MARTES, 1 DE ENERO DE 2019
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“La manipulación de la esperanza y su par, la desesperanza, tiene consecuencias, reales, sin importar si esa manipulación es hecha por la izquierda o los conservadores.”


Este martes 1 de enero y tras obtener casi 58 millones de votos en segunda vuelta, Jair Bolsonaro tomará posesión de la Presidencia brasileña, para iniciar cinco años de gobierno, con posibilidad de una reelección consecutiva. Ojalá sea exitoso en su gestión: el país y su gente lo merecen.

Pero Bolsonaro aún no ocupa el Palacio de Planalto, sede de la Presidencia de Brasil, y ya es acosado por al menos tres escándalos judiciales, quizá menores, pero significativos.

El primero, una investigación en curso por una serie de pagos hechos, hace unos meses, a la cuenta bancaria de un asesor de su hijo Flávio (algunos señalan que su real labor de asesoría era ser su chofer), entonces diputado regional y hoy senador electo, por un monto relativamente pequeño (300 mil dólares), por parte de miembros del staff parlamentario del propio Flávio Bolsonaro. De esa misma cuenta, salieron posteriormente pagos a Bolsonaro y a su esposa (supuestamente en pago por un préstamo personal hecho al asesor). Por hoy, el asesor se encuentra desaparecido y sin dar la cara a la justicia en la investigación que se sigue sobre el caso, aunque se ha revelado súbitamente cómo un “exitoso” hombre de negocios.

El segundo, una condena (sujeta aún a apelación) por improbidad administrativa a su próximo ministro de Medio Ambiente (integrante de Novo, el partido libertario brasileño), por supuestos malos manejos durante un cargo previo, como secretario de Medio Ambiente del estado de São Paulo, a fin de favorecer a empresas y amigos en la modificación de planes de manejo de reservas territoriales.

Adicionalmente, se reveló recientemente que su próximo ministro de la Casa Civil (una especie de jefe de Gabinete) Onyx Lorenzoni (un antiguo y muy destacado miembro de DEM, el partido liberal brasileño), está siendo investigado por recibir ilegalmente donaciones de empresas a fin de financiar campañas políticas. Al menos otros tres ministros también estarían sujetos a controversias judiciales.

Estos casos que ponen en cuestión al propio Bolsonaro y a sus más cercanos (y que han dado material de sobra a medios tan parciales como RT, Telesur, etc.), sirven para dejar en claro que la corrupción es estructural a la política brasileña, como lo es en muchos otros países de la región. Lula, en tal sentido, no es un producto atípico de la política brasileña, sino apenas uno de sus representantes promedios; recordemos, simplemente, que el presidente Michel Temer dejará la Presidencia tan solo para quizá enseguida terminar en una mazmorra, por una investigación que se le hace por corrupción y blanqueo de dinero.

Por supuesto que puede haber políticos brasileños (y latinoamericanos) honrados e intachables. Pero serían raros. Verdaderos garbanzos de a libra. Es útil tener en mente esto ahora que de manera bastante irreflexiva se destacan las luces de Bolsonaro, sin reparar en sus sombras. Así que ese cuidado que debiera tenerse sobre los antecedentes de Jair Bolsonaro y su futuro gobierno, debiera también observarse con relación a su agenda.

Al respecto, su próximo Gabinete es un amasijo poco coherente: Un vicepresidente militar, un ministro de Hacienda liberal, una predicadora evangélica como ministra de Derechos Humanos, un militar nacionalista como jefe de su Gabinete de Seguridad, lobistas de empresas de agronegocios en los ministerios de Agricultura y de Medio Ambiente, un militar inexperto al frente de la Secretaría de Gobierno (encargada de la negociación política con el Congreso), más militares… Con tal diversidad, ¿qué puede salir mal?

Profundizando, creo que la agenda económica de Bolsonaro es valiente, coherente con las necesidades de desarrollo del país tras una prolongada y durísima recesión. En problema estaría pues en otra parte, que debiera de considerarse con detenimiento, sin extenderle un cheque en blanco solo porque su propuesta económica suena bastante bien (otra cosa muy distinta será que logre aplicarla, ante su minoría parlamentaria).

