LUNES, 26 DE JUNIO DE 2006
La importancia de la estabilidad financiera

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“La solución no es “cambiar” el modelo económico, sino perfeccionarlo para que más mexicanos alcancen los empleos productivos que requieren, pero ello pasa forzosamente por el orden fiscal y monetario.”


Se acaba de dar un gran paso en materia de deuda externa. Con ello, se consolidará la estabilidad financiera lograda en la presente administración (comenzada desde Zedillo y consolidada por Fox). No podemos dejar pasar este importante acontecimiento.

 

El gobierno federal anunció que comprará al Banco de México (Banxico) 7 mil millones de dólares de las reservas internacionales (que hasta ahora representan un saldo acumulado histórico de 76 mil 719 millones de dólares) para pagar de forma anticipada deuda contraída con el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.

 

Con esta operación, la Secretaría de Hacienda estima que el país ahorrará alrededor de 1,600 millones de pesos. Este ahorro se desglosa de la siguiente manera. A valor presente se espera que el gobierno federal se ahorre por concepto de pago de intereses (serán menores, pues hay una disminución del débito externo, cotizado en dólares) alrededor de 600 millones de pesos. Asimismo, el Banco de México también tendrá un ahorro en materia de costo de acarreo (el costo de mantener las reservas internacionales) de alrededor de 1,000 millones de pesos.

 

Los recursos para comprarle a Banxico las reservas internacionales, los conseguirá el gobierno de una emisión de unos instrumentos llamados Bonos de Desarrollo (Bondes D). Una vez que el gobierno liquide la operación, entonces Banxico procederá a realizar un pago anticipado de los llamados Bonos de Regulación Monetaria (Brem). Este último tipo de bono mencionado, es el instrumento financiero que Banxico utiliza para conseguir los pesos necesarios (a través de pedirle prestado a miles de inversionistas) para comprar los dólares que acumula. Por lo pronto, el anuncio ha sido bienvenido en los mercados internacionales de dinero y de capitales, pues con esta operación, el gobierno liquidará deuda externa, dejando un saldo total neto de 50 mil millones dólares (el saldo actual es de 57 mil millones).

 

Como siempre que se hace una operación de éstas, no faltarán los analistas y políticos bisoños que protesten y critiquen al gobierno federal por realizar dicha transacción. Siempre argumentan que lo ideal sería usar las reservas internacionales para gasto social. Ya antes hemos explicado por qué esto no puede ser. No está por demás explicar nuevamente este mecanismo brevemente. Hay que recordar, en primer lugar, que Banxico es autónomo por ley, por lo que el gobierno federal no puede “incautarle” los dólares que posee en reserva. En segundo lugar, Banxico ha tenido que endeudarse en pesos con muchos inversionistas para comprar los dólares que constituyen las reservas internacionales. Estos dólares, no se encuentran en ningún sótano de Banxico. No, estos dólares son invertidos principalmente en instrumentos financieros internacionales considerados seguros como los son los llamados Bonos del Tesoro estadounidense. De esta inversión en Bonos del Tesoro, Banxico obtiene rendimientos (en dólares) con lo cual completa parte del pago en rendimiento a los tenedores de los Brem (rendimiento que paga en pesos); y decimos parte, por que el rendimiento que obtiene en dólares (producto de la inversión en bonos del Tesoro) es menor a los rendimientos que paga a los inversionistas que previamente le prestaron dinero al banco central para adquirir los dólares que componen las reservas internacionales. O sea, a Banxico le cuesta dinero poseer reservas internacionales. Este costo varía según el nivel de tasas de interés que prevalezca en los mercados de dinero de EU. A veces este costo ha llegado a ser de entre 4 y 5 mil millones de dólares (una verdadera fortuna para el tamaño de la economía mexicana). Hoy día, como han subido las tasas en EU, se estima que el costo de acarreo cerrará el año tal vez en la mitad de la cifra arriba señalada.

Imagínese, amigo lector, si a algún presidente ignorante se le ocurriera a la mala quitarle las reservas a Banxico. Banxico quedaría sólo con los pasivos contraídos (para acumular reservas) y sin el activo correspondiente (las reservas). Esto, además de que sería una violación flagrante de la ley, implicaría dejar a miles de inversionistas sin pagarles a la mala. Ya no le digo cuáles serían las consecuencias funestas para México en los mercados nacionales e internacionales. Así que no, lo mejor que se puede hacer con las reservas es pagar deuda externa (lo que implica que el gobierno federal debe obtener primero los pesos necesarios para comprarle dólares a Banxico), primero, para disminuir el costo de acarreo, y segundo, para disminuir la carga que cada uno de los mexicanos lleva por el endeudamiento irresponsable externo que comenzaron los gobiernos populistas de Echeverría y López Portillo.

