LUNES, 26 DE JUNIO DE 2006
"Mentir es nuestra fuerza"

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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Juan Pablo Roiz







““La realidad no está ahí para que la conozcamos y nos ajustemos a ella; la realidad está ahí para ser falsificada, reconstruida, modelada, de acuerdo a nuestros deseos y profundas emociones”. Eso es “cumplir”.”


Durante las campañas electorales se acuñan frases –mantras– para la propaganda cuyo uso, o más bien abuso, desempeña a la vez una función económica y una función didáctica. La función económica consiste en ahorrar esfuerzos de argumentación que resultarían sumamente costosos (y a veces hasta imposibles o contraproducentes dada la falsedad del mensaje), en tanto que la función didáctica se cumple con eficacia en la misma medida que la frase –mantra, jaculatoria, estribillo pegajoso- permite establecer como axioma (verdad que no requiere demostración) una falsificación útil para la causa.

 

La campaña del PRD y sus satélites que gira casi en su totalidad alrededor de la figura de Andrés Manuel López Obrador ha propagado por doquier –en bardas, en la televisión, en la radio, en banderines, en muletillas de discursos- el mantra de “Cumplir es nuestra fuerza”.

 

Hoy, en vísperas de las elecciones, podemos evaluar la eficacia del estribillo, así como su verdadero significado. Uno: El estribillo envía un triple mensaje, su primera lectura, lineal, es “nuestras promesas no son vanas”; pero de este sentido llano, muy pronto pasamos al carácter subliminal y ominoso de la frase: “quieran o no los demás, a la fuerza, haré lo que yo quiero” y este otro sentido: “yo no me ajusto a la realidad; yo obligo a la realidad, y eso es cumplir, a que se ajuste a mis deseos”.

 

Podríamos poner múltiples ejemplos de cómo tal frase ha sido escenificada, para darle visos de realidad, a lo largo de esta campaña de López Obrador cumpliendo su función didáctica. Basta señalar que hemos asistido a una sistemática falsificación de la realidad encaminada a fortalecer, en el público, una percepción analfabeta de los hechos, una especie de “pensamiento mágico” que prescinde de los razonamientos, apela a las emociones y las pasiones (verbigracia, la envidia y el resentimiento) y otorga a los seguidores certezas emocionales –nunca racionales- y juicios de valor instantáneos y en apariencia irrefutables.

 

El infinitivo “cumplir”, así, se revela tras un análisis como una máscara del infinitivo “mentir”. El mantra detrás del mantra, la frase detrás de la frase y la verdadera jaculatoria vigorizante y obsesiva es la siguiente: “Mentir es nuestra fuerza”.

 

Ejemplo: El candidato dice en el debate una de sus tantas frases lapidarias que impiden cualquier discusión, “los ricos no pagan impuestos”. Si por ventura alguien logra interpelar al candidato y le reprocha la falsedad del estribillo super-simplificador, si por ventura el candidato desciende de su trono de predicador unilateral que no admite discrepancias –obligado por la fuerza de las circunstancias, digamos en una entrevista en la televisión o en la radio-, el candidato en lugar de rectificar suele usar una de dos estratagemas: 1. Desviar la pregunta, mediante un sofisma: “Digo que los ricos no pagan impuestos porque eso todo mundo lo sabe” o “digo que los ricos no pagan impuestos porque Fulano o Zutano no pagan los impuestos que les corresponderían a sus ingresos y eso ofende al pueblo” o 2. Justificar la simplificación y la injusta generalización como si se tratase de una habilidad discursiva: “Así se le debe hablar al pueblo; eso es lo que entiende la gente”.

 

Este hábito de mentir sistemáticamente, con mucho aplomo y hasta con vehemencia (“la veracidad que le faltan a mis palabras se la otorgan sobradamente mis emotivos gestos teatrales”) lo practican hasta el fastidio los seguidores del líder mesiánico: Alguien le recuerda al vocero del PRD, el señor Gerardo Fernñandez Noroña, la poca calidad moral de la señora Claudia Sheimbaum, y éste responde indignado que la sola mención de esa razonable duda acerca de la honorabilidad de la compañera Claudia es “una majadería”, con lo cual elude sistemáticamente analizar los hechos y los datos duros y lleva el alegato a un terreno emotivo del presunto caballero defendiendo la honorabilidad de una presunta dama, vilipendiada por un majadero.

 

Otro ejemplo: El mismo López asegura en el debate que el cuñado de su adversario “no pagó impuestos” y tuvo ingresos, gracias al “tráfico de influencias”, por “más de dos mil quinientos millones de pesos”. Son tres mentiras de un solo golpe, dichas con aplomo, con una sonrisa sardónica y sin prueba alguna. Más tarde se sabrá (para quienes se tomen la molestia de valorar los hechos contra los dichos, no para quienes compraron de antemano como palabras reveladas las calumnias del mesías) que sí pagó impuestos –tan los pagó que el propio PRD publicará en su página de Internet, ¡como presunta “prueba” de que no pagó impuestos, la relación de los impuestos que sí pagó!- , que la cantidad de ingresos –ojo, no de utilidades- es fantasiosa y no corresponde a la realidad y que objetivamente no hay indicio alguno de tráfico de influencias a favor del injustamente acusado, sentenciado y condenado. En eso consiste el verdadero mantra de López Obrador y su pandilla: “Mentir es nuestra fuerza”. Tan es eficaz que sin necesidad de comprobación alguna, y negando el principio elemental del derecho civilizado que dice: “Quien acusa tiene que probar”, la mentira queda asentada como supuesta verdad irrefutable y se convierte en etiqueta descalificadora en el discurso de los “peje-fans”. La etiqueta se llama “cuñado incómodo”.

 

Pero profundicemos más en el fenómeno, que es mucho más que una inmoral estratagema propagandística o un recurso deleznable de propaganda sucia. Detrás de ello hay una cosmovisión que inspira lo mismo la actividad política que las acciones y omisiones de gobierno de estos sujetos: “La realidad no está ahí para que la conozcamos y nos ajustemos a ella; la realidad está ahí para ser falsificada, reconstruida, modelada, de acuerdo a nuestros deseos y profundas emociones”.  Eso es “cumplir”.

 

Esta fue precisamente la constante actitud de personajes nefastos en la historia de la humanidad durante el siglo pasado. Para Stalin, por ejemplo, el “gran terror” no cumplía, o no solamente cumplía, la función de descargar la ira del autócrata, eso es secundario y hasta indeseable, el “gran terror” cumplía sobre todo la función de transformar la realidad, de ajustarla a las consignas y a los dogmas. Los campesinos, a los que la política de confiscación de tierras, de granos y de ganado implantada por Stalin, mató literalmente de hambre, murieron por millones para satisfacer la consigna de que eran sujetos antisociales, enemigos del proletariado, instrumentos del imperialismo, codiciosos refractarios a la solidaridad comunista que impedían la llegada del “hombre nuevo” prometido en las profecías de Marx y Lenin.

 

Es probable que la mayoría de nuestros propagandistas, poco ilustrados y que han hecho de la igualación hacia lo más bajo su estilo de vida (lo que, por cierto, los vuelve a emparentar con Stalin), desconozcan a qué grandes maestros de la agitación y la propaganda están imitando y rindiendo homenaje con su vasta operación de mentiras sistemáticas, pero han resultado alumnos aventajados.


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