Práctica económica
Jun 21, 2006
Juan Carlos Leal

El saldo político: Más atraso

O hacemos que haya reelección, que desaparezca el subsidio a los partidos y que desaparezcan los legisladores de partido o tenemos garantizado que los mismos sigan jugando el mismo juego de simulaciones.

El gran problema de México es el escaso crecimiento de la economía en los últimos 40 años, de eso no cabe duda, todos los diagnósticos coinciden, derecha, izquierda, internacional y nacionalmente. Pero cómo destrabar el crecimiento. Parece que hay tres corrientes, cambiar de modelo pues el modelo neoliberal es el culpable, hacer las reformas estructurales para crecer y, no hacer nada, así de sencillo, no cambiar el statu quo de las cosas en México; éstas parecen ser las apuestas de los partidos, pero no de los analistas que coinciden en hacer las reformas para elevar la competitividad, hacer que la inversión crezca y con ello el empleo y el consumo.

 

Pero está claro que gane quien gane la presidencia, ahí todavía hay algunas dudas, en el caso del Congreso está muy claro que no habrá mayorías, que si gana el PAN puede tener una mayoría raquítica en Cámara de Diputados pero en el Senado continuaría el PRI con una mayoría de nuevo raquítica, pero si gana el PRD no tendrá más del 20% de los diputados. Entonces la continuidad del statu quo está garantizada, los legisladores seguirán ignorando al presidente en turno y éste seguirá diciendo que los legisladores disponen y por ello no puede hacer nada, y con las reformas que acotaron el poder presidencial a prácticamente una figura decorativa, hay que acordarse de que no es Fox la primera figura presidencial que fracasa en pasar iniciativas, fue Zedillo el que no pudo hacer nada con su segunda legislatura donde ya no tenía mayoría su partido.

 

Por tanto, parece que tenemos un antídoto para las locuras de López, pero también otro para las intenciones de Calderón, con el resultado de que ganan los defensores del statu quo y con ello el país verá frustrados por otros seis años la reforma fiscal, la energética, la laboral, la financiera, educativa, entre otras. El candado parece terrible pues esto garantiza que las inversiones lleguen a cuenta gotas, que la producción crezca de la forma minúscula en la que lo ha hecho desde 1960, pero también garantiza que no haya cambios de modelo.

 

Este calculo está presente en la mesas de los candidatos y por ello se han dedicado a golpearse con todo en los medios o a provocar episodios de violencia que alejan a la gente de la contienda, que garantiza unos niveles raquíticos de votación. Es decir, la apuesta de los políticos del país es el mantener las cosas como están y de paso traicionar a los votantes y a la democracia misma.

 

No hay duda de que el país requiere cambios y que hay un proyecto sensato por estos cambios, sin embargo, hasta los analistas ven el asunto como si de un partido de tenis se tratara, no especulan sobre lo que se podría hacer, no aportan ideas al debate, no se comprometen con ningún proyecto, sólo se limitan a observar y a criticar el mal juego de los candidatos. Otros van más allá y se sirven grandes porciones de especulaciones sobre el futuro de los partidos, de los despojos que quedarán después del dos de julio, pero hasta ahí.

 

La evidencia indica que los mexicanos hemos construido una trampa antidemocrática y anticambio, que la reforma más urgente es la electoral pues sin ésta nada puede cambiarse, que no podemos seguir pagando el costo de la desconfianza y arrastrando nuestro futuro por el lodo de la sospecha. Y es verdad que nuestra democracia se ha vuelto sospechosista, moralina, anodina e ineficaz. La reflexión es hasta cuándo habrá algún incentivo para que los partidos, los legisladores y los políticos se pongan a trabajar, o lo que es lo mismo, hasta cuándo los partidos seguirán viviendo de dinero público, trabajando sin encontrar el bienestar de los ciudadanos y sin rendir cuentas nadie, viendo cómo el poder ejecutivo se ahoga en su propia incapacidad para hacer nada. Así de sencillo, o hacemos que haya reelección, que se desaparezca el subsidio a los partidos y que desaparezcan los legisladores de partido o tenemos garantizado que los mismos sigan jugando el mismo juego de simulaciones.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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