Así, Bolsonaro ha prometido mano dura contra la delincuencia, el narcotráfico y la corrupción, con un discurso populista que pone el acento en la seguridad pública y que comienza a copiarse en otros países, por sus réditos políticos en sociedades justamente desesperadas frente a la delincuencia y la violencia de todos los días, pero por ello, con un alto nivel de tolerancia ante posibles violaciones a los DDHH.

En consecuencia, Bolsonaro ha propuesto usar a las Fuerzas Armadas en tareas de combate a la delincuencia, como prometió en campaña, aplicando un discurso de duro militarismo que está en auge en toda la región, como ya podemos ver en las estrategias militaristas de los gobiernos de Bolivia, México y Paraguay, de muy distinto signo ideológico unos de otros.

Militarizar la seguridad pública implica incorporar la idea de una guerra interna (así lo ha dicho Bolsonaro abiertamente) para utilizar, por tanto, técnicas de guerra y una relación más agresiva y de sospecha en el trato con la ciudadanía, abriendo la puerta a eventuales violaciones a DDHH por parte de las Fuerzas Armadas, los cuerpos de seguridad y el propio gobierno (es el “dispara primero y averigua después” que conocemos bien en México). Esto en un país con unos ya de por sí altísimos índices de homicidios y de letalidad policiaca.

Adicionalmente, Bolsonaro ha propuesto reducir la edad de responsabilidad penal, a los 16 años, limitar las penas de prisión reducidas y dar cobertura legal a las fuerzas de seguridad por delitos cometidos en el cumplimiento del deber. Está por verse cómo afectará todo esto a los Derechos Humanos y en la tolerancia y respeto a diversas minorías (LGBTI, indígenas, negros, etc.), pero las perspectivas no son tranquilizadoras, en vista del propio historial discursivo de Bolsonaro, del que él tanto se enorgullece.

El temor de algunos de que Bolsonaro pueda atentar contra algunas minorías debe tomarse con seriedad. Bolsonaro está obligado a cumplir su promesa de “gobernar para todos los brasileños sin distinción de raza, sexo o religión”. Y los libertarios debiéramos de ser los primeros en exigírselo, por mera congruencia (y por profunda convicción respecto a todo gobierno, cualquier gobierno), en lugar de extenderle apresurados y truchos certificados de “hermandad” ideológica.

Desde mi perspectiva (limitada y personal como es), Bolsonaro simplemente es un populista que ha hecho sintonía con algunos aspectos del discurso libertario, del que se ha servido para presentarse como un político “anti sistema”, a pesar de que desde 1991 ha ocupado cargos legislativos (¡casi 30 años como diputado!, con un desempeño más bien gris, solo destacable por sus escándalos). Pero toda su prédica política, de seguridad, de moralidad y de orden social son meras regurgitaciones del más crudo conservadurismo, que le han acercado a otros conservadores latinoamericanos, que por mero marketing o calculada indefinición se dicen “libertarios”.

Pero liberales y libertarios no luchamos por imponer un modelo de sociedad. Buscamos tan solo la libertad del individuo, la libertad de que le dejen en paz. Cuando supuestos libertarios buscan imponer un modelo dado de sociedad o de moralidad, en esa misma medida se alejan de las ideas libertarias. Porque tarde o temprano para imponer ese modelo (o en temas específicos tales como aborto, matrimonio, sexualidad, idea de familia, educación, etc.) lo harán con la fuerza del Estado.

Muchos de los libertarios que hoy nombran a Bolsonaro como una especie de hermano mayor o guía moral y política (el gran Capitão), son meros nuevos fanáticos obsesionados con mejorar a la humanidad. En masa y a la fuerza si fuera necesario. En la lucha personal que creen a muerte contra la izquierda (con su mantra todoterreno del “marxismo cultural”) han olvidado que Libertad no es coacción, no es amenaza, no es violencia, no implica vulneración de derechos de otros: es libertad, sin imponer y sin que te impongan, sin que te den y sin que te quiten, sin agredir y en tolerancia.

La manipulación de la esperanza y su par, la desesperanza, tiene consecuencias, reales, sin importar si esa manipulación es hecha por la izquierda o los conservadores. Y los libertarios debiéramos ser, en mi humilde opinión, los primeros en advertir de los peligros supervenientes, antes que aplaudir y vitorear a los nuevos manipuladores.

• América Latina

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