes juzgadas como responsables por sus notables logros del pasado. Pero sería más plausible el relacionar su interminable deterioro, no solo consecuencia de sus caprichos de no abrazar el cambio, sino a su cerrada tenacidad cultural. Lo que se ha demostrado claramente y sobre un largo periodo entre los que hablamos español, es un terco enlace a esas formas de pensamiento y acción, disposiciones y arreglos, a los cuales se les puede atribuir la gloria de la Contra-Reforma que todavía preside poderosamente sobre todo lo que se ha logrado, y se mantiene con una rígida cultura a cargo del estado y la iglesia. 

Los zorros góticos y los erizos barrocos no simbolizan una polaridad entre tradición y modernidad, sino una entre respuestas alternativas al reto que representa la modernidad. La España barroca ya estaba en la vanguardia de las modernas monarquías, pero respondía al novel problema de la disrupción económica y social de forma muy especial, activando la cultura de contención, la “cultura guiada”. Fue cuando decidieron levantar su gran domo. Invulnerables ante el cambio y listos para resistir las agresiones de los disidentes heréticos. Los resultados están a la vista.

Pero nos hemos dado cuenta de que la mejor estrategia es la diversidad y que la creatividad emerge en climas de caos civilizado o de una “tumultuosa libertad”. La tarea ahora no es restaurar el derrumbado domo de glorias pasadas, sino limpiar los escombros y ver si algo se puede utilizar. Obliterar los remanentes del pasado conscientes del peligro que representan quienes creen que “aplicaciones viejas de lo mismo, necesariamente generarán mejores resultados”. Ese tenebroso pasado solamente debe ser la canasta de las cenizas.

Nos hemos dado cuenta de que, así como los lloriqueos de la retórica anti celebratoria que liberaran en 1992, cuando el Papa Juan Pablo II enérgicamente regañara a los participantes en la Conferencia de Obispos Latino Americanos y ordenaba abandonar sus prédicas marxistas, fallaron tratando de ocultar las huellas dejadas por la concepción barroca, todavía presente, en los primeros siglos del descubrimiento de Colón, también fallaron al tratar de ocultar el hecho de que, cuando las Indias de Castilla cruzaron el umbral hacia la segunda mitad del primer milenio, el nuevo mundo ante ellos era ya del Zorro Gótico.

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