 

La reducción de la deuda externa consolida a la actual administración en materia financiera. Los números no mienten. Con esta próxima reducción de deuda, la deuda externa del gobierno representará alrededor del 6.4% del PIB (la deuda externa pública y privada hoy no representa más del 12% del PIB). No hay que olvidar que antes esta deuda era un dolor de cabeza. En 1986, el endeudamiento externo representaba la pesada cifra de 56% del PIB y en 1994 dicho peso era de 35%. En 1994, el perfil promedio de vencimientos de la deuda era de sólo 29 días. Hoy, el promedio de vencimientos de la deuda pública (externa e interna) está amarrada a 4 años. Esto da un amplio margen de maniobra en materia de finanzas, pues le resta presión a los pagos que sobre su deuda tiene que realizar el gobierno. En 1994, 80% de la inversión extranjera era de portafolio (que es de corto plazo y se puede ir en minutos del país); hoy con el actual régimen de flotación, ésta relación es al revés, es decir, la mayor parte de la inversión extranjera es largo plazo (inversión que llega a empresas, nuevas plantas y no se puede ir de inmediato del país).

 

Dos de los factores principales que coadyuvaron a encrudecer la crisis de 1994 fueron el régimen cambiario y el endeudamiento de corto plazo. Al liberalizar el tipo de cambio (implica que la paridad la fija el mercado; si hay muchos dólares baja su precio y viceversa), el gobierno ya no tiene que vender dólares de la reserva para mantener una paridad peso-dólar. Por tanto, para los especuladores puede representar pérdidas potenciales apostar a la caída del peso; esto desincentiva la entrada de capital de corto plazo (esta inversión también es importante pero no debe ser la que domine, por lo menos por las características de la economía mexicana). En 1994 el déficit de la cuenta corriente (resultado de sumar la balanza comercial –exportaciones menos importaciones- con la balanza de servicios- que incluye el pago de intereses de deuda externa, publica y privada) llegó a ser del 8% del PIB, lo que presionó también a la devaluación traumática de 1995. Claro, con un tipo de cambio semi-fijo (de bandas), la presión sobre el peso, en un contexto de alto endeudamiento de corto plazo (en instrumentos llamados tesobonos), inversión de cartera mayoritaria, crisis política -crímenes de políticos importantes-, terminó vaciando las reservas y tronando al peso. Hoy, el déficit en cuenta corriente es de alrededor de 1.3% del PIB. Pero, ojo, no importa el monto de déficit de cuenta corriente, sino que existan los recursos (dólares) para saldar dicho déficit. En un régimen de flotación, la presión de la cuenta corriente no es mortífera. Sin no hay dólares suficientes, entonces, el peso sólo se deprecia (y lo hace de manera paulatina y no repentina). Por cierto, esto no es el caso hoy día para México, pues la cuenta corriente se está financiando con una cuenta de capitales superavitaria; o sea, con inversión extranjera directa de largo plazo principalmente.

 

Aprendimos la lección: se mejoró la estructura de vencimientos de la deuda externa, y se liberalizó el tipo de cambio.

 

En materia de inflación, México tiene hoy día una inflación controlada de alrededor del 3.5%, que es menor a la inflación anual que hoy trae EU (4%). Asimismo, el déficit fiscal es menor a 1%.

 

Las cifras arriba señaladas indican que hay estabilidad macroeconómica. A pesar de la inestabilidad que prevalece hoy día en los mercados internacionales (causada por el alza en las tasas de EU, Europa y Japón), la economía mexicana ha salido bien librada (con cierta volatilidad en el tipo de cambio, pero con tasas de interés e inflación estables). Obvio, la estabilidad tiene su premio.

 

Construir esta estabilidad le llevó a México varios años (desde 1995). Destruirla puede tomar unos cuantos meses. Se ha conquistado el primer paso. El segundo es realizar las reformas estructurales e institucionales que la economía mexicana necesita para comenzar a crecer y a crear empleos productivos para los mexicanos. Desgraciadamente, varios políticos quieren pasar de golpe al segundo paso, sin importar si rompen la estabilidad. No, y mil veces no; el soltar desordenadamente el gasto público (como pretenden hacerlo candidatos como López Obrador) tal vez ya ni en el corto plazo traería aplausos. Hoy los mercados están interconectados globalmente y cualquier tontería en materia de política económica es castigada severa y rápidamente por los inversionistas internacionales.

 

Romper el equilibrio macroeconómico, sería un grave retroceso. No hay que olvidar además que la disminución de deuda externa se está dando a costa de aumentar el endeudamiento interno (con la operación de Hacienda, el saldo de la deuda será de 1 billón 394 mil millones de pesos). Éste último ha crecido como resultado del aumento en la presión de las pensiones del sector público (plazas burocráticas en su mayoría improductivas creadas en la época de los gobiernos gastalones de Echeverría y Jolopo) y por las deudas contraídas de las paraestales (PEMEX, CFE, Compañía de Luz, etc). Independientemente del acierto de disminuir el endeudamiento externo (se depende menos de la volatilidad del dólar), hay que hacer reformas para coadyuvar a aminorar el monto y el costo de la deuda interna; pero para ello se requiere disciplina fiscal, lo que implica registrar en los próximos años superávit fiscales (debería haber una ley que obligue al Ejecutivo a que su gasto sea menor que sus ingresos). La solución no es soltar el gasto público como quiere hacerlo López. La solución no es “cambiar” el modelo económico, sino perfeccionarlo para que más mexicanos alcancen los empleos productivos que requieren, pero ello pasa forzosamente por el orden fiscal y monetario. Sin estabilidad macroeconómica, no hay crecimiento. La evidencia es contundente.


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