MIÉRCOLES, 21 DE JUNIO DE 2006
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“En el caso de Venezuela ya vimos para qué sirvió la “disciplina que impusieron los mercados financieros” sobre las políticas económicas. Lo mismo pasaría en México si AMLO es Presidente.”


Se ha vuelto un lugar común repetir que si llega AMLO a la presidencia no hay motivo de preocupación pues el entramado institucional de México es lo suficientemente sólido como para resistir sus intentos por revertir las reformas que han modernizado parcialmente al país en las últimas dos décadas.

 

El influyente think-tank de la comunidad financiera, el Institute for International Finance (IIF), acaba de publicar su reporte de la situación preelectoral del país afirmando que:

 

“algunos participantes en los mercados arguyen que dada la fuerza de las instituciones de México, la disciplina que imponen los mercados financieros sobre las políticas (económicas), y las dificultades previsibles para conseguir la aprobación del Congreso para cualquier reforma estructural de fondo, el desempeño de las políticas no variaría gran cosa bajo una administración presidida por AMLO o por Calderón.”

 

Para sustentar su análisis el IIF cita la más reciente encuesta del Mitofsky que proyecta que el PRI-Partido Verde tendrán casi el 40% de las curules en la Cámara de Diputados mientras que el PAN y el PRD alcanzarían cerca del 30% cada uno.

 

Me temo que los analistas del IIF que suelen ser diestros en el análisis de la economía política de los países que estudian, en este caso se equivocan pues no consideran las posibilidades que se le presentarán a un AMLO victorioso para forjar una mayoría en el Congreso suficiente para modificar a su antojo las leyes y hasta la Constitución.

 

Con la combinación de la falta de escrúpulos de López Obrador con el poder y la chequera que le otorgan la Presidencia, tan pronto se anunciara su triunfo saldría con sus aliados a seducir a diputados de los demás partidos, salvo del PAN, con la promesa de restaurar el auténtico PRI previo a que se apoderaran de él los abominados tecnócratas “neoliberales.”

 

Las muchas zanahorias de las que dispondría un gobierno decidido a restaurar el gran aparato burocrático que existía antes de las privatizaciones, como lo está haciendo el argentino Néstor Kirchner a quien AMLO admira y piensa emular, serán un poderoso instrumento para atraer aliados.

 

Por otra parte, ¿qué incentivo tendrían los diputados priístas para permanecer leales a un partido que fracasó de nuevo en recuperar la presidencia y cuyos prospectos de hacerlo en el futuro parecen cada vez más remotos? Además, nadie nunca ha acusado a los priístas de tener una ideología definida.

 

Existen suficientes diputados del llamado “Bronx priísta” que vienen de las antiguas cuotas de poder corporativistas y que siempre vieron con recelo a los tecnócratas “neoliberales,” que estarán encantados de dejarse “maicear” por AMLO y sus secuaces, muchos de ellos también expriístas.

 

Así, López Obrador podría restaurar el poderoso partido hegemónico cuya ideología sería la que tuvo el PRI, el “nacionalismo revolucionario” ahora en versión AMLO, una mezcla de demagogia echeverrista, voluntarismo jolopeño y pureza de ideales como la del dictador tabasqueño Tomás Garrido Canabal.

 

Se equivocan quienes suponen que López Obrador se inspira en el discurso antiyanqui de Hugo Chávez. Por el contrario, en donde seguirá sus pasos es en la ruta que siguió para consolidar su poder personal y aniquilar los contrapesos institucionales que se lo impedían.

 

A diferencia del antiguo PRI, cuya esencia requería de la renovación sexenal de su liderazgo, un paladín mesiánico como AMLO no puede confiar en que alguien distinto a él sea capaz de interpretar los deseos y sentimientos “de la gente.” En este sentido el mapa de la ruta seguida por Chávez le será muy útil.

 

En el caso de Venezuela ya vimos para qué sirvió la “disciplina que impusieron los mercados financieros” sobre las políticas económicas, como señala la candorosa cita del IIF. Lo mismo pasaría en México si AMLO es Presidente.


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