LUNES, 26 DE JUNIO DE 2006
Todos y todo con la Selección

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“En las últimas semanas la fiebre mundialista se ha apoderado de la gran mayoría de los espacios en los noticieros, en los periódicos y demás medios de difusión masiva. La discusión política ha cedido. No sólo se ignoran los debates de gobierno: incluso el jugoso negocio electoral ha sido desplazado.”


En las últimas semanas la fiebre mundialista se ha apoderado de la gran mayoría de los espacios en los noticieros, en los periódicos y demás medios de difusión masiva. La discusión política ha cedido. Aún cuando la relevancia de los asuntos públicos es mucho mayor, los medios de comunicación han vuelto a privilegiar el negocio sobre la política. No sólo se ignoran los debates de gobierno: incluso el jugoso negocio electoral ha sido desplazado.

 

En los encabezados de los periódicos se pueden leer todo el tiempo los resultados de los partidos, las declaraciones de los protagonistas de los juegos y de aquellos que se ostentan como especialistas de este deporte tan en boga. Lo preocupante es que todo ha pasado a un segundo plano. El presidente Fox decidió dejar a un lado sus labores como jefe del Ejecutivo Federal para convertirse en un aficionado más y apoyar a una selección mexicana endeble y, por cierto, mediocre.

 

En la programación de Televisa y TV Azteca constantemente se pregunta a los punteros de la contienda electoral sus predicciones para los partidos de la jornada mundialista en turno, pero de interrogarlos sobre sus compromisos se han olvidado todos. Salvo dos o tres notas sobre el plantón en Oaxaca, las últimas encuestas y similares, el ánimo de los productores se vuelca a cubrir con lujo de detalles la competencia que se desarrolla en tierras germanas.

 

Una vez más, este fenómeno nace de una culpa compartida: el público en general, o mejor dicho la generalidad del público, harto del tú me hiciste, tú empezaste y tú las traes, de las campañas electorales; los candidatos y sus partidos que permiten que lo político no aparezca importante; y los medios de comunicación que pendientes del rating de la programación olvidan su responsabilidad social, su carácter de concesionarios de un bien público más que propietarios de uno privado. El fenómeno responde a lo posible, es cierto, pero dista mucho de lo deseable.

 

Se dijo muy poco de la caída de la Bolsa Mexicana de Valores, tendencia que se sostuvo por semanas, y menos aún de su recuperación por méritos ajenos. En las calles se escucha el vitoreo o descontento por los resultados de México en el Mundial (que alguien me explique los que vitorean, por qué vitorean), pero apenas se oyen susurros de indignación frente a la negligencia que ahora pregona, como defensa, el Señor Presidente frente a las críticas continuadas respecto de la aprobación de Ley de Radio y Televisión en contra de las opiniones de la Cofetel, la Cofeco, la SCT, por no decir la de académicos y otros grupos. (Pensándolo bien, es mejor tenerlo como un simple aficionado ignorante, que dice a esta Selección que lo hizo muy bien tras pobres resultados, que tenerlo diciendo que no leyó las opiniones de sus expertos porque el consejero jurídico no lo consideró necesario, si bien ambas cosas parten de este espíritu mexicano de “No importa, equipo, no importa”.)

 

El país ha decidido dejarlo todo en pos de la enajenación mundialista. Pero la mediocridad continua y la desilusión, me hicieron soñar que no ganábamos el mundial y que era hora de pensar en otras cosas. Entre pesadillas me golpeó como un baldazo de agua fría que toda la semana no hicimos sino ver, por todas partes, cómo la gente se ponía la verde para quitarse todo lo demás de encima.

 

Pero no sólo el pobre periodismo mexicano ha sucumbido ante el mundial. No sólo la sociedad decepcionada de la política ha hecho a un lado las pugnas electorales. También algunos especialistas han olvidado las teorías explicativas del voto para incorporar al mundial en sus predicciones. Proponen que si México gana o pierde frente a Argentina, el futuro electoral será distinto. Desesperadamente intentan darle contenido científico o al menos serio, a su sumisión al mercado de los medios de comunicación.

 

Esperar que el mundial importe en la contienda, más allá de los espacios idóneos para la publicidad, no tiene ningún sentido. Confiamos en que los electores mexicanos, aún los futboleros, son también ciudadanos que evalúan el desempeño gubernamental, individuos que tienen preferencias de política pública, a quienes les importan o no las chachalacas y los cuñados, personas que el 2 de julio decidirán qué país quieren y qué candidato cumple mejor con sus expectativas, si el autoritario populista, el tecnócrata nepotista o el corrupto irredimible que es a lo que los medios han reducido a los principales contendientes. Llegue quien llegue a los cuartos de final, el votante mexicano acudirá a las urnas. La democracia ha dado a los ciudadanos la responsabilidad ineludible de decidir su futuro.

 

Pero todo esto es secundario cuando lo que se espera es el apoyo incondicional a una ilusión que tiene más tintes de pesadilla que de sueño. Cómo pensar en la evaluación de las propuestas de los candidatos, cómo pensar en reclamarle al Señor Presidente su cinismo, cómo pensar en la economía del país y en las políticas públicas que dejaron de existir hace seis meses, cómo si estábamos ocupados en esperar a saber si el sábado por la tarde México lograba su pase a cuartos de final frente a Argentina. El 2 de julio el elector decidirá si México puede ganar, aunque pierda la selección.